Opinión

  • | 2018/12/13 00:01

    El síndrome de Onoda

    “Combatirse a sí mismo es la guerra más difícil, vencerse a sí mismo es la victoria más bella” – Friedrich Von Logau.

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La guerra deja historias increíbles y lecciones que perduran en el tiempo. La de Hiroo Onoda, sin embargo, se lleva todas las palmas hasta elevarlo a uno de los grandes mitos, tal vez misterio, de la Segunda Guerra Mundial.

Onoda, oficial de inteligencia japonés, fue enviado en 1944 a la Isla de Lubang (Filipinas) para espiar las fuerzas invasoras norteamericanas. El joven oficial recibió instrucciones de utilizar todos los medios necesarios para interrumpir el ataque aliado en la isla, que incluía el sabotaje de una pista de aterrizaje y de un muelle para que no cayeran en manos del enemigo. Con sus órdenes llegó una instrucción terminante: bajo ninguna circunstancia debía rendirse y en caso de caer preso, honrando el honor japonés, debía quitarse la vida.

A pesar de sus órdenes, a Onoda se le impidió realizar un sabotaje por parte de oficiales superiores de la isla que estaban ansiosos por rendirse una vez que las fuerzas de los Estados Unidos y la Commonwealth de Filipinas invadieron el 28 de febrero de 1945. El teniente Onoda, junto con otros tres soldados, escaparon de la captura a las selvas filipinas.

A pesar de la rendición de las tropas japonesas, de su envío a casa y de numerosos avisos y folletos enviados a todos los rincones de Lubang, Onoda y sus tres compañeros hicieron caso omiso ignorando cualquier mención a la pérdida de la guerra asumiendo que era propaganda enemiga para engañarlos.

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El problema hubiera sido menor si no fuera porque Onoda decidió ocultarse en las selvas filipinas por 29 años. Onoda sobrevivió a base de alimentos encontrados en el bosque y robados a granjeros. Por diferentes circunstancias fue perdiendo a sus compañeros hasta quedar completamente solo.

La suerte de Onoda no cambió sino hasta 1974 cuando Norio Suzuki, un excéntrico hippie Japonés que se había impuesto encontrar a Onoda, a un panda salvaje y al abominable hombre de las nieves (de hecho murió años más tarde en el Himalaya en búsqueda del Yeti), logró explicarle a Onoda que la guerra había terminado hacia tres décadas y que era hora de volver a casa.

El obstinado Onoda, ya con algunas dudas, exigió finalmente para abandonar su causa que se le entregara por escrito la orden de su comandante en jefe que para entonces era Yoshimi Taniguchi, comandante del ejército imperial y oficial al mando de Onoda durante la guerra. Taniguchi, quién desde hace años vivía como vendedor de libros, no tuvo problema de ir personalmente a Lubang y oficialmente exigirle a su soldado la entrega de su daga (regalo de su madre para suicidarse si era capturado), un rifle Arisaka tipo 99, 500 rondas de munición y unas cuantas inservibles granadas de mano. Su rendición se dio el 9 de Marzo de 1974.

Onoda fue perdonado por el presidente Filipino Ferdinando Marcos por los múltiples asesinatos y por el robo de ganado a los granjeros locales por todos estos años y retornó a su irreconocible país (nunca se acomodó a la modernidad) donde fue recibido como héroe, o como loco, para irse luego a pasar su madurez en Brasil.

Esta historia no dejaría de ser sino eso, una increíble y trágica historia de guerra, sino fuera porque en escenarios diferentes hemos creado en el mundo corporativo miles, tal vez millones de Onodas que refugiados detrás de una orden superior, sobreviven por años sometidos a las penurias e inclemencias de ambientes a veces más hostiles que la propia jungla en donde se esconden detrás de un título, un sueldo y sobre todo de una orden para negarse a ver que el mundo, por mucho que lo evadan, ha cambiado drásticamente.

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Esas luchas, pueden no ser tan sangrientas como la Segunda Guerra Mundial, pero muy frecuentemente trastocan la psiquis de individuos que aceptan por temor reverencial una orden que se les vuelve un mantra de vida negándose a ver las alternativas que ofrece el cambio y las posibilidades que tiene el mundo exterior.

Las organizaciones de otra parte, todavía en pleno siglo XXI, siguen premiando la fidelidad, el respeto, la obediencia y la disciplina como los valores a escoger a la hora de definir ascensos, incrementos salariales y demás palancas que utiliza el mundo corporativo para aleccionar el comportamiento humano.

Detrás de esos individuos se esconden generalmente profesionales frustrados llenos de temores a los que se les fue minando la confianza personal y castrando las ideas en sistemas que una y otra vez utilizaron el disfraz del honor y la lealtad, que son las corazas detrás de las que se esconden jefes mediocres e inseguros que ejercen el poder con látigo y exigen fidelidad ciega.

Onoda murió en Brasil en el 2014 a los 91 años de edad. Dedicó sus últimos años, no sé si con algo de cinismo, a enseñar “técnicas japonesas de supervivencia”, habilidad que sin duda le permitió ganarse unos pocos años pero perderse muchos, aquellos que seguramente le hubieran dado la posibilidad de hacer con su vida algo más valioso que ser el hazmerreír de toda una generación, pero sobre todo de tener que cargar con el ridículo propio, que es generalmente lo que en últimas, a todos, más nos atormenta.

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