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Opinión

  • | 2019/07/25 00:01

    El síndrome de Ícaro

    Cuenta la mitología griega que Dédalo, el más importante arquitecto e inventor de la época arcaica, estaba retenido por el rey Minos en la isla de Creta para que no contase su secreto después de haber construido el laberinto donde este encerraba a sus enemigos y enfrentaba al minotauro.

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Así, dispuesto a escapar de su cautiverio, diseñó unas alas con plumas de pájaro entrelazadas con cera para que tanto él como su hijo Ícaro pudieran escapar volando, ya que el rey controlaba la tierra y el mar.

Tras fabricar con éxito tan fabuloso invento, Dédalo le indicó a su hijo que no volara demasiado alto, que lo hiciera con prudencia, ya que las alas no estaban preparadas para volar cerca del sol, y el calor podría derretir la cera y provocar su caída.  Tras un buen comienzo, Ícaro fue ganando confianza y cegado por el orgullo y atraído por el poder y la luminosidad del Sol y la agradable sensación de su cercanía, fue ganado cada vez más altura, desoyendo el sabio consejo de su padre.

Como el invento aguantaba, siguió y siguió incrementando la altura de su vuelo pese a los desesperados ruegos de su padre, hasta que finalmente la cera se descompuso, las alas colapsaron e Ícaro se precipitó al vacío ahogándose en el mar Egeo.

No puedo dejar de recoger el mito de Ícaro para trabajar dos ideas que, alrededor de modelos de liderazgo que evidencio en el mercado, me preocupan sobre manera en este país que muchas veces parece una verdadera tragedia griega:

La primera reflexión tiene que ver con el narcisismo, el orgullo y la megalomanía que muchas veces acompaña el poder. No reconozco una virtud más importante en un líder que la humildad, entendida esta como la capacidad que tienen los verdaderos líderes de escuchar y de corregir el rumbo.

La pérdida en la capacidad de autocrítica lo único que genera es un temor infundado a la revisión de paradigmas, el uso de la censura como mecanismo de presión, la pérdida del mejor talento y como resultante la construcción de una cofradía de incapaces dedicados a adular como en la historia el traje del emperador.

Visto desde la perspectiva de Ícaro, no deja de ser importante mencionar que tenemos igualmente una tendencia a obnubilarnos con el poder. En sociedades como la nuestra, tan proclives a la adoración de las jerarquías, y a manejar ese fatídico temor reverencial que acompaña generalmente a los cobardes, la sombra del poderoso muchas veces derrite la cera.

Hay una falsa creencia de que la sombra del poderoso potencia las carreras y habilita las mejores posibilidades de crecimiento y conocimiento. He visto una y otra vez Ícaros que murieron incluso quemados antes de caer.

El poder, no solamente el político sino también el económico, ha logrado crear por mutación genética, una serie de monstruos que sienten que están por encima de la ley, por encima de la sociedad, pero sobre todo por encima de la dignidad humana.

Su cercanía inicial embelesa. Se aprovechan de la inmadurez humana para atraer jóvenes capaces de vender el alma con tal de estar cerca de la toma de decisiones, del dinero y de las oportunidades que supuestamente genera. La cercanía inicial arropa y calienta, pero tarde o temprano derrite las alas, generalmente cuando es ya tarde para reaccionar porque se habían fincado todas las esperanzas de futuro en su cercanía.

No existe mayor bendición que trabajar con líderes éticos. Marcan para siempre y ayudan a construir hábitos transformadores de carrera, pero sobre todo de sociedad. En un país como el nuestro, el de poderosos como Macías haciendo jugaditas, es preferible dejarse iluminar y calentar de lejos antes de estar seguro de estar en la compañía correcta. Como decía Julio Cortázar al referirse a Ícaro: “Dios te libre de una zambullida tan mal preparada”.

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