Opinión

  • | 2018/06/04 00:01

    El síndrome de Estocolmo empresarial

    El rasgo psicológico del síndrome de Estocolmo consiste en que la víctima desarrolla un vínculo afectivo con su captor, porque considera que la ausencia de maltrato físico es un acto de humanidad por parte del verdugo. Eso pareciera ser lo que ocurre a una parte de la dirigencia empresarial del país.

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El camino de la creación de riqueza ha sido marcado por otras naciones durante los últimos dos siglos. Se sabe que las fuerzas del mercado existen y operan, pero generan externalidades negativas que deben ser corregidas por el Estado. Así ha ocurrido en todas las crisis del capitalismo desde 1873 hasta nuestros días. El Estado, además, es responsable de equipar al país de competitividad, para que las empresas disfruten de un menor costo país. Para financiarla se requiere tener un recaudo tributario suficiente y un gasto público eficiente. Las empresas son las primeras responsables de la creación de empleos de alta calidad, con el objetivo de aumentar el ingreso per cápita y tener un mercado interno robusto.

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Este círculo virtuoso no se ha presentado en el país, haciendo que el bienestar no sea realidad para el grueso de la población. Con la tesis de que el Estado no debía intervenir en la economía porque los privados maximizan mejor los beneficios, se abrió camino a los mayores niveles de corrupción de la historia, haciendo que con recursos y políticas públicas se favorezca a unos pocos negociantes nacionales y extranjeros.

En términos generales, el desarrollo empresarial del país se ha estancado. Miles y miles de empresas transformadoras se han cerrado o emigrado como consecuencia del lesivo marco institucional, convirtiendo los trabajos en rebusque y reemplazando fábricas por revendedores de importaciones. A pesar de la vastísima riqueza del territorio y una abundante población, los empresarios se ven en la obligación de buscar su futuro en mercados extranjeros en donde la competencia es desleal, porque los países desarrollados sí protegen y estimulan a sus productores. En cambio el mercado nacional se entregó a los inversionistas foráneos para extraer -a pérdida para Colombia- recursos naturales.

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Los responsables están plenamente identificados: la clase política tradicional, que -una vez más- ganó en marzo y en mayo. Los principales gremios del país han caído en el síndrome de Estocolmo, cohonestando con los gobiernos y el Congreso en las malas decisiones que impiden un mayor crecimiento económico. No de otra forma se explicaría por qué muchos decidieron respaldar a Iván Duque en primera vuelta y seguramente lo harán también en segunda. Duque representa la visión económica y social fallida, de menos impuestos directos y más indirectos, cumplimiento de las exigencias recesivas de los organismos multilaterales, entrega a los privados de enormes recursos a nombre de alianzas público privadas, respaldo a los tratados de libre comercio y disminución de los derechos e ingresos de los trabajadores, que son los mismos consumidores incapaces de dinamizar la economía para que las empresas produzcan y vendan más.

Los empresarios escogen a su verdugo para que los represente, con la ilusión de ser su amigo y evitar el maltrato. Lamentablemente lo que ha ocurrido es que en este caso el captor no se enamora de sus rehenes, sino que los usa y los coopta para seguir su fechoría. Una opción menos enfermiza sería que los empresarios tomaran mejores decisiones políticas. Ahora toca esperar otros cuatro años de desaceleración para intentarlo nuevamente.

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