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Opinión

  • | 2019/08/01 00:01

    El Sendero de la Anaconda: la película que “me dañó la cabeza” y una carta para Martín von Hildebrand

    Casi me la pierdo. Pero en su última semana de función, alcancé a ver la película El Sendero de la Anaconda. Juliana me siguió la cuerda y a pesar de su malestar, me acompañó a verla con su roncosa y hermosa voz. Qué mejor compañía para verla que una persona creyente de este cuento en el que nos metimos y que se denomina “sostenibilidad”.

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Mi cabeza ya venía dañada, adjetivo que uso de manera coloquial para no decir sin más que revuelta (lo cual anticipo que es bueno). Y es que en medio del no hallarme, hace tres años empecé a hallarme cuando pisé por primera vez territorio amazónico.

Hay cosas inexplicables que pasan porque tienen que pasar, así como personas que se aparecen de repente porque algo, nos tendrán que obsequiar. Yo no dejo de sorprenderme, pero en estos últimos tres años la vida me ha dado unas sorpresas tan abismales que poco a poco me convenzo de cuán errados estamos al querer planificarlo todo y querer tener todo bajo control en nuestras vidas. Así no funcionan las cosas y tanto las selvas que he conocido, como las personas que me he encontrado por el camino, me han revelado lo contrario: “el azar es la regla que rige nuestras vidas”.

Este tipo de pensamientos venían consumiendo mis noches. Preguntas que rondaban mi cabeza: ¿para qué vine a este mundo? ¿qué sentido tiene mi vida en él? ¿está mi propósito lo suficientemente desarrollado para que el ser y el estar tengan ambos un sentido para mí y para alguien más? Bueno, suena tan esotérico y romántico todo esto que el hecho de que se cuente en un medio de corte económico como el que usted está leyendo, termina siendo tan relevante y determinante, justamente para medios como este (gracias por publicar mi columna!).

Ver esta película fue un detonante de varios pensamientos que me cuestionan y por el bienestar de mi sueño, espero ir depurándolos de a poquitos. Todo comenzó en el año 2016 y caminé durante algunas horas un fragmento de la selva amazónica, luego terminé trabajando en ella, ahora, resulta que después de meses de quiebra económica la vida me da un envión y termino adquiriendo un pedazo de tierra ahí. ¿Y lo que sigue? ¿qué diablos sigue?...ver a Martin von Hildebrand en la película me sacó varios “santísimos” y suspiros internos que se reflejan en alegrías y positivas confusiones existenciales. 

Martín, usted es un hombre que logró mostrarme algo que ya sabía pero que hoy, domingo 1:28 am en el cual escribo esta columna, necesitaba constatar. El poder más grande que un ser humano pueda tener, una fórmula o un salpicón de valores admirables que ojalá y todos en este planeta tuvieramos: propósito, pasión, determinación y vocación por servir.

Abstrayendo los tres primeros, a los cuales no les resto la más mínima importancia, me ha entrado una fijación y una atracción mundana y espiritual por aquellos que viven y no alardean de su vocación por servir. 

Así como von Hildebrand ha pasado más de cuatro décadas dedicado a proteger nuestra amazonía, la cual se ve tan alejada para la gran mayoría, me inquieta, me engancha, me enamora y me exalta el sentimiento de admiración cada vez que conozco a alguien que prefiere pensar en algún ser más, más que en ellos mismos. Ver el fuego en los ojos de alguien que rescata, adopta y ama a dos perritos criollos (una perrita parda con un tic curioso y el otro, un perro que pareciera gallina de lo cobarde pero genuino que es), reafirma en mi el hecho de que vale la pena creer en el valor que se gana el podio de todos: la nobleza.

Hoy fue von Hildebrand, la semanas pasadas, fue ella, el ser que rescató a dos perros, hace unos meses fue mi Profe Humberto desde Puerto Rico-Caquetá y junto con ellos, hay cientos y miles de madres que se sacrifican por sus familias. Lo esperanzador es que por allá hay otras personas más que quisiera conocer y que seguro no conoceré. Ellos, todos ellos me permiten soñar en que si es posible cambiar a partir de los pequeños actos de generosidad todo esto que llamamos sociedad. 

Los científicos se atreven a enviarnos alarmas sobre el cambio climático que parecieran escuchar solamente los ambientalistas. No obstante, temo que la bulla nos siga alejando del discernimiento entre lo que es importante, lo urgente y lo necesario. Creo que solamente aquellos que tienen esos cuatro atributos de valor pueden hacerlo. Aún así, su tarea se queda corta y es por ello que esta película me reveló algo más trascendental que el mismo hecho de reconocer en Martín von Hildebrand un ícono de servicio, es para mí, y para mi mejor amiga Johanna (quien aparece en los momentos perfectos y me escuchó esta columna antes de escribirla), un ícono de inspiración.

Este mundo necesita de personas que nos inspiren. Chicaneramente digo que yo ya tenía un modelo de inspiración para mí, incluso antes de esta película (de no haber sido así, no me hubiese aventurado a caminar parte de la amazonía tal y como lo hice hace un año largo). Pero fue Martín quien reafirmó algo que se viene cocinando en mi cabeza y en lo cual debo ir tomando decisiones. Gracias señor von Hildebrand por encender la llama.

Soñaba con ver una sala de cine más llena, reflejo del reto que aún tenemos quienes trabajamos por la amazonía y por el medio ambiente. Seguiré soñando con lo bonito y lo retador que se viene. En últimas la vida es un ratico y como lo dijo mi superhéroe “no seremos recordados por lo que hemos ganamos, sino por lo que hemos dado”.

Me despido agradeciendo por haber leído esta retahíla no económica, que tiene un impacto muy directo en lo económico (si no, los invito a leer mis otras columnas pues ahí están mis argumentos más técnicos). Pero sobre todo, agradezco a todas aquellas personas que con sus actos de nobleza están haciendo que este mundo sea uno mejor, muy a pesar de las adversidades que reconocemos.

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