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Opinión

  • | 2019/05/06 00:01

    El Plan Colombia 2.0

    Restaurar la ética de la reciprocidad en una sociedad tan ansiosa como la actual se ha vuelto una de las metas del nuevo milenio. Dejar vivos los males del capitalismo es el inicio para desatar una sociedad en crisis, y Colombia no es la excepción.

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Ante las disyuntivas que presentan los distintos escenarios económicos mundiales, el capitalismo se ha forjado como uno de los modelos que resultan ser adoptados por una gran proporción de las naciones de todo el mundo. Sin embargo, no está exento a cometer errores al causar divergencias profundas en temas relacionados al bienestar social.

Nuestro país se incluye dentro del gran número de países que adoptaron al capitalismo como modelo económico, siendo un claro ejemplo de las consecuencias que puede traer el hecho de que este modelo se descarrile al no tener en cuenta temas básicos y fundamentales como la infraestructura, la educación y hasta la salud pública.

En esto, Paul Collier, brillante catedrático en economía y autor del libro El futuro del capitalismo, mantiene una postura en donde manifiesta que las fuerzas económicas tienden a producir mucha ansiedad en la sociedad y gran parte de estas deben manejarse y subsanarse adecuadamente con políticas públicas integrales que logren configurar un único sistema económico capaz de dar prosperidad a largo plazo. Pero una verdadera prosperidad que dé la talla de equilibrar lo económico y lo social.

Si bien, en momentos en los que el contexto económico se enfrenta a la política de Donald Trump, a la protesta expresada por los “chalecos amarillos” o a la gran incertidumbre que ha generado el brexit, Collier ha formulado una serie de premisas y soluciones para superar las crisis de repercusiones mundiales, y las dificultades que afrontan países como Colombia de puertas para adentro.

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En nuestro país, Collier evidencia una clara divergencia en educación que desemboca en una divergencia de identidades, abriéndose una brecha, cada vez más profunda, entre los mejor y los peor educados. Por ende, la desigualdad colombiana no es únicamente en cuestión de ingresos y la situación, aunque tiene la suficiente gravedad, está totalmente descuidada por los hacedores de política pública.

Y ante el aumento de la complejidad en los procesos económicos/productivos y el aumento de la demanda por parte de las empresas de personal más y mejor capacitado, la movilidad social hacia las grandes urbes o metrópolis es una realidad. Por ende, se da lugar a una coexistencia de dos realidades entre una Colombia moderna, y una Colombia rezagada que se queda atrás en donde surge una aglomeración de habilidades en un solo lugar: lo urbano.

Dicha distribución entre los que ganan y los que pierden desvía al Gobierno de tener un propósito común, y lo que se genera es una dualidad política con falta de identidad compartida. No obstante, hay un elemento clave que se está cortando y es el tema de la reciprocidad, del hecho de tener tanto derechos como deberes.

Es decir, se refiere a la tendencia de la sociedad a victimizarse porque, aunque hay que exigirle al Estado, también hay una necesidad de cumplirle. Lo que pasa es que, en Colombia, particularmente, el andamiaje de la política debe ser unificado bajo un solo propósito, contándose todas las vertientes de la política económica, empresarial, educativa y social, montando un eje de trabajo enfocado en la productividad. Y mientras eso no se cumpla, es muy difícil venirle a hablar a la gente de obligaciones cuando pocos derechos tiene.

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Esto correspondería a lo que Collier llama como la necesidad de un Plan Colombia 2.0. Un plan que incluya todo lo anterior hasta la exploración de oportunidades de mercado, las mejoras a diversos tipos de infraestructura y en donde se trabajen fuertemente los núcleos de conocimiento en concordancia con los requerimientos del mercado, es decir, de la mano del segmento empresarial.

Incluso, existen muchas oportunidades en zonas remotas que pueden adecuarse a la agricultura. Lo lógico debería ser una estrategia que estimule los cultivos legales y la ganadería para aprovechar el potencial productivo de estas regiones rurales. La gente quiere trabajar en los lugares que conoce, que generalmente son los lugares en los que se criaron. Pero muchas veces no hay oportunidades y le toca migrar hacia aglomeraciones metropolitanas. Por ello, se perpetua el ciclo de la política pública activa pero concentrada.

La clave dentro de esto es encontrar la fórmula en donde el propósito común del gobierno sea equipar a todas las personas para que sean productivas. Y todo empieza por la educación. Si el obstáculo es el presupuesto, la solución puede darse a través de la financiación parcial de los costos educativos a cargo de las empresas, como el caso de Suiza.

En términos del autor, lo importante es hallar soluciones pragmáticas, es decir, solucionar mientras vamos haciendo. Las soluciones no deben ser estáticas porque estamos inmersos en un mundo tan dinámico en donde para nuevos problemas no sirven las mismas soluciones. Estas deben surgir de un contexto preciso.

En Colombia debemos aprender a asimilar y a restaurar la ética de la reciprocidad. Educar al colombiano en que no solo tiene derechos, sino también deberes. Pero educando al Gobierno en que más que generar su workforce, está tratando con millones de individuos morales, a los cuales debe asignárseles garantías, ese componente ético de la economía que al parecer se ha perdido.

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