Opinión

  • | 2018/05/17 00:01

    El peso de la historia en los procesos de cambio

    "El cambio es ahora, ¡los que no lo acepten llorarán sobre las tumbas de sus empresas!".

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El que afirme en lo personal, en su trabajo, o en su rol de ciudadano, que los procesos de cambio no lo están tocando de manera dramática, o está en las drogas o sigue atado a dogmas de fé que nos halan hacia el pasado bajo la premisa (a veces cierta) de que: “todo tiempo pasado fue mejor”, negándose a aceptar el dramatismo y la urgencia que la necesidad de cambiar nos impone el siglo XXI.

Tras una aparente estabilidad global que todavía nos permite vivir como antes, como siempre tal vez, hay un tufo en el ambiente de zozobra, de nervios, de temor que llega en las noches, nos quita el sueño y nos lleva a una permanente reflexión de si seremos capaces de lidiar con estos nuevos vientos que vienen disfrazados de bits y bytes, pero que no son ni mucho menos producto solo de la tecnología, que en este caso es solo la punta del iceberg.

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En la mesa del comedor, este cambio, en boca de nuestros hijos, tiene como sobremesa igualdad social, inclusión, cambio ambiental, tecnologías limpias, derechos de las minorías, paz, igualdad de género, digitalización, internacionalización, migración y prioridad del transporte público sobre el individual, todos elementos hoy constitutivos de una protesta de corte social con la que están alineados los jóvenes de todo el planeta.

En lo político este discurso tiene un tinte socialista que aunque aún tiene mucho que probar en el mundo frente a su capacidad de gestionar el cambio, la verdad es que hoy llena las plazas que no está logrando seducir ni la derecha radical ni el liberalismo que, sobre todo desde la Segunda Guerra Mundial, sedujo bajo la defensa del individualismo y la democracia a millones de individuos que cantaron, fumaron y se procrearon pensando en un mundo que defendía a un ser humano independiente y único al que debían protegerle sus derechos.

Esta misma época coincidió con la construcción de grandes empresas y grandes patrimonios que entonces aprovechaban la explosión demográfica y la consolidación del capitalismo, el consumismo y el ingreso de la mujer al mundo laboral que impusieron nuevas necesidades y con ellas un boom económico de la mano del cual crecieron las más importantes marcas de este país y las más relevantes marcas globales.

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Si miramos la historia, es esa etapa postguerra la que dio origen a las mas importantes empresas familiares que todavía hoy en Colombia existen. La historia abrió una ventana al emprendimiento. Todo estaba por hacer y con gran tino se habilitó una elite empresarial que construyó patria, prosperidad y trabajo, dándole impulso a una economía como la nuestra sumida hasta entonces en el café.

Todo esto, desafortunadamente no es más que historia patria. Esos tiempos estuvieron acompañados más de tesón que de productividad, más de trabajo físico que de eficiencia. Las condiciones del país permitían ineficiencias enormes que se mantuvieron porque fue rentable hacerlo, pero que a la luz del mundo de hoy sería criminal tratar de tapar con un dedo.

El sistema empresarial colombiano hoy tiene tal vez el mayor reto de su historia: adaptarse a las imposiciones del cambio. Y no hablamos solo de actualizar su aparato productivo para fabricar más rápido y más barato. No se trata solo de abrazar la tecnología y la robótica. Se trata sobre todo de aceptar que afuera existe un consumidor que ha cambiado sus hábitos de consumo (menos azúcar por ejemplo); que ha cambiado sus hábitos de compra (acude masivamente a los hard discount); toma decisiones basado en las referencias de consumo de sus pares (mercadeo de influencia) y se alinea con marcas que tienen buenas prácticas fabriles en el manejo de su gente y del medio ambiente.

Estas discusiones que son el pan de cada día en este mundo cada vez más distinto, necesitan que las juntas directivas y las estructuras corporativas se sacudan de una vez por todas. Seguimos atados al “aquí siempre se hizo así y funcionó”, “estamos alejándonos de nuestra esencia”,  “esos no son nuestros valores”, cuando en el fondo lo que sucede es que estamos justificando nuestro temor al cambio y nuestra incapacidad para tomar las decisiones correctas que por lo mismo son las decisiones más dificiles.

Nos tocó vivir en un país que se ha caracterizado por tener el peor de los socios: el Estado. Hacer empresa en Colombia es de titanes. Y no es solo nuestro sistema impositivo. Es que acá nos toca hacer patria a pesar del Estado mismo que no nutrido de corrupción, procesos ineficientes, politiquería, malas carreteras y papeleo dificulta todavía más mantener la máquina aceitada y produciendo.

Lo que no nos puede pasar es que con absoluta miopía, sigamos creyendo estar viviendo en el mismo país de nuestros padres y nuestros abuelos, manejando las juntas directivas como un club de amigos, defendiendo a ultranza culturas internas jerárquicas y lentas que creen que la innovación es producto de un área de la empresa y la rentabilidad se logra ahorrándose los salarios y los bonos de sus ejecutivos.

El cambio es ahora. Los que no lo acepten, ¡llorarán sobre las tumbas de sus empresas!.

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