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Opinión

  • | 2019/11/26 00:01

    El péndulo de los extremos

    Si los jóvenes que hoy ocupan las calles del continente quieren hacer un cambio real, que sea por exigir y trabajar en la generación de riqueza e innovación para todos.

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‘Libertad’, ‘educación’,‘justicia’ e ‘igualdad’ son los términos que más resuenan por estos días. Ya sea en Hong Kong, Irán, Bolivia, Chile o Colombia la democracia está mostrando su rostro más inestable y, con las fuertes manifestaciones en las calles, el más represivo. En este momento, millones de ciudadanos usan las redes sociales a su favor, pero olvidan que es ahí en donde se concentran los extremos que nos conducen al caos. 

Los manifestantes olvidan que las redes sociales maximizan el tiempo de consumo, es decir, funcionan a partir de estimular nuestro cerebro reptiliano. Por ello es común ver que los contenidos de mayor alcance son aquellos que apelan a la violencia y el miedo.

Las pasiones de los ciudadanos se ven representadas en hashtags entre los que conviven información real y otra sin contexto. Lo que se vivió en Bogotá y Cali luego del 21 de noviembre es una muestra de una sociedad que solo encuentra su cohesión social, a partir de señalar al otro, de excluirse y odiar al contrario. Nos revela que los colombianos carecemos de valores fundamentales por los cuales luchar. 

Y es esa la pregunta que me hago: ¿qué nos caracteriza como colombianos?¿cuáles son los principios fundamentales que nos definen como sociedad? Una disertación de este tipo no podría ser cubierta en esta columna, pero nuestra Constitución nos arroja respuestas. Esta nos define como una “democracia participativa, fundada en el respeto de la dignidad humana, en el trabajo y la solidaridad de las personas que la integran. Es responsabilidad del Estado es servir a la comunidad, promover la prosperidad y garantizar principios y derechos. 

Me pregunto, ¿cómo se vería la economía de un país que busca esto?

División por sectores de las exportaciones de Venezuela, Colombia y Chile. Fuente: MIT Economic Complexity Atlas.

Sin duda, no sería como los tres ejemplos anteriores, que muestran la complejidad de las economías de Chile, Colombia y Venezuela. En estos países es claro que la prioridad no es diversificar la industria, y aún más importante, crear conocimiento e innovación. 

Es decir, la aplicación de una carta magna multicultural y participativa, como la colombiana, encontraría su soporte en una economía que abandone el exceso actual de concentración de producción en materias primas (petróleo, cobre o aguacate). Las materias primas si bien son necesarias, nos nos permiten crear transferencias de tecnología, que desarrollen a nuestra sociedad. 

Sería ideal que las masas de inconformes, que hoy se toman las calles de América Latina, tuvieran la creación de riqueza entre sus propuestas. Porque, teniendo en cuenta la fragilidad institucional y la corrupción, las economías poco diversificadas permiten el auge de poder en ciertos sectores, lo que permitirá crear monopolios y concentrar aún más poder.

Con lo anterior no quiero decir que ser rico sea un obstáculo para el desarrollo, sino que esta clase de ricos no tendrá mayor incentivo que el de expandir sus negocios, crecer y postergar la innovación.

Los millonarios que necesitamos

Hablar de ricos es impopular, pero tengamos claro que son personas que cuentan con una alta capacidad de injerencia en el avance o retroceso de una sociedad. Por eso, es necesario preguntarse, ¿qué clase de millonarios genera la economía de nuestro país?

Ruchir Sharma, jefe de estrategia global de inversión de Morgan Stanley, explica en su libro ‘Auge y caída de las naciones’, que existen dos tipos de millonarios: los buenos y los malos. 

Los primeros son aquellos que invierten en manufactura y en el desarrollo tecnológico, lo cual aumenta la productividad, crea empleos y bienestar a una nación. En el largo plazo permiten el ascenso social de las personas, por lo que tienen entre sus prioridades la educación, por eso entienden que necesitan de una fuerza laboral capaz de consumir y participar de sus negocios innovadores.

Por otros lado, están los ‘Tycoons’ de las materias primas o del sector inmobiliario, que buscan riqueza a partir de la renta, no invierten en proyectos a largo plazo y usan sus influencias políticas, generando redes de corrupción, con el fin de evitarse pagar altos impuestos o acelerar trámites a su favor.

¿Cual de ambos millonarios es más necesario para América Latina? Creo que la respuesta la conocemos bien en Colombia, pero apenas se están tomando decisiones para construir esos liderazgos en el sector privado que alienten las tan necesarias transformaciones sociales.

No nos digamos mentiras, el nuestro es un continente aún muy joven que patalea en aguas que otras naciones ya navegaron. En ese camino nos hemos enfrascado en un debate sin sentido entre izquierda y derecha, un péndulo innecesario que nos ha detenido en el tiempo.

Si los jóvenes que hoy ocupan las calles del continente quieren hacer un cambio real, que sea por exigir y trabajar en la generación de riqueza para todos. Solo de esa forma podremos ejecutar las tan anheladas reformas y despedirnos de los fantasmas aciagos del tumultuoso siglo XX.

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