Opinión

  • | 2019/07/11 06:01

    El peligro del arma económica en manos de Trump

    Hasta la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos fueron un país aislacionista.

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Si participaron en la primera o ‘Gran Guerra’ no fue por voluntad propia ni en solidaridad con otros partícipes, sino por el hundimiento por los submarinos alemanes del Lusitania, trasatlántico civil norteamericano.

A partir de la ayuda de Roosevelt a Churchill para impedir la toma de Europa por parte del nazismo y de Hitler, cambió el temperamento americano (o el de sus dirigentes) y se volvió principal protagonista de lo que llamamos la geopolítica, con presentación benevolente mediante intervenciones como en el Viejo Continente el Plan Marshall o la Alianza para el Progreso para América Latina. Pero también usando la amenaza de su potencial bélico en su confrontación con el modelo soviético durante la guerra fría, y su capacidad efectiva en las guerras de Indochina y de Vietnam.

Así inventaron o se convencieron de lo que llaman su ‘destino manifiesto‘ como primera potencia mundial y el rol de árbitro del orden del planeta.

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Fue la época en que los Estados Unidos se presentaba como el país que altruistamente ayudaba al mundo porque así lo entendían sus habitantes y ese era el temperamento de sus dirigentes.

Se puede decir que, respaldados tanto por su poder armado como por su poder económico, asumieron el papel de un liderazgo benevolente sobre y a nombre de la ‘cultura de Occidente’ (Democracia, Capitalismo, Estados Liberales, Derechos Humanos, etc.).

Tenían entonces una presentación que justificaba su intervención en defensa o reivindicación de algún valor superior (a sus ojos).

Caído el muro de Berlín, con todo su significado, Norteamérica ha participado en –o propiciado– todas las guerras de la época moderna, ya no necesariamente con pretextos justificables sino para mantener su jerarquía como poder universal. Usando la fuerza de las armas ha demostrado que quien no se someta a sus deseos queda destruido. Es lo que sucedió en lo que más ha ganado y más le ha dedicado como son las guerras alrededor del petróleo.

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Así pasó de ser el mayor importador del hidrocarburo a ser hoy ya país exportador y principal productor mundial. Pero simultáneamente pasando por guerras en Irak, Kuwait, Libia, Afganistán por la posibilidad de acceso del crudo ruso a occidente y con las ‘sanciones económicas‘ a Irán y Venezuela.

Pero ahora todo el orden mundial se ha alterado y puesto en entredicho con la presidencia de Donald Trump.

La pregunta es para dónde va el mundo con el uso del arma económica en manos de Trump en el papel de ‘matón del barrio‘; porque una cosa es imponer con medidas económicas un nuevo Nafta a Canadá o forzar a México a frenar las migraciones de Centroamérica, o intentar tumbar a Maduro, países que por su alineación están condicionados a adaptarse a las imposiciones del gobierno americano; pero otra es enfrentarse a quienes se proponen como visión alterna del mundo, con otros valores, otros modelos de gobierno, otras culturas y otra capacidad de reacción.

Las ‘sanciones económicas‘ a Irán o a Corea del Norte lo que han despertado es una valorización para ellos de sus programas nucleares, sea para negociar o para una eventual confrontación, en la que todo el planeta se vería afectado; y la ‘guerra económica‘ con China ya se ha convertido en el elemento de mayor volatilidad y más perjudicial para la estabilidad internacional.

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Lo grave es que Trump es un ‘businessman‘ para quien apostar a un negocio consiste en jugar a ser el más habilidoso, pero perder o ganar simplemente implica iniciar otro, mientras que, por estar poco acostumbrado y adaptado al mundo de la política y la diplomacia, poco entiende lo que una intervención irresponsable en el orden mundial puede acarrear.

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