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Opinión

  • | 2019/11/19 00:01

    El juego infinito

    Plantear el futuro a corto plazo es perder en un juego infinito, que si se entiende bien, permite a las personas transformar la sociedad. Quienes así lo hacen transgreden el ‘status quo’ y hacen realidad sus ideas.

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¿Cuántas veces hemos escuchado que lo importante es ser el mejor? Que llegar primero, conquistar más, tener más, o ganar a toda costa se convierte en el ideal máximo de la competición. Quizás, entre tanto adjetivo, olvidamos que ganar no necesariamente significa eso, y que competir tampoco implica ganar o perder. 

Hay juegos de juegos a los que nos sometemos en la vida, pero para efectos de esta columna tengamos claro dos: los finitos y los infinitos. 

Los primeros constan de dos o más oponentes, que se conocen y compiten. Estos establecen acuerdos previos, reglas que de antemano permitirán definir al final del juego quién es el ganador y el perdedor. Esta clase de juegos la vemos en el fútbol, basketball o en cualquier deporte. 

En los otros juegos, los infinitos, los jugadores pueden conocerse o no, las reglas pueden existir o modificarse con el paso del tiempo. Hablo de competiciones que se salen de lo normal y se acercan a la realidad. Juegos así son los que vivimos a diario en la familia o trabajo. El ganador solo será aquel que se mantenga en la contienda, el que no se retire de la carrera de resistencia, es decir, el más resiliente.

El error más sencillo con estos juegos es creer que uno ganará un juego infinito usando estrategias del juego finito. Esto implica aplazar en el tiempo una victoria definitiva, como quien pretende anotar el gol del desempate, en un partido de fútbol que nunca terminará. 

A todas luces, se trata de una estrategia desacertada que ha causado grandes derrotas, como la de Estados Unidos en Vietnam. Allí la nación norteamericana ganó todas las batallas, pero perdió en el largo plazo contra un rival que seguía en pie de lucha a pesar de sus grandes pérdidas. Algo similar le ocurrió a la Alemania nazi en el frente oriental, en el que buscó una batalla decisiva que nunca llegó contra la Unión Soviética, y perdió porque carecía de los recursos para mantenerse en la partida. 

Y es que permanecer es la clave de los juegos infinitos. Por eso, algunos buscan las formas de continuar, ya sea con un trabajo, o con la premisa de que hay que formarse con los mejores y estudiar en una universidad, colegio o institución de talla mundial. Esta linealidad nos oculta una verdad: no existen garantías para el éxito. Por eso, me pregunto ¿si estudié en Stanford y luego hice mi doctorado en Harvard habré ganado el juego infinito de la educación? 

Lo cierto es que no. Tengámoslo claro, los grandes cambios en la civilización no siempre son producto de las calificaciones que arroja el sistema. En general, las transformaciones devienen de quienes rompen el statu quo de su momento. 

Una idea que merezca ser vivida

Abraham Lincoln, Steve Jobs o Albert Einstein fueron grandes precursores de ideales que transformaron las sociedades. La puesta en práctica de su obsesión les permitió vivir el sueño del mañana y ofrecer soluciones a los problemas de su generación.

En otras palabras, las personas no solo deben ser definidas por sus cualificaciones, sino por el conjunto de problemas que han enfrentado en sus vidas. Esto les permite encontrar las habilidades necesarias para batirse en un juego infinito.

¿Qué ventajas ofrece esto para el individuo? Para Simon Sinek, escritor y autor del ‘Juego infinito’, “el valor real de una organización se mide por el deseo que otros tengan de ser parte de ella”. Esto, aunque suene un lugar común, tiene que ver con la capacidad de motivación de equipo, que el líder pueda tener. 

Pensémoslo de nuevo. No se trata de cerrar y abrir procesos, de compra o venta, sino de anteponer una idea poderosa a ese intercambio de valor. Esta facultad atraerá talento y conocimiento para la organización. 

Ahora, aplicado a un individuo puede ser la entrada a un mundo nuevo. Un ejemplo es el trabajo que hizo el biólogo, Richard Evans Schultes, quien descubrió para la ciencia un sinnúmero de plantas, que luego sirvieron para crear medicinas nuevas. Una de sus grandes virtudes es que logró transmitir este conocimiento a estudiantes, que como Wade Davis, se convirtieron en divulgadores e investigadores de las plantas y sus propiedades. 

Este es un ejemplo de alguien que entendió el significado del juego infinito en la ciencia, pero estoy seguro de que ustedes conocen otros ejemplos de personas que así lo han entendido. Ellos se han sobrepuesto a nuestra ansiedad digital, reflejada en las redes sociales, a la presión de la inmediatez y la neurosis moderna. 

Esos individuos comprendieron que en diversas formas, las empresas y la sociedad en su conjunto se debaten en un juego interminable. Son ellas las que hacen que nos preguntemos, ¿a qué juego infinito debo consagrar mi vida?

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