Opinión

  • | 2017/12/20 00:01

    El inexplicable sesgo antiempresarial

    “Algunos ven al empresariado como si fuera un tigre depredador al que deben dispararle, otros como una vaca que debe ser ordeñada, pero pocos son aquellos que lo ven como un robusto caballo que tira la carreta”, Winston S. Churchill.

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En América Latina, con la posible excepción de Panamá, Perú y Chile, existe un notorio sesgo antiempresarial, sesgo que se pone en evidencia en cuatro instancias:

1. Una plétora de leyes que usualmente se contradicen a sí mismas, avalancha que se combina con la incapacidad del Estado de derogar las leyes inoperantes y extemporáneas.

2. Regulaciones, normas y trámites inoficiosos que asfixian al sector empresarial; y le restan competitividad.

3. Impuestos que bordean ser confiscatorios y

4. Funcionarios y congresistas intelectualmente deshonestos que usan el sector privado como trampolín para avanzar sus ambiciones políticas.

El analista del Instituto Cato, Juan Carlos Hidalgo, ofrece la siguiente interpretación: “Ya casi nadie propone seriamente abolir la propiedad privada o nacionalizar los factores de producción. Sin embargo, esto no quita que un aspecto cardinal del ideario marxista siga teniendo un fuerte arraigo popular: la hostilidad hacia la empresa privada.

Lamentablemente se trata de un sentimiento bastante generalizado. Basta con ver cuán populares son las iniciativas cuya finalidad es joder al empresario, ya sea aumentándole los impuestos o cargas sociales, o haciendo cada vez más draconianos los controles y regulaciones que enfrenta. Este rencor parece deber su origen a la prevalencia de la teoría marxista del valor, según la cual toda ganancia de los empresarios es producto del despojo que hacen de los trabajadores –quienes son los verdaderos creadores de riqueza–...siempre describen a las “conquistas sociales” en términos de lucha de clases, al tiempo que minimizan –o ningunean por completo– el papel que juega el emprendedor en una sociedad, el cual trasciende el simple aporte de capital e incluye la toma de riesgos, la identificación de oportunidades y la innovación de productos y servicios que mejoran la calidad de vida de los demás…Pero si queremos dar un salto definitivo al desarrollo, debemos superar ese sesgo marxista que percibe a toda la actividad empresarial como inherentemente expoliadora.”  

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A su turno, el recién elegido candidato del Centro Democrático, Iván Duque, afirma lo siguiente: “Así como nos lo jugamos por la legalidad, Colombia necesita una nueva política económica. Ha llegado el momento de pasar la página de un Estado derrochón que ve a los empresarios como una vaca lechera, que la ordeña para gastar indiscriminadamente, para que sembremos una verdadera cultura de emprendimiento, donde el pequeño, el mediano y el gran empresario, sea el socio del progreso. Colombia debe ser un país que en lugar de obstaculizar el desarrollo de las empresas, debe facilitar su progreso y su éxito. El éxito de los emprendedores es el éxito de Colombia.”.

En días pasados, el presidente de Argos, Jorge Mario Velásquez, afirmó sin titubeos: “Por ser exitosa, no se puede condenar a una empresa. No podemos caer en la satanización del empresariado…; si esto se convierte en una tendencia, cada día será más complicado atraer o retener empresas en nuestro país.”

Para el autor de esta nota, si bien entiende que el gobierno tenga una marcada tendencia a mirar al empresariado como ‘la vaca que hay que ordeñar’, no entiende el sesgo antiempresarial en Colombia que en los últimos años se ha apoderado de los medios, no obstante pertenecer buena parte de estos medios a grupos empresariales o exitosos inversionistas. En Colombia la gran mayoría de los medios se dedican de manera sistemática a menospreciar el papel que el empresario juega en la sociedad. Los ataques a las empresas, supuestamente basados en la libertad de expresión, son permanentes. Hoy, los mal llamados formadores de opinión, reiterativamente se dedican a morder la mano del empresariado que les da de comer.

Como diría Churchill, el empresariado para los medios se ha convertido en el ‘tigre depredador al que deben dispararle’. ¿Por qué los que dirigen y los dueños de dichos medios permiten los sistemáticos ataques al empresariado – generalmente injustificados - por parte de los periodistas? es algo que personalmente no logro entender. 

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