Opinión

  • | 2018/02/07 00:01

    El futuro es Shenzen, no el petróleo

    El petróleo no solo no es el futuro, sino que en menos tiempo de lo que uno piensa, va a correr la misma suerte que el aceite de ballena, combustible que fue reemplazado por el kerosene, un producto bastante más accesible y barato.

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Hace unos días el exministro Rodrigo Villamizar escribió un artículo en el diario Portafolio (Enero 25/18) en el que argumenta que el petróleo, lejos de estar amenazado, es el futuro. Dentro de los varios argumentos que esgrime el Dr. Villamizar está el que “los conflictos geopolíticos en Medio Oriente, la situación anémica de Venezuela (solo produce 1,6 millones de barriles al día), y el vigor incontenible del sector de petróleo y gas de esquisto en Estados Unidos, que superará a Arabia Saudí en producción en el 2018, dominará los planes de inversión que se calculan en un billón de dólares.”

Lamento estar en desacuerdo con el exministro. El petróleo no solo no es el futuro, sino que en menos tiempo de lo que uno piensa, va a correr la misma suerte que el aceite de ballena, combustible que fue reemplazado por el kerosene, un producto bastante más accesible y barato. Para entender por qué el petróleo tiene los días contados es indispensable entender que el 70 por ciento de este hidrocarburo, en distintas formas, se utiliza es para el transporte. Y dado que en muy pocos años va a empezar la conversión masiva del parque automotor (incluyendo buses, camiones, tractores, barcos y aviones) a electricidad, es de simple lógica que el petróleo tiene un futuro muy limitado. Para aquellos que tengan interés en la revolución energética que se está gestando, les recomiendo ver la reciente presentación del analista Peter Diamandis en la Conferencia SURA.

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Pero si hasta ahora las ventas de vehículos eléctricos no llegan ni al 2 por ciento de las ventas totales de carros, ¿de dónde saca este columnista que el futuro a mediano plazo es eléctrico? La razón es que faltan dos a tres años para perfeccionar las baterías en cuanto a peso, tamaño, costo, tiempo de recarga y reciclaje se refiere. Pero una vez varios de estos obstáculos se solucionen, y los vehículos eléctricos sean más baratos que los carros convencionales (de combustión interna), se da inicio a la era del transporte eléctrico. Las ventajas de los carros eléctricos son enormes: dado que ni necesita caja de cambios, ni trasmisión, ni ejes de fuerza, el peso y el mantenimiento se reducen de manera considerable. Sobra decir que para que se imponga el trasporte eléctrico es necesario un cambio fundamental en la manera de generar, transportar y distribuir el fluido eléctrico. Es indispensable el colocar estaciones de recarga a lo largo y ancho del globo. Aparte de que el transporte va a ser eléctrico, está la revolución de los vehículos autónomos, lo que va a cambiar de manera drástica los patrones de compra y uso de los carros con el consecuente impacto en todo el sector.

El que realmente tenga interés en saber cómo va a ser el futuro haría bien en mirar la ciudad china de Shenzen, la primera ciudad del mundo cuya flota de buses del transporte público funciona por completo con energía eléctrica. Según informes de prensa, “El último automotor de este tipo que funcionaba con combustible contaminante fue retirado de circulación en diciembre del 2017. Lo que más asombra a la opinión mundial es que no se trata de una urbe mediana o pequeña, sino de una megaurbe con casi 12 millones de habitantes. En cifras, el impacto ambiental es impresionante: estos automotores usan 73 por ciento menos energía que un vehículo impulsado por diésel, es decir que son más eficientes; en un año, la flota evitará el consumo de energía equivalente a lo que producen 366.000 toneladas de carbón corriente, y se dejarán de arrojar al aire 1,35 millones de toneladas de dióxido de carbono.”

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Pero indistintamente que la fecha de caducidad del petróleo supere, por mucho, el 2050 como lo vaticina el Dr. Villamizar, o no llega al 2030 como argumenta este columnista, en lo que sí tiene razón el ex – ministro es que Colombia debe modificar el esquema regulatorio para que no sólo se aumente las reservas comprobadas, sino que se extraiga y venda la mayor cantidad de petróleo posible; y esta búsqueda la debe llevar a cabo son los inversionistas privados y no el Estado. El argumento de que es necesario una petrolera estatal para fijar la política petrolera es de una estupidez sin límites y una vez aumentadas las reservas, Ecopetrol se debe privatizar en un 100 por ciento. Los colombianos tenemos que tener es la absoluta certeza de que el petróleo que no se venda hoy y en los próximos lustros, no se va a vender nunca.

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