Opinión

  • | 2019/01/31 00:01

    El efecto F.O.M.O.

    F.O.M.O. significa en inglés “Fear of Missing Out” que traducido al castellano es el “temor por quedarse afuera” y que explica esa natural necesidad del ser humano a pertenecer, a ser parte de la manada, a estar “In” y que hoy se ha vuelto una pandemia por cuenta de las redes sociales.

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Hacia el año 1.590, en Holanda se desató una fiebre irracional por los tulipanes. Esta exótica flor proveniente del imperio Otomano impactó por su belleza convirtiéndose rápidamente en el centro de atención de las clases altas y desatando tal irracionalidad en el apetito por tenerlas, que la historia cuenta que los holandeses llegaron incluso a vender parte de sus tierras, y algunos sus casas por hacer parte de esa minoría que las ostentaba. Su valor, en menos de dos meses, pasó de los 125 florines a 1.500 florines: un incremento de más del 1.100%.

La fiebre por los tulipanes ha sido estudiada con detenimiento por ser uno de esos primeros eventos históricos que evidencia el efecto FOMO. Este acrónimo, realmente significa en inglés “Fear of Missing Out” que traducido al castellano es el “temor por quedarse afuera” y que explica esa natural necesidad del ser humano a pertenecer, a ser parte de la manada, a estar “In” y que hoy se ha vuelto una pandemia por cuenta de las redes sociales.

La moda de los jeans rotos; las colas que hacen miles por fuera de un local de Apple para ser de los primeros en comprar el último iPhone; la pasión muchas veces irracional que se aviva en las redes en defensa de una posición extrema de derecha o izquierda; son todas ellas síntomas preocupantes de una necesidad del hombre moderno por ser aceptado, por estar conectado, por estar en otra parte y por estar enchufado a todo, menos a lo que sucede en el sitio y en el lugar en el que se está.

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Las redes por supuesto han facilitado la diseminación del virus. Ese sentimiento normal de la infancia que se sentía cuando uno era de esos pocos no invitado a la fiesta, hoy pareciera ser un sentimiento generalizado y permanente porque por cuenta de las redes sociales siempre hay algo “más interesante” sucediendo en otro lugar del planeta que uno se está perdiendo, o alguien está luciendo algo mejor que uno no ha comprado.

La fiebre desatada por los hoy llamados “Influenciadores”, que son personas que tienen como profesión dedicarse a mostrar una vida de ostentación, riqueza, felicidad y éxito, es seguida con locura especialmente por los jóvenes, que se apegan a sus mensajes, y tratan de imitar de manera ingenua su realidad y sus vidas muchas veces, las más, a costa de su propia individualidad. Las redes sociales han sido, desafortunadamente, la autopista idónea para alimentar esta enfermedad.

De acuerdo con Dot Research, los colombianos navegan en redes sociales 6,7 horas al mes. Este dato que ya es sintomático preocupa más si lo combinamos con los estudios de la Universidad de Nottingham Trent en Reino Unido que demuestra que en promedio agarramos el móvil 85 veces al día, desactivando totalmente la concentración de cualquier otra actividad a la que se le estuviere dando prioridad.

El efecto FOMO no es un problema generacional que afecte solamente a nuestros jóvenes. Su impacto alcanza todas las capas de la sociedad llegando por supuesto al mundo corporativo que no está vacunado de su efecto. Muchas decisiones corporativas, algunas disfrazadas de estrategia, son más impulsos irracionales por “No quedarse por fuera”.

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Desde decisiones cosméticas que afectan el diseño de la oficina: la mesa de ping pong o la piscina de pelotas para parecerse a Google, hasta decisiones más complejas y costosas como querer estar en determinada geografía, o hacer mercadeo en cierto tipo de espacios o plataformas.

Lo cierto es que, al margen de este problema, la realidad es que para enfrentar los problemas de productividad que generan y producen una enorme pérdida de atención y de eficiencia a esta enfermedad, irónicamente se le enfrenta con estrategias racionales de orden y comunicación interna.

Parte importante del natural impuso a estar en otra parte viene como mecanismo de evasión a la innumerable cantidad de mails, de reuniones y de reportes a los que se ve sometido el empleado de hoy que para que seamos honestos, son una pérdida total de tiempo y de energía.

En la medida en que logremos implantar algunas normas mínimas de respeto (como dejar por fuera de las reuniones los celulares) pero de otra parte cortar el problema de raíz permitiéndole al individuo dedicarse a temas productivos sin forzarlo a esas miles de reuniones sin sentido, o a contestar miles de comunicaciones inservibles, permitiremos que nuestra cultura interna se dedique a objetivos claros, con las mínimas distracciones.

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