Opinión

  • | 2018/03/22 00:01

    El auténtico idiota reputacional

    “Aprendizaje es experiencia. Todo lo demás es solo información”. Albert Einstein

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La filósofa italiana Gloria Origgi escribió un magnífico artículo titulado: ”Say goodbye to the information age: it‘s all about reputation now”. La idea central detrás de su preocupación es que la humanidad necesita migrar de una etapa en la que lo importante era tener acceso masivo a la información (entre más mejor) a una en que seamos capaces de discernir la calidad y validez de la información que recibimos (la de la reputación).

La tecnología logró conectarnos masivamente, robando en parte la tranquilidad de un ser humano, hoy abrumado por la cantidad de información disponible, que de alguna manera se siente presionado a compartirla socialmente como mecanismo para mantenerse “in”, para no sufrir del ostracismo que tan de moda se ha puesto cuando no somos activos en las redes o en los grupos de whatsapp.

El "perfecto idiota latinoamericano", para utilizar el título de la obra de Mendoza, Montaner y Vargas Llosa, no es aquel alejado de la información o sin acceso a esta (esto es ya un commodity), es aquel que no ha ejercitado la capacidad y el hábito de identificar la validez de la información que recibe y la viabilidad de lo que dicha información insinúa. La información tiene valor solo en la medida en que es evaluada, curada, filtrada y discutida para, ahí sí, compartirla y convertirla en reputación, en inteligencia colectiva.

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Esa capacidad, la del discernimiento, francamente creo la tenemos en niveles casi que infantiles como país. El colombiano para decirlo coloquialmente traga entero y después repite como lora, posando de oráculo del saber. Hemos construido parte importante de nuestra “reputación” aparentando ser portadores de la información veraz y construimos hipótesis, a veces juicios peligrosos, que tienen como cimiento información que las más de las veces es simplemente falsa.

Lo estamos viviendo en todos los estamentos, pero lo que está pasando en esta campaña presidencial es un síntoma peligroso de nuestra inmadurez como sociedad. Llamémoslo populismo si se quiere (ojo porque viene de todos lados, no solo de la izquierda), pero es dramático ver cómo los candidatos de turno se paran frente a masas desinformadas e inocentes, para no llamarlas estúpidas, y recitan información, cifras, estadísticas y sobre estas fabrican soluciones, cuando las más de las veces es información falsa.

Tragamos entero y nuestro sistema educativo poco o nada ha hecho en ejercitar esta capacidad. Mantenemos un modelo que sigue anclado en la Edad Media, en la memorización y en aceptar el mensaje de la autoridad que lo emite como verdad absoluta. No enseñamos a pensar y menos a discutir o a rebatir ideas con argumentos. Está mal visto ir en contra del juicio de una autoridad jerárquicamente superior y no solo repetimos lo que ya es peligroso, sino que además basamos nuestras estrategias y construimos nuestras decisiones sobre ideas que no han sido debatidas.

El ignorante en la era de la reputación no es aquel sin acceso a la información. Es aquel que se autodenomina soldado de la mentira. El verdadero pobre es aquel que se deja manipular por caudillos desinformadores, mentirosos y manipuladores, que ajustan verdades y maquillan realidades. Es aquel que pone su futuro y el de sus hijos en manos de conspiradores de la verdad, que se aprovechan de nuestro mal colectivo de la ignorancia y de nuestra incapacidad de rebatir en el mejor de los casos verdades a medias, para fabricar soluciones erradas en el aire.

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La solución por supuesto está, de nuevo, en la educación. En la construcción de un nuevo ciudadano capaz ya no solo de saber seleccionar la inmensa cantidad de información disponible sino de discernir su validez y hacer buen uso de ella para la construcción de soluciones e ideas inteligentes.

La solución  no es ni alejar a los niños de los smartphones y las tabletas, ni usar estas como babysitters. Es acostumbrarlos a la tecnología y sus maravillas como herramienta de acceso, pero cultivando el discernimiento y la capacidad para tener en la duda metódica, la busqueda permanente de la verdad como fuente para debatir y para construir el futuro.

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