Opinión

  • | 2017/09/28 16:56

    El arte de hablar claro

    El principal problema de la comunicación es la falta de tiempo. La inmediatez de las comunicaciones y su rápida caducidad impiden conseguir mensajes claros y de calidad.

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La urgencia proviene de la masificación de las comunicaciones. Un ciudadano medio de un país desarrollado puede recibir diariamente más de 3000 comunicaciones. Si para crear un texto eficaz por su claridad se necesita tiempo del que no solemos disponer, termina por darse más importancia a hacerse entender de la manera que sea que a explicar de manera clara lo que queremos decir.

 Según Mariángeles García en Yorokobu, para comunicar con claridad es imprescindible contar con tres capacidades: un gran dominio de la lengua, un alto conocimiento de lo que se va a comunicar y capacidad de organización de las ideas.

 Además de estas capacidades, la habilidad del comunicador para empatizar con el destinatario puede redondear el resultado. Pero ninguna de estas habilidades podrá ser desarrollada en su plenitud si no se cuenta con el tiempo suficiente. La claridad es el final de un camino muy largo.

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 En opinión de Antonio Martín (autor junto a Víctor Sanz del libro Dilo bien y dilo claro), no existe una fórmula mágica para convencer al público de la importancia de comunicar bien, ya sea por escrito o en público. Tenemos tal riqueza en el vocabulario que nos impide ver lo sencillo que es. Los árboles no dejan ver el bosque. La clave de una buena comunicación está en saber elegir bien las ideas y las palabras.

 Escribir puede resultar más sencillo para algunas personas. Sobre todo, si han organizado antes lo que quieren contar. Más complicado se hace expresarlo delante de un público. Aunque cualquiera puede lograrlo, hay que tener muy claro qué se quiere decir. Cuando se habla en público, se acabó solamente el lenguaje escrito, ya que se puede recurrir al lenguaje no verbal, que puede acompañar y aportar matices. Pero cualquiera puede si tiene las ideas organizadas y si sabe dirigirse al público y lo entiende y se pone en su lugar también para no aburrirlo. Winston Churchill opinaba que "Un buen discurso debe ser como la falda de una mujer: suficientemente largo para cubrir el tema, pero suficientemente corto para crear interés".

 Aunque es cierto que a la hora de hablar delante de un auditorio entran en juego también otras cuestiones como el miedo escénico. Hay un truco: centrarse en una persona y hablarle como a un amigo. Es necesario olvidarse de que están mirando muchísimas personas y que están todas escuchando a la vez.

 Lo cierto es que todo sería bastante más fácil si, además de lengua o matemáticas, desde el colegio se nos enseñara a escribir y hablar bien. Pero no todo es culpa del sistema educativo. Los medios de comunicación tienen muchísima más responsabilidad en la pobreza de expresión de los ciudadanos. Nos hemos olvidado del debate. A juzgar por lo que se ve en televisión, lo que nos presentan como tal no son más que programas en los que se tiende al escándalo, a parecer que aquél que más grita es el que tiene la razón. De hecho, el gran problema de la comunicación es que no escuchamos para entender, escuchamos para responder.

 Hay medios que tienden a ser tendenciosos: aquí vamos a partir de una idea y no la vamos a contrastar. Y, por supuesto, los políticos, de quienes se espera, como mínimo, que sepan discutir con coherencia, transmitir claramente su mensaje y su programa. Pero no discuten ideas, sólo contemplamos debates agrios y violentos.

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