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Opinión

  • | 2020/02/25 00:01

    Egoísmo digital y los likes que nos hacen pobres

    El egoísmo es un fenómeno tan curioso como necesario. Algunos lo usan como excusa para atacar y otros como disculpa para triunfar pisando a los demás. En lo digital, puede terminar siendo relevante solo para el marketing y no para la calidad de las relaciones entre personas. Reflexionemos sobre el egoísmo como primer paso para tener algo de conciencia sobre mejores formas de interactuar con los demás.

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En la lucrativa banalidad del mundo de las redes sociales, nos encontramos con la posibilidad de ser tacaños al sentir que nos gusta algo y no somos capaces de demostrarlo, todo por guardar una imagen que a casi nadie le importa. Nos abstenemos de decir lo que pensamos, o de seguir a otro usuario, a veces sin entender el porqué. O quizá decimos demasiado, pero no creamos interacciones constructivas sino más y más incendios digitales.

Ser un tacaño digital no tiene nada que ver con dinero ni tiempo, sino con la voluntad de reconocerle a otros lo mismo que queremos que nos reconozcan a nosotros. Cuanto más egoísta es un usuario, mejor le puede ir, y ahí está el problema. En Instagram y en Twitter, por ejemplo, promover ese egoísmo es una política bien disfrazada. La métrica web nos dice que la razón de seguidores sobre cuentas que seguimos (follower-following ratio) debe ser positiva, y realmente, siempre se ha buscado limitar la cantidad de cuentas que podemos seguir. En un momento se habló de los 7500 en Instagram o de los 5000 en Twitter, hasta pasar hoy a medidas relativas para que los bots supuestamente no puedan hacer user mining (cuando se siguen cuentas automáticamente para disparar el número de seguidores). Pero la realidad no cambia. El mensaje es claro. Hagamos visibles a los íconos marcarios e invisibles a una gran mayoría que solo renta como un seguidor.

A las redes no les interesa que las cuentas populares sigan a las cuentas cuasi invisibles. Al mundo no le interesa que las personas invisibles tengan relevancia ni que los que no están de moda entren en el spotlight de la fama. Al mundo le interesa que las estructuras se mantengan, y lo que hacemos en nuestras queridas redes, termina, sin querer, fomentando justamente eso, mientras se ofrece como solución al aburrimiento y la soledad. Es cuestión de clasificar personas en importantes y visibles contra menos importantes e irrelevantes, y mantener la clasificación con una sonrisa que empobrece nuestras relaciones humanas.

He conversado con estudiantes que me dicen que a veces les gusta algo, pero prefieren no ponerle like para tener un mejor estatus en redes. “¿Se imagina que le pusiera like a todo?” Larry Rosen, PhD en psicología, dice que la comunicación en redes está relacionada con el capital social. Tener algo de empatía virtual al menos es mejor que nada, pero no tiene el mismo poder que la interacción clásica entre personas. Resulta curioso que haya una preferencia silenciosa por callarnos cuando nos gusta algo, escudándonos en un botón que quiere decir mil cosas distintas, cuando hablar directamente nos puede hacer más relevantes. 

En un estudio, Rosen muestra que los jóvenes de la iGeneration (nacidos en los 90s) tienden a poner muchos más likes que las otras generaciones, sin embargo, esa empatía virtual es mucho más débil que la empatía física, de hecho, seis veces menor según sus mediciones. Rosen habla de una clasificación hecha por la Dra. Moira Burke y sus colegas, que diferencia la ‘comunicación en un click’ (e.g. poner like) de la ‘comunicación compuesta’ (escribirle a alguien). Resulta que la segunda contribuye a reducir la soledad de las personas, mientras que la primera no genera absolutamente nada en lo personal.

Veamos entonces la paradoja. Podemos creer que al dar menos retroalimentación nos damos más importancia, pero esa retroalimentación vía likes, así la demos, es una representación de una interacción humana de mentira. Las únicas que se benefician de dicha comunicación son las marcas, ya sea las personales o corporativas. En otras palabras, que les pongan o no like a ustedes en todo lo que postean, no dice absolutamente nada de lo que sienten realmente los usuarios por ustedes. Dirá quizá más sobre ellos, si lo exploramos a fondo. Quizá es un tema de inspiración, miedo, inercia, aburrimiento, o más. 

En cambio, cuando hay una interacción un poco más personal (e.g. mensajes directos), no hay muchos beneficios para las marcas, a menos que ustedes estén precondicionados para recomendar algo por voz a voz. Es entonces absurdo ser tacaño digitalmente, pues ponerle o no like a algo es un tipo de comunicación que solo tiene un beneficiario, el marketing, y no las personas desde la interacción que irónicamente busca ahora Facebook, subiéndole a la probabilidad de mostrar contenido cuanto más familiar y cercano a las amistades sea. 

Si se combina el marketing digital con algo de psicología y un pensamiento que nos devuelve a lo esencial del ser humano, podemos tener más conciencia sobre nuestros actos y sobre la importancia de interactuar a fondo con las personas, usando bien la comunicación digital para no tener tantas distancias y ser pobres interpersonalmente. Quizá será menos rentable para las empresas, pero podemos creer en un mundo en donde las personas son más importantes que las marcas.

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