Opinión

  • | 2018/06/06 00:01

    Duque o Petro: ¿serán capaces de superar sus defectos?

    Hasta el más brillante directivo, a la hora de gobernar, mínimamente necesita dos cosas: dominar sus tendencias naturales para decidir mejor, y saber de quién rodearse para que lo complemente.

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Ejercí mi derecho al voto, un tanto indeciso. Pero al mirar el tarjetón y pensar en los debates, noté que había candidatos para todos los gustos y con varias opciones, viables e interesantes por mérito propio para un mismo votante. Este ejercicio, sin embargo, se vio arruinado por su propio “juego de tronos” y alianzas incómodas, que cambiaron la percepción de tantos votantes sobre el carácter de cada uno. Imagine a Duque sin Uribe; Fajardo sin Robledo y Claudia López; De la Calle sin Clara López y Gaviria; Vargas Lleras sin su lista interminable de cuestionados; y Petro… sin Petro, porque, al margen de quién lo rodee, él cree serlo todo y todos en uno (Gaitán + Galán + Bolívar + Moisés + López Pumarejo + Chávez + Gandalf).

Si líderes tan capaces trabajaran juntos, el país tendría mejores oportunidades de salir adelante, antes que seguir en una división tan profunda. Pero esto es como cuando un gran amigo o familiar se casa mal y lo dejan de invitar a las fiestas y reuniones sociales, porque su pareja espanta tanto a los demás invitados, que el atractivo del invitado se minimiza.

Sea por su personalidad o sus ideas, todos cayeron en un error común: no alejar de su entorno a la gente que muchos nos cansamos de ver y oír. ¿No había posibilidad de escoger gente moderada y desapasionada? ¿A personas que argumenten con ideas, sin que para ello trituren a quien propone lo contrario? Fajardo y De la Calle representaron parte de ese esfuerzo, pero aliarse con representantes tan radicales, en ideas o en tono, no los ayudó.

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Sin embargo, cuando uno se enfrenta a una disyuntiva tan radical como la que tenemos, no hay más opciones que aislarse del debate, sea votando en blanco o absteniéndose, o fijar una posición clara, cualquiera que esta sea, asumiendo las consecuencias. ¿Cómo es posible que el argumento que tengamos para decidir el futuro de un país es, como leí en Facebook, que es mejor conducir a Colombia hacia el socialismo del siglo XXI, con sus predecibles y nefastas consecuencias, solo porque uno no soporta a Uribe? Si el argumento más profundo que tenemos para decidir el futuro del país es “que no resistimos a alguien”, definitivamente nos merecemos nuestro destino, por defender el apasionamiento vacío de ideas y matices.

Votar por Duque y Petro plantea dos disyuntivas reiteradas continuamente frente a lo que convendría que sucediera en sus eventuales gobiernos: confiar en la capacidad del uno de huir de la influencia de Uribe, y en la del otro de negar las tendencias de su personalidad. Y cualquier persona que entienda de management o tenga experiencia seleccionando directivos o mandos en cualquier nivel para una empresa, sabe que esta no es cualquier pregunta.

Hasta el más brillante y preparado gerente, a la hora de gobernar, mínimamente necesita dos cosas. Por un lado, saber muy bien de quién rodearse, controlando prudentemente las influencias de quienes se acercan a él, de forma que sus decisiones estén bien aconsejadas y surjan de un diagnóstico correcto; es decir, que parta de información balanceada y de visiones diversas y complementarias de la realidad existente, al enriquecer su criterio como consecuencia de confrontarlo con el de otros. Esto, sin embargo, es inocuo si el gobernante es incapaz de dominar sus pasiones, su ego y sus tendencias naturales, al punto impedirle suficiente apertura mental para escuchar y actuar desde una postura más humilde.

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Desafortunadamente, para un egocéntrico esto es un serio problema, porque se valora excesivamente, al punto de cegarlo y ensordecerlo. Inicialmente, puede que –al saberse tan observado como sucede en un proceso de selección o una campaña política-- le resulte relativamente sencillo reclutar gente buena, haciendo promesas y alianzas que den gusto a la tribuna. Pero, cuando el poder ya está asegurado y se entra en una zona de confort, dirigir a esa gente y trabajar con ella en proyectos concretos, requiere superar esos rasgos profundos que definen su conducta, los cuales probablemente son cuidadosamente controlados mientras se pasa un proceso de selección. Con Petro ya lo vimos cuando ganó la Alcaldía de Bogotá: salieron en desbandada sus más fieles alfiles, quienes lo denominaron “tirano” (según García Peña) y “llanero solitario” (dijo Antonio Navarro); y demostró reiteradamente ser un demagogo individualista. La obsesión con ideales inconvenientes e irrealizables impiden la labor de un ejecutivo incapaz de escuchar. Y de esa personalidad no se puede escapar.

Entretanto, señalan los observadores que la personalidad de Duque es más moderada y conciliadora, notoria en el trabajo del Congreso, donde también ha estado al lado de Uribe por más de cuatro años, sin que se comporte como él. En tiempos de campaña ha intentado demostrar talante de directivo ante su corta experiencia gerencial. Pero también a él le pasará el tiempo en que, si es elegido, estará solo frente a las decisiones. Pronto entrará en una zona de confort, cuando se percate que –siendo presidente- debe actuar como tal. Entonces tendrá que decidir hasta dónde hará caso o no a su mentor, pues Uribe ya no será su jefe, y tendrá a millones de personas esperando que actúe en concordancia. Y la experiencia vivida con Santos nos dice que esa es una opción real y que de esa influencia excesiva se puede escapar.

Pero, así como a Fajardo, nos enfrentamos a la disyuntiva de hacia dónde ir. Ante la dificultad de elegir entre ambas posturas tan radicales, Héctor Abad Faciolince sugirió la tercera vía en The New York Times: “no escoger podrá parecer tibio, o cobarde, pero si uno considera que ambas opciones son malas para el país, y que ambas conducen a un ambiente de crispación nocivo después de alcanzar ciertos niveles de paz (jamás habíamos tenido unas elecciones menos violentas), lo mejor será el silencio del candidato de centro. Y la abstención o el voto en blanco para quienes votamos en primera vuelta por él y creemos que quien gane, sea el que sea, debe recibir por parte nuestra no un apoyo, sino un aviso de moderación, y nunca el cheque en blanco de un triunfo absoluto”.

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