Opinión

  • | 2016/12/08 00:01

    Dirigir como acto político

    La dirección de una empresa y, en términos generales, la dirección de una organización no puede hacerse prescindiendo de la política.

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Al decir esto, existe el riesgo de la malinterpretación, el cual se presenta porque a la mente, cuando se habla de política, vienen las imágenes de intrigas, luchas y agendas ocultas. Este modo de ver las cosas se ha quedado con la idea de política de Maquiavelo. Al contrario, la política es una actividad noble y está al servicio del bien común como enseñaba Aristóteles. 

La política cuenta con unas actividades que le son propias: el ejercicio del poder y el gobierno. Si leemos despacio, podemos caer en la cuenta de que estas categorías políticas son realidades muy palpables en la empresa privada y en las organizaciones.   

El directivo es una persona que en la organización tiene la capacidad de influir en los empleados para que estos hagan cosas. A esto se le llama poder que, además, no es otra cosa que el logro de la obediencia y acatamiento. Cuando el directivo no lo consigue se dice comúnmente que en esa organización la gente “hace lo que quiere”, dando a entender que es caótica.  Pues bien, el logro de ese acatamiento mediante el ejercicio del poder es un requisito para la obtención de la colaboración y, en última instancia, toda empresa es, sobre todas las cosas, un sistema de colaboración.

La efectividad en el ejercicio del poder, es decir, el logro del acatamiento hacia el directivo es una tarea difícil porque involucra la libertad humana que, como se sabe, es impredecible y, sobre todo, es el reflejo de la persona con sus motivaciones, sentimientos y aspiraciones.

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¿Cómo alcanzar el acatamiento de los empleados hacia los directivos? Para responder a esta cuestión existen dos caminos: el fácil y el difícil. En primer lugar, el camino fácil consiste en el ejercicio sin más del poder y la coacción que otorga la jerarquía en la empresa, lo que se conoce como el poder del jefe; se hace y punto.  En segundo lugar, el camino difícil tiene que ver con el proceso de logro de la legitimidad de quien dirige y gracias a esta aceptación, quienes son dirigidos actúan por su propio convencimiento e iniciativa. Estos dos caminos fueron ampliamente descritos por los antiguos bajo la distinción entre Potestas y Auctoritas.  

La potestas

A primera vista, dirigir desde la Potestas muestra resultados en el corto plazo, pero en el largo tiene como consecuencia que, al obrar desde la coacción o el miedo, la persona pierde el interés, quedan heridas, se pierde la confianza y baja la moral del colaborador frente a su propio trabajo.  En cambio, la dirección desde la Auctoritas expande las potencialidades de la persona, aumenta el querer de ella hacia la misión de la empresa y, sobre todo, se compromete en su totalidad: cuerpo y alma.

La auctoritas

La auctoritas está precedida por la legitimidad del directivo, es decir, aquella que se define  como la aceptación que todos tienen de él y el merecimiento de estar en la posición que ocupa. Para lograr la legitimidad, cuya tarea es ardua, el directivo debe ser un reflejo interno para los demás: su integridad, normas internas de excelencia y liderazgo personal determinarán el acatamiento pleno de su autoridad. Un buen sinónimo de auctoritas es prestigio.

¿Cuándo reconocemos que un directivo ha logrado la auctoritas? En el momento en el que se alcanza el elemento más difícil y decisivo del poder: “el llegar a ser innecesario para la consecución de resultados que, en un principio, tan solo pudieron ser alcanzados con la ayuda del poder” (Pérez-López, 1990).

En conclusión, uno de los roles más importantes que debe asumir el directivo es el político. Como se aprende de los clásicos no es el papel maquiavélico ni intrigante sino, por el contrario, el de la persona prudente; el que logra construir su gobernabilidad, o sea, su auctoritas todos los días, basado en su prestigio profesional, conocimiento, sabiduría práctica y, sobre todo, la confianza que genera el directivo en los empleados y, en general, los implicados del negocio. En este sentido, debemos aprender a no mirar con desprecio el “saber político” y, por el contrario, ver en las destrezas políticas un elemento crucial para el éxito de la empresa y de la organización.

La experiencia en la formación de directivos en Inalde Business School nos muestra que una organización con unidad, consenso, acatamiento y legitimidad de sus directivos cuenta con los elementos esenciales para ir a la velocidad correcta y con la moral en alto para superar dificultades y conquistar objetivos valiosos para la empresa y la sociedad.

Un CEO es alguien que se gana el derecho a serlo todos los días.

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