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Opinión

  • | 2019/07/29 00:01

    Dilemas de las industrias creativas

    Promover la economía naranja requiere de un reconocimiento, apropiación cultural y patrimonial. Su apalancamiento en nuevas tecnologías y capacidad de generación de valor le hacen un sector de excelente potencial, incluso en un país que desconoce aún toda su riqueza y diversidad.

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La capacidad que tienen las industrias creativas para generar valor es un atributo realmente destacado. Hoy día, el tema de la economía creativa se está convirtiendo en un sector económico de rápida expansión, con un gran potencial transformador en términos como el ingreso, el empleo y las dinámicas de exportación. Y aunque a nivel mundial se está propendiendo por su reconocimiento y estímulo, en Colombia este sector no se potencia.

Este tipo de industrias se desarrollan en sectores de la economía que tienen como propósito producir, promocionar o comercializar bienes y servicios que tengan algún contenido cultural, artístico o patrimonial. Y más allá del valor monetario que puede representar para las economías, organizaciones como la Unesco reconocen su valor en el desarrollo social inclusivo, el diálogo y el entendimiento de los pueblos o las diferentes culturas.

Bajo este interesante contexto, Fedesarrollo recientemente elaboró un estudio sobre La importancia de las industrias creativas en la economía del cual se desprenden excelentes reflexiones sobre lo que este sector representa actualmente para Colombia, y de lo que realmente debería representar.

En materia de empleo, los procesos de innovación que envuelven a estas industrias creativas se consideran como estratégicos en la generación de nuevos cargos. Particularmente, a los jóvenes para promover el desarrollo y el uso de nuevas habilidades requeridas en el mercado laboral actual como el uso de programas y herramientas tecnológicas sin dejar de lado la demanda de un recurso con habilidades de liderazgo, emprendimiento, trabajo en equipo y resolución de conflictos.

Según el informe, para 2015 alrededor de 30 millones de personas estaban empleadas dentro de este sector, lo que correspondía al 1 % del total de la fuerza laboral. Estas generaban más de USD 2,25 billones anuales, es decir el 3 % del PIB mundial. Aunque en países como España o Canadá el número de personas ocupadas en este sector es del 3,7 % y el 3,6 %, respectivamente, en Colombia a duras penas llegamos al 1,2 %.

En la región, República Dominicana lidera como el país con mayor nivel de exportación en bienes creativos con un 3,7 %. A este le sigue Bolivia y México con más del 1,4 %. Mientras que Colombia estuvo por debajo del promedio regional con un 0,6 %.

Y aunque el panorama se ve prometedor en materia económica, mantiene limitaciones y retos en temas fundamentales como las condiciones laborales. Según el estudio, las personas que se dedican a estas industrias son propensas a la inestabilidad salarial, la incidencia del desempleo y, por ende, una alta vulnerabilidad en los temas relacionados a sistemas de protección social. 

De los países que hacen parte de la Unesco, 55 % de ellos cuentan con sistemas de protección social gubernamentales específicos para artistas y profesionales de la cultura, el 16 % tienen otros sistemas no estatales, 8% tienen status de asalariados, y el 21 % de estos no cuentan con ningún sistema de protección social. Y si se liga esto a la inestabilidad laboral y a los altos costos asociados a su trabajo, podrían generarse desincentivos a la formalidad del sector.

A pesar de que la información sobre las industrias creativas es bastante limitada en gran parte de los países objeto de estudio, pudo establecerse también que este es un sector que no escapa de las desigualdades de género. No sólo en cuanto a brecha salarial, sino también en acceso, oportunidades y reconocimiento en varios cargos y espacios de decisión.

En nuestro país, la Ley Naranja 1834 de 2017 se creó para proteger e incentivar la industria creativa. Y para dotarle de institucionalidad, se creó el Consejo Nacional de la Economía Naranja (CNEN). Sin embargo, varios expertos coinciden en una falta de presupuesto para el sector, y un vacío sobre estrategias de financiamiento que faciliten la supervivencia de estas industrias.

Asimismo, este tipo de negocios en Colombia contribuyen con el 1,8 % del valor agregado total y destacan, en mayor medida, las industrias culturales (editorial, audiovisual) con un 42,2 %, seguido de las creaciones funcionales (medios digitales, diseño y publicidad) con el 34,2 %.

Solo para Bogotá, la economía naranja representa $4 billones según el Dane, y como inversión extranjera directa para las industrias creativas de la ciudad, a junio de 2018, se tenían cerca de los USD 500 millones. Esto gracias a que la ciudad capital concentra el 74 % de las industrias creativas del país, seguida de Medellín (10 %) y Cali (6 %).

El problema es que existe una gran concentración de estas industrias en los centros urbanos.

Por ende, las zonas rurales quedan con muy pocas iniciativas dada la inexistencia de una política que cree un vínculo entre la producción de este tipo de bienes y servicios con la vocación económica de cada una de las regiones. De hecho, esta sería una excelente iniciativa que reduciría la migración forzada de los jóvenes rurales hacia las grandes ciudades, dándoles lo necesario para que estimulen su desarrollo en el campo.

Si la meta del gobierno actual se mantiene en tomar la bandera de la economía naranja para que esta represente el 6 % del PIB, realmente hace falta una ruta de acción para sacar todo el potencial derivado de las capacidades de mercado, personas y negocio en un marco en el que el desarrollo cultural y patrimonial es el protagonista. Y en verdad, la oferta es invaluable.

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