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Opinión

  • | 2020/07/01 06:01

    Diez mil millones de millones de dólares

    En sus ‘Confidenciales’ de la semana antepasada la revista Semana trae a colación una noticia que describe con precisión los enormes problemas en materia de costos que enfrenta el sector de la salud en Estados Unidos.

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“La semana pasada, un gringo de 70 años llamado Michael Flor rompió el récord de costo por un tratamiento de coronavirus, en una clínica en Seattle. El paciente estaba muy grave y salvarle la vida costó lo siguiente: 1) 409.000 dólares por esterilizar el cuarto donde lo iban a atender. 2) 42 días en cuidados intensivos a 9.736 dólares la noche, que sumaron 408.912. 3) 82.000 dólares por el uso de un respirador por 29 días. 4) 100.000 dólares por un tratamiento de urgencia para revivirlo cuando estuvo a punto de morir durante 48 horas. Eso y otros costos menores llegaron a un total de 1.122.501,04 dólares. Ante este descomunal monto, el seguro Medicare pataleó. Al final le tocó pagar hasta el último centavo. Si el señor Flor no hubiera tenido seguro, es claro que hubiera preferido morirse".

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En un caso similar de disparada no justificada de costos, el New York Times trae a colación un laboratorio de Dallas que cobra por hacer el examen del coronavirus, un análisis que debería costar 30 dólares, la no despreciable suma de 2.315 dólares.

Para poner estas cifras en perspectiva, si el resto del mundo tuviera los costos de salud de Estados Unidos, tratar de curar a los 10 millones de infectados hubiera costado la astronómica cifra de diez mil millones de millones de dólares y los centeneres de millones de pruebas que se han realizado hubieran costado centenares de miles de millones de dólares. 

El mundo no puede darse el lujo de pagar los absurdos costos de la salud de Estados Unidos. Y si bien los estadounidenses tienen algunos de los mejores hospitales y personal médico del mundo, aquellos que no tienen un buen seguro, y que no son lo suficientemente pobres como para calificar para el seguro estatal, sencillamente quedan por fuera del sistema.

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Anthony Fauci, jefe del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de EE. UU., admitió que el sistema de salud del país "está fracasando" en la forma en la que detecta nuevos casos de coronavirus. "El sistema (para confirmar nuevos casos) no está realmente orientado a lo que necesitamos en este momento, a lo que se está requiriendo. Eso es un fracaso. Admitámoslo", dijo Fauci.

La Organización Mundial de la Salud clasificó al sistema de salud de EE. UU. en el número 37. En comparación con cualquiera de los países industrializados, EE. UU. tiene la menor expectativa de vida, la mayor mortalidad infantil y la mayor mortalidad materna.

Cuando se comparan el número de médicos y enfermeras, los escáneres MRI y CT, las camas hospitalarias y los pacientes atendidos per cápita, EE. UU. no clasifica consistentemente entre los mejores países industrializados; de hecho, frecuentemente tiene una clasificación promedio o menor. 

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¿Pero a qué se debe el fracaso de la salud en EE. UU.? ¿Es el hecho que la salud sea privada y con ánimo de lucro? ¿Por qué el libre mercado, que trabaja tan bien en tantos sectores, ha fracasado? La respuesta es que en el sector de la salud en EE. UU. no hay un libre mercado propiamente dicho, sino un capitalismo de amiguetes, en donde una alianza funesta entre los prestadores de salud, los médicos, las empresas farmacéuticas y las empresas de seguros se las arreglan para ‘cartelizar’ el sector, limitando la competencia y de esta manera, esquilmar al consumidor.

El Instituto Mises describe este capitalismo de amiguetes: “Mientras que normalmente en un sistema capitalista de libre mercado, bajo una compañía debe ofrecer los mejores bienes y servicios para atraer consumidores y obtener ganancias, en otras palabras, de forma voluntaria, intercambiando valor por valor, satisfaciendo al consumidor. En el sistema actual donde muchos no son capitalistas de verdad sino de compinches, en el que no tenemos empresarios sino empresaurios, estas compañías gracias al poder político obtienen ganancias y beneficios a expensas de todos, en total detrimento de los consumidores y competidores limpios, ellos no tienen que preocuparse por ofrecer los mejores bienes y servicios, ellos no tienen que preocuparse por satisfacer al consumidor, ellos solo deben satisfacer a las élites del poder”.

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