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Opinión

  • | 2019/10/29 00:01

    Desperdicio de papel, voto electrónico y unas pequeñas victorias

    Es fácil decir que, en pro del medioambiente, podríamos digitalizar todo y ya. El tema no es tan fácil, pero hay unos puntos que podemos mejorar en el corto plazo, mientras volvemos a abrir la discusión sobre el voto electrónico.

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En estas elecciones se entregaron unas cartillas de 47 páginas a color para jurados de votación. A diferencia de la papelería que se devuelve a la Registraduría, estas cartillas quedan en manos de cada persona convocada a ser jurado. Si hablamos de 700.000 ciudadanos convocados, la cifra ronda las 77 toneladas de papel impreso a color solamente para capacitar jurados en una elección. Y no estoy hablando de la papelería de las votaciones.

Valoro el trabajo de la Registraduría, porque las cartillas son de muy buena calidad, las capacitaciones también están a la altura, pero es aquí en donde surge una oportunidad de mejora que no implica mayor riesgo. Pienso que es suficiente imprimir unas pocas cartillas para el que definitivamente las requiera, pero sería mejor dar la opción a los jurados de tener su cartilla vía código QR como un PDF. Estoy seguro de que un ahorro de al menos 50 toneladas de papel ayudaría a concentrar recursos en una discusión mucho más dura: la del voto electrónico.

A primera vista, suena muy emocionante decir que el papel se transformará en biometría, pantallas, códigos e información en tiempo real. Si bien algunas experiencias positivas se han visto en países como Estonia y EE.UU (Arizona), ha habido también fiascos como los de Perú (2014), Bélgica (2014), Países Bajos (2007), entre otros. Para ver un recuento de la discusión, incluyendo las experiencias que se han llevado a cabo en Colombia, por ejemplo en Caquetá, Antioquia, Tolima y Cundinamarca, recomiendo el artículo de Floralba Padrón (2019). A pesar de ser un análisis que parte de una dimensión jurídica –normal en Legalland– hace unas explicaciones necesarias y algunas reflexiones importantes sobre los retos que existen todavía en este ámbito.

El voto electrónico no necesariamente garantiza transparencia ni la reducción de la abstención. En el primer caso, pensemos en la nefasta Venezuela, que terminó contando 8 millones de votos mientras que smartmatic, el sistema que contrataron, solo había registrado 6,5 millones de votos. La tecnología sola no puede vencer la falta de ética de una sociedad, y menos cuando está incrustada en dictaduras autocomplacientes como la de Maduro. En el segundo caso, tampoco se puede garantizar más participación por el simple hecho de tener el voto electrónico. Según Germann & Serdült (2017), la introducción del i-voting en los cantones de Ginebra y Zürich (Suiza) no aumentó la participación ciudadana en las elecciones. 

Le pregunté a Bob Reid, CEO de Everest Blockchain, si veía venir una solución nueva para el voto electrónico que se pudiera blindar con la seguridad criptográfica. Me dijo que así exista la tecnología, el factor riesgo es tan alto, que probablemente el mundo no esté lo suficientemente maduro para digitalizar los comicios. Ya usando biometría han logrado dar golpes impresionantes a la corrupción clásica que existía en la repartición de subsidios en el sureste asiático, pero el tema de las votaciones requiere más dimensiones de análisis, que transcienden lo meramente jurídico.

Mientras el debate se nutre y se expande en el medio universitario, hay pequeñas victorias que se pueden ir dando. No caigamos en el radicalismo ambiental que sucede en casos como el de los pitillos. No se trata de destruir el pitillo y satanizarlo, cosa que nos encanta hacer aquí, sino de buscarle otras soluciones, como lo son los pitillos en acero inoxidable. Por eso recomiendo que, en el caso de las cartillas de jurados, dejen de imprimir tanto papel a color innecesariamente. Con pequeños cambios y discusiones interdisciplinaria, podremos hacer converger la democracia y la tecnología. Colombia ha dado buenos pasos en esta dirección, y ahora es cuestión de consolidarlos.

P.S: los resultados en Bogotá hablan de varias transformaciones, pero me quedo algo escéptico por el tema de las grandes promesas y los grandes discursos. Espero que el tono de Claudia López se convierta en coherencia, que el macrodiscurso anticorrupción no se use para cacerías de brujas y montajes al mejor estilo de un archipiélago Gulag, porque esa es la primera tentación cuando “hay que mostrar resultados”, y que, aquello que prometieron, realmente lo hagan. Ojalá que no se obsesionen pidiendo más y más presupuesto, sino cortándolo en donde es inútil para buscar soluciones pragmáticas. Ojalá tomen las iniciativas de Carlos Fernando Galán en temas de Smart Cities y le bajen a la polarización. Doy el beneficio de la duda, una categoría más teórica que práctica en este país.

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