Opinión

  • | 2018/03/21 00:01

    La desconexión entre la ciudadanía y el gobierno

    ¿Cómo explicar la impopularidad de Santos y el insondeable desprestigo del gobierno? ¿Cómo se explica el monumental rechazo de los electores a las Farc, grupúsculo a quienes difícilmente les alcazaron los votos para sacar un representante? Acaso, con la firma del Acuerdo de la Habana, ¿no deberíamos estar ya en medio de una idílica etapa de paz, equidad, felicidad y prosperidad? ¿Qué pasó?

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La verdad, sin tapujos ni circunloquios, es que de parte del gobierno hubo tres descomunales errores de cálculo: el primero es el haber creído que las Farc no solo mantenían un enorme aparato militar capaz eventualmente de doblegar al Estado, sino que estos narcoterroristas gozaban de un amplio respaldo popular, por no hablar de reconocimiento y prestigio, entre los campesinos, estudiantes, intelectuales y obreros. El segundo error estratégico es haber creído que un importante respaldo para la paz de parte del electorado implicaba no solo respaldo para conceder en la mesa de negociaciones prácticamente todo lo que la narcoguerrilla exigía, sino que respaldar la paz era sinónimo de apoyo para el Presidente y su equipo. El tercer error craso de esta administración es no haberse dado cuenta que la legalización encubierta de la siembra de cocaína iba a disparar nuevamente el narcotráfico y a convertirnos en el mayor productor de cocaína del mundo.

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Para lograr el reconocimiento internacional, Santos logró convencer a muchos que había acabado con una ‘guerra de 53 años’, tesis que ningún historiador serio comparte. Sobre este tema, el analista Jorge Humberto Botero comenta: “El Gobierno actual, tanto como casi todos sus predecesores a partir de la Administración Betancur, creyeron que el problema eran las Farc, cuando, en realidad, como hoy resulta evidente, éste consiste en unas economías ilegales muy poderosas, tanto que es insuficiente la capacidad del Estado para combatir a los violentos y desarrollar opciones de vida productivas para unas poblaciones campesinas sumidas en la miseria y la desesperanza. Lo digo a conciencia del esfuerzo descomunal que ahora, tardíamente, se despliega para recuperar el tiempo perdido. Sellado el armisticio, y aunque ya no hay enfrentamientos con la Fuerza Pública, se han incrementado los asesinatos de civiles, demostración palmaria de que la hipótesis que ha dado sustento a las negociaciones de paz por tantos años es falsa o, al menos, insuficiente.”

El paso de los días se ha encargado de demostrarle al gobierno lo equivocado que estaba. El rechazo a las Farc, no necesariamente a la paz, es contundente. Las elecciones del pasado 11 de marzo demostraron de manera inequívoca que el apoyo a las Farc por parte de la ciudadanía es inexistente. Por esta razón cada concesión, cada dádiva, cada privilegio que se les siga intentando otorgar a las Farc se convierte en un sapo adicional para tragar por parte de un electorado que ya de hecho está hastiado de tragar batracios que forzosamente le ha tratado de embutir este gobierno.

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En relación con el narcotráfico las hectáreas de coca sembradas en el 2015 alcanzaron las 159.000, la cifra más alta de los últimos nueve años. De 142 mil hectáreas sembradas de coca en 2001, se logró reducir a 42 mil hectáreas en 2013. En las próximas semanas va a salir un informe de una de las Agencias de las Naciones Unidas según el cual las hectáreas sembradas en coca están llegando a 240.000 y con tendencia a crecer.

¿Cómo es posible que hubiera tal nivel de desconexión del gobierno con los ciudadanos? ¿Cómo no se dieron cuenta que el rechazo a las Farc era abrumador? ¿Pensaron con una ingenuidad rayana en la demencia que la contundente animadversión contra las Farc solo provenía de los seguidores del ex – presidente Uribe? ¿Cómo no se dieron cuenta que las hectáreas sembradas en coca se estaban multiplicando por ocho? ¿Cómo no se han percatado que estamos ad portas de volver a convertirnos en un narcoestado?

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