Opinión

  • | 2018/07/02 00:01

    De quebrar empresas a ministros

    El papel de algunos gremios se ha tergiversado, para convertirse en trampolines de sus dirigentes a cargos políticos, en detrimento de los intereses de sus afiliados.

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Forma parte de la naturaleza humana la necesidad de pertenecer a algún grupo, llámese equipo de fútbol, comunidad religiosa o partido político. Además, en la era moderna han surgido nuevos modos de organización que contribuyen a conseguir los objetivos de sus miembros y defender sus aspiraciones, como los sindicatos para los trabajadores y gremios para las empresas. La importancia de la existencia de estas instituciones para el desarrollo económico es obvia.

Gremios de la producción fuertes son la máxima garantía para ubicar en la agenda pública las necesidades empresariales, exigiendo a las instituciones gubernamentales políticas y medidas en beneficio del desarrollo económico. Las empresas tienen responsabilidades sociales, una de ellas es producir riqueza individual y nacional, así que, aunque suene obvio, deberían ser los primeros defensores del estímulo a la producción.  

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No sorprende entonces, pero sí desconcierta, que gremios empresariales que han sido duramente golpeados por políticas públicas, como la reducción de aranceles, y otros que han sido víctimas de una clara persecución política, como la emprendida por la ficha de un candidato presidencial en una súper poderosa Superintendencia, hayan terminado apoyando a sus verdugos.

El papel de algunos gremios se ha tergiversado, para convertirse en trampolines de sus dirigentes a cargos políticos, en detrimento de los intereses de sus afiliados. Así ocurrió con Luis Carlos Villegas de la Andi, hoy ministro de Defensa. Y lo mismo está pasando con la Sociedad de Agricultores de Colombia, SAC. Su presidente, Jorge Enrique Bedoya, convirtió al gremio en un fortín electoral en la reciente campaña presidencial, para impulsar su aspiración ministerial.

Bedoya nunca ha protegido a los agricultores; no lo hizo como presidente de Fenavi, cuando permitió que el gobierno de Uribe, en la madrugada del 27 de febrero de 2006, negociara en el TLC con Estados Unidos un contingente de 26.000 toneladas de cuartos traseros de pollo. En lo corrido de la implementación del acuerdo, las importaciones de este producto se han incrementado 567%.

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Mucho menos lo ha hecho en la SAC, desde donde ha defendido ese mismo TLC que está arruinando a sus agremiados, diciéndoles que la culpa es su falta de competitividad, y que los TLC hay que aprovecharlos porque “hay personas que no lo hicieron porque no lo comprendieron o quizás porque no quisieron y no lo aceptaron”.

Recientemente, en un hecho que ha pasado inadvertido, el gremio de los cerealeros, Fenalce, se retiró de la SAC, alegando que desde las reformas emprendidas por Bedoya “ya no tiene como fin primordial la defensa del sector agrícola nacional”, y mantendrá su independencia “frente a los hechos económicos, sociales y políticos del país” de la SAC, como por ejemplo el que Bedoya ya hace parte del equipo de empalme del presidente electo Duque, en el área de agricultura liderado por Iván Darío Gómez.

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Bedoya también ha hecho poco por proteger a los lecheros, ganaderos y azucareros en las recientes negociaciones del TLC con Australia y Nueva Zelanda, que de concretarse acabarían con estos renglones de la economía. El presidente electo prometió a los empresarios en el Consejo Gremial que no firmaría nuevos TLC y se comprometió a evaluar los vigentes, por medio de una ley que aprobó en el Congreso el Representante del Centro Democrático Federico Hoyos. Mientras tanto, parece que algunos dirigentes gremiales seguirán apelando a la puerta corrediza, en donde pasan de quebrar empresas a ser ministros.

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