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Opinión

  • | 2020/02/11 00:01

    De la naturaleza del fracaso al éxito

    Cometer errores, retroceder y fracasar suele ser visto como el peor de los resultados, pero es el más natural de los acontecimientos. Entenderlo nos permite tomar distancia, no solo del éxito, sino de la incertidumbre de la economía.

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El fracaso es inevitable, pero necesario para aprender y crecer en todas las actividades humanas. De hecho, es más probable fracasar, que obtener el éxito rotundo. Esto ha ocurrido en la guerra, las artes y en todos los aspectos de la vida humana. Los negocios, por supuesto, no son diferentes.

Todos somos susceptibles de fracasar. Lo vemos en las grandes empresas, que a pesar de sus éxitos cometen errores a un alto costo. El fracaso es casi ignorado en su totalidad por los economistas, y es visto casi como una excepción a la regla.

Sin más intención que entenderlo, Paul Ormerod, economista británico, examina una variedad de teorías, así como lecciones de biología para obtener una mejor comprensión de la naturaleza del fracaso.

En su libro, Por qué la mayoría de las cosas fallan: evolución, extinción y economía, Ormerod expone que nuestro entendimiento actual deja por fuera al fracaso, y las decisiones producto del mismo se definen entre oferta y demanda. ¿Cuál es el problema? Que en realidad los datos económicos tradicionales como la demanda, los precios, los costos y la respuesta competitiva, a menudo no nos cuentan toda la historia.

Tengámoslo claro: cualquier desarrollo económico se compone de una combinación de innumerables decisiones pequeñas, que juntas pueden conducirnos a la incertidumbre. El análisis económico, fabricado por la teoría más aceptada, simplifica la complejidad detrás de los negocios y la economía.

La ciencia de la biología, especialmente el estudio de la extinción, proporciona ideas interesantes sobre el fenómeno del fracaso. Cuando se examinan registros fósiles se entiende que la extinción es un fenómeno natural sujeto a cierta regularidad matemática, que obedecen a una curva de ley de potencia, lo que significa que la frecuencia con la que ocurren disminuye de acuerdo con el cuadrado del tamaño. Curiosamente, las tasas de fracaso de las empresas también se ajustan a este mismo patrón.

Algunos economistas intentan recurrir a la biología al inferir que la evolución es una cuestión de supervivencia del más apto, pero este no es el caso. La evolución ocurre al azar, los genes no mutan por sí mismos. Las especies y negocios más aptos solo evolucionan durante largos períodos de tiempo gracias a mutaciones aleatorias y a la selección natural. 

Las especies, como las empresas, emergen, compiten y, aunque algunas prosperan, otras se extinguen. En su libro, Ormerod explica que el equilibrio entre depredador y presa permite que ambas poblaciones se mantengan sin destruir los recursos en un ecosistema del cual dependen.

Por ello, hay una idea para los managers que Ormerod nos presenta: es imposible saber cómo una decisión individual podría alterar el todo.

“El comportamiento individual no es fijo, como lo es un tornillo o engranaje en una máquina, sino que evoluciona en respuesta al comportamiento de los demás. El control y la predicción del sistema en su conjunto simplemente no es posible", asegura.

Por otro lado, la teoría económica convencional apunta a los ‘shocks’ externos como la causa última de los ciclos económicos, porque la economía "debería" tender hacia un equilibrio. 

En esa búsqueda por el equilibrio en el juego económico es cuando ocurren las sorpresas.

Al similar ocurre en el ajedrez, donde es casi imposible realizar el "mejor" movimiento en un punto en particular durante el juego. Los grandes maestros de este juego no insisten en encontrar la mejor jugada; ellos hacen movimientos que parecen razonables y poco probables para provocar grandes pérdidas en el contrario y aminorar las propias.

Con el tiempo, presión y metas a cuestas, es fácil que olvidemos que las cosas fallan debido a las incertidumbres inherentes involucradas en cualquier sistema complejo. A pesar de nuestras mejores intenciones, los resultados a menudo no coinciden con los efectos deseados. Ya lo hemos visto en la política y en Estados agobiados en lo económico por una promesa de equidad, que no llega.

Sin embargo, aunque un fracaso rotundo puede destruir las ambiciones, este puede ser beneficioso. La innovación, la evolución y la competencia son las características del éxito y el fracaso, su temor o ausencia, es un factor vital para que este suceda.

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