Opinión

  • | 2018/07/05 00:01

    De empleado a empresario de marca personal

    El mercado laboral ha cambiado de manera importante en los últimos años. Desde que soy consultor en talento, tema en el que tengo ya más de década y media, la sensación que hay de parte de los empleadores es que “conseguir gente”, sobre todo “gente que dure” es cada vez más difícil.

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Curiosamente, y a pesar de que esto es cierto, las dinámicas de consecución de talento no han variado drásticamente. A pesar de contar con herramientas que sofistican la identificación como LinkedIn, al final, los reclutadores siguen teniendo que leerse una hoja de vida, siguen teniendo que entrevistar y siguen teniendo que hacer referencias. Los mismos pasos, el mismo proceso y las mismas dinámicas con las que se ha contratado gente en el último siglo.

Lo que sí ha cambiado, de manera radical, y en esto si tiene razón el mercado corporativo, es que retener gente, es decir que la gente dure contenta en un rol y no se vaya, es cada vez más complicado. Las razones son muy diversas: La gente aprende más rápido y quiere más; la gente ya no aspira a hacer carrera en una sola empresa y quiere tener experiencias en industrias y roles variados; la gente ya no tiene paciencia para esperar a que “haya espacio de crecimiento”; la gente tiene más fuentes de información de lo que ganan sus congéneres en otras empresas y deciden moverse cuando validan estar en niveles menores, a veces, inaceptables.

A lo anterior sumémosle argumentos adicionales no menores como por ejemplo trabajar para culturas organizacionales que se quedaron en la prehistoria y que todavía confían en poder seguir manejando todo como se hacía en esa época en “que fuimos exitosos”; o trabajar para tiranos, que envestidos de poder creen tener el derecho de maltratar a su equipo; u organizaciones en donde pareciera que los únicos que no se han dado cuenta de que su negocio no es viable es el equipo de alta gerencia.

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En este entorno, el individuo, que al menos en este país estuvo por años a la deriva de un mercado laboral sobre ofertado, empieza a tener el sartén por el mango. Hablamos por supuesto de gente competente que se ha preocupado por mantenerse competente y que ha invertido tiempo y dinero por construir una reputación solvente en el mercado. Estos individuos, dejarán de ser empleados y pasarán a ser empresarios de su marca personal. Permitanme desarrolar el argumento.

Desde que Tom Peters creara el concepto de marca personal a finales del siglo pasado, y las redes sociales llegaran para servir de megáfono de todas y cada una de nuestras actuaciones como habitantes de este planeta (pareciera que el concepto de intimidad  desapareció), para bien o para mal se unieron dos elementos que han cambiado la forma en cómo profesionales interactuamos con el mercado laboral. Por decirlo de otra manera estos elementos nivelaron la ecuación de poder entre empresa e individuo dotando al segundo de armas nuevas de negociación.

De un lado el individuo entendió que el mercado laboral es un cliente más. Ya no es un punto de destino al que se conquistaba para quedarse en carreras largas delegando su futuro a los gestores internos de turno de las empresas en las que se trabajaba. Ahora, se administra cada empleo como una relación contractual más, que si bien exige todo el profesionalismo y la entrega, con esquemas que por supuesto ya no se enmarcan en una relación de 9 a 5 (disponibilidad absoluta), es simplemente una más dentro del portafolio que seguro se tendrá en la carrera.

De otra parte se entiende igualmente, que como sucede con cualquier servicio, estamos a la merced como individuos de la calificación constante de la calidad de nuestra oferta. Todo lo que hagamos, bueno o malo, es y va a ser referenciable. Ya el contacto personal y las relaciones como lo eran antes, no nos garantizan nada diferente a un punto de entrada, pero no nos salvaguarda de estar permanentemente sometidos al escrutinio público, a la calificación de nuestros clientes.

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En el medio, aparecen las redes como plataforma que nos habilita el ser conocidos, cacarear nuestros éxitos, ofrecer nuestros servicios, administrar nuestro pase y mantener vigente nuestra capacidad de aporte. Todo lo que hagamos bien podrá ser contado. Todo lo que hagamos mal dejará su huella digital y podrá ser usado en nuestra contra hasta el final de los tiempos.

Así entendido, al igual que sucede en las empresas, hay dos elementos que no podemos perder de vista: de un lado la velocidad de cambio demanda una constante actividad de actualización de nuestro portafolio de servicios. Capacitarse no es ya una opción. Es una competencia permanente. De otro lado no es opcional manejar adecuadamente las redes sociales. Son una fuente inagotable de exposición, magníficas si se les administra adecuadamente pero también una vitrina inmensa de nuestros errores cuando demeritamos su impacto.

Vamos hacia una economía de agentes libres que modificará totalmente la forma en como se ha manejado hasta el momento la relación laboral. Es la era del talento, pero no se puede dejar a la deriva, demanda preparación, estrategia, pero sobre todo mucha cautela. Estamos en un mundo en donde hacer el ridículo es el pan de cada día.

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