Opinión

  • | 2018/02/14 00:01

    De cerdos y rebeldes en procesos electorales

    En la magnífica fábula de Orwell, así se veían las dictaduras populistas, gobernadas literalmente por cerdos rebeldes en una granja. Un ejemplo de lo que puede pasarnos si votamos mal.

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El título no parecerá tan rudo para quien haya leído una de las mejores novelas y sátiras políticas del siglo XX: “Rebelión en la granja” (1945), del ensayista, periodista y novelista inglés George Orwell. Resumo la historia para que cada uno saque sus conclusiones sobre esta fábula, que resultó profética con respecto a cómo funcionan las dictaduras populistas, desde Stalin hasta Maduro.

En la “Granja Manor” de Mr. Jones, se levanta una revolución por parte de los animales, quienes lo sacan del poder, al considerarlo su enemigo, como a todos los humanos, pues los explotan, los hacen trabajar hasta el agotamiento, les quitan todo lo que producen y, al final, los desechan cruelmente. Lideran la rebelión los animales más inteligentes de la granja: los cerdos.

Según el anciano Cerdo Mayor, ningún animal conoce lo que significa prosperidad, felicidad y libertad, pues todo en ellos no es más que miseria y esclavitud en manos humanas, incapaces de dar una vida decorosa a todos por igual, habiendo abundancia de tierra fértil, clima bondadoso y frutos que deberían alcanzar para todos. Dado que unos pocos arrebatan casi todo el fruto de su trabajo, dice el Cerdo: “Ahí está la respuesta a todos nuestros problemas: el hombre es nuestro único enemigo real, pues consume sin producir, y aun así son dueños y señores de todos. Nos hacen trabajar, nos dan el mínimo necesario para mantenernos y lo demás se lo queda él. Hacedlo desaparecer de la escena, y la causa de nuestra hambre y exceso de trabajo será abolida para siempre. Eliminadlo y el producto de nuestro trabajo nos pertenecerá. De la noche a la mañana nos volveríamos ricos y libres”. ¡Cambio!, es su consigna.

Realizando una consulta popular para definir quiénes era dignos de hacer parte de los animales de granja, finalmente hasta las ratas fueron aceptadas como camaradas. En medio de una gran conmoción, resumió sus proclamas en una canción “que hasta el más estúpido habría aprendido” y que debían repetir constantemente para no olvidarlas.

Pocos días después, el Cerdo Mayor muere y dos jóvenes cerdos (Napoleón y Snowball) asumen el mando y preparan la rebelión. Aprovechándose de la embriaguez recurrente del siempre irresponsable Jones, lo expulsan de la tierra junto con los demás humanos. La renombraron “Granja Animal” y establecieron una especie de constitución enmarcada en “los 7 mandamientos de los animales”, que incluían que todo el que camina sobre dos patas es enemigo, los de cuatro patas son amigos, y que ningún animal podría usar ropa, dormir en camas, beber alcohol o matar a otro animal, y –por encima de todo- afirmaba: “todos los animales son iguales”.

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Como el discurso mostraba un camino totalmente nuevo para un montón de animales analfabetos e ignorantes, confiaron ciegamente en el buen corazón de los cerdos y sus palabras. Estos, a su vez, les enseñaron a leer y escribir a medias, por las limitaciones de muchos, y los educaron en los principios del “animalismo”, un sistema completo de ideas que debía ayudar a adoctrinar especialmente a los más jóvenes. Todos los lujos –como el azúcar o las cintas de colores- fueron eliminadas por ser símbolos de esclavitud. Y como a la mayoría le costaba formar su propio juicio, aceptaron a los cerdos como maestros, asimilando todo cuanto les decían mediante argumentos sencillos y fáciles de repetir, en favor de la rebelión y en contra de los humanos.

Fue fácil al inicio cumplir las promesas, pues el entorno les favorecía. El clima era bueno y la comida almacenada era abundante. Pero luego de repeler un contraataque de los humanos, Snowball se hizo muy popular, por lo que los líderes comenzaron a rivalizar. Napoleón, egocéntrico y arrogante, asumió todo el poder de la granja, expulsando a Snowball con la ayuda de un grupo de perros bravos, que él mismo había separado de sus madres para educarlos desde pequeños y que solo a él obedecían. Cambió la estructura de gobierno y realizó elecciones donde él era único candidato (por lo cual ganó ampliamente), remplazó los comités participativos por solo uno exclusivo para los cerdos, y nombró al pequeño cerdo Squealer único portavoz para comunicar sus decisiones.  

Las condiciones de la granja y del entorno eran cada vez menos favorables. El plan de construir un molino –increíblemente costoso en tiempo y esfuerzo para los animales- no funcionó. El fracaso fue atribuido a Snowball y otros conspiradores acusados de sabotear la revolución, por lo cual fueron asesinados por los perros.

Napoleón –aprovechándose de la mala memoria de los animales- comenzó a reescribir la historia de la granja, colocándose como único héroe, estableciendo un culto a su persona, y convenciéndolos a punta de cifras amañadas (y la incapacidad de constatarlas, excepto por la cada vez más escasa comida y el agobiante trabajo para conseguirla) de que estaban indudablemente mejor que con Jones.

Intentando reconstruir el molino, Boxer –el más trabajador de los animales- resultó herido. Con la excusa de sanarlo, lo enviaron al pueblo vecino, pero el burro Benjamín, el único que sabía leer, identificó el letrero del camión del matadero y lo advirtió, pero Squealer los engañó diciendo que se trataba de un antiguo camión comprado por el veterinario que jamás lo pintó. Así Napoleón se deshizo de Boxer, eliminó los campos prometidos para el descanso de los animales retirados, se apropió de la casa junto con los perros, donde vivía con todas las comodidades de Jones, usando su ropa, platos, cama y calefacción, con abundante alcohol a su disposición, y comiendo y engordando más que todos, justificándose en “el fatigoso trabajo intelectual y de gobierno”. Amenazados por los perros, los animales tenían prohibido quejarse.

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Con ayuda de Squealer, los 7 mandamientos fueron modificados a escondidas para adaptarse a las nuevas realidades de Napoleón y finalmente resumiéndolos en uno: “todos los animales son iguales… pero hay unos más iguales que otros”. Al final, con los cerdos caminando en dos patas y haciendo negocios con los humanos, ya los animales no lograban distinguir entre ambos.

En resumen: este es el gran riesgo de las elecciones. Debemos pensar más allá del facilismo efectista de la publicidad electoral. Para votar responsablemente y no ser ingenuo, al enfrentarse a gigantescas promesas populistas de cambios irrealizables, recuerde a las abuelas: de eso tan bueno, no dan tanto… y los políticos nunca lo han dado.

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