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Opinión

  • | 2020/09/23 00:01

    Danos hoy nuestro trabajo de cada día

    El manejo de esta pandemia, que ha sacudido las bases mismas de nuestra economía, ha puesto al descubierto los resultados de los esfuerzos realizados durante los recién cumplidos doscientos años de vida republicana.

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El propósito general, anunciado con profusión, era mejorar la competitividad de nuestro aparato productivo para diversificar nuestras exportaciones y satisfacer la demanda de empleos, en especial en las ciudades. Dos de las más duras verdades reveladas han sido nuestra incapacidad de diversificar las exportaciones y de generar suficientes oportunidades de empleo.

Al inicio de la pandemia, en un abrir y cerrar de ojos, el precio del producto estrella de nuestras exportaciones tuvo, temporalmente, un valor negativo y alrededor de unos tres millones de compatriotas perdieron sus empleos. La crisis de nuestra generación de divisas y nuestro alto nivel de desempleo mostraron la fragilidad de nuestros logros.

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Buena parte de los empleos perdidos fueron los de unos resilientes luchadores contra la falta de oportunidades de empleo formal. Sus urgentes necesidades los llevan todos los días a las esquinas y las aceras de las calles para desplegar allí toda clase de esfuerzos para procurar unos luchados ingresos para cubrir sus urgencias diarias. Cuando el aislamiento social obligatorio clausuró las sedes de sus operaciones, tuvieron que cerrar sus frágiles emprendimientos. Otra parte importante fueron los exempleados de los millares de mipymes, lideradas por millares de resilientes y valerosos emprendedores, que vieron suspendidas las visitas de sus escasas clientelas y con ellas reducidas sus capacidades de mantener sus pocos colaboradores. Sus limitados recursos patrimoniales, que son mucho menos resilientes e insuficientes para cubrir las pérdidas incurridas, obligaron a muchos a cerrar sus puertas. Así logramos llegar a ser el país con el mayor nivel de desempleo.

Todos conocemos y vivimos esta realidad. Las oportunidades del empleo formal las generan, en su mayoría, una multitud de mipymes. Si ellas generan algo así como el 80% del empleo formal y este es más o menos la mitad del empleo total, entonces, entre ellas y la informalidad generan algo cercano al 90% de las oportunidades de empleo. La crisis de la covid–19 ha desnudado nuestra condición de país pobre y nos ha mostrado cómo el camino transitado ha sido un tortuoso recorrido por unos senderos que dan vueltas dentro del mismo mundo del subdesarrollo. Esto muy a pesar de los múltiples anuncios de nuevos planes de desarrollo con sus leyes de financiación. Muy elegantes y bien intencionadas sus promesas, pero muy flacos en sus resultados. En ese mismo periodo de sesenta años, los países europeos se recuperaron de las ruinas en que les dejó la Segunda Guerra Mundial; el más arruinado, el Japón, fue el primero en retar la hegemonía de la economía americana y otros países del sudeste asiático, como Corea del Sur, se han convertido en proveedores universales. Sobra mencionar el caso de la China.

Surgen, entonces, unos inquietantes interrogantes: 

  • ¿Por qué tantos planes de desarrollo, con sus inseparables reformas tributarias, no lograron un tejido empresarial que tuviera una menor dependencia de los pequeños mercados locales?
  • ¿Por qué no se logró un mayor fortalecimiento del tejido empresarial y por qué el porcentaje de mortalidad infantil de las empresas es tan alto? 
  • ¿Por qué hemos mantenido la dependencia de nuestras exportaciones de los productos primarios que tienen comportamientos tan inestables?
  • ¿Por qué, a pesar de pomposos anuncios, la productividad de nuestra economía no logra mejorar su condición?

Las soluciones a los problemas planteados por estos interrogantes no se van a lograr haciendo más de lo que se ha venido haciendo. Menos aún con anuncios pomposos como “nuestra economía tiene que ser resiliente frente a este difícil escenario” o como “es el momento para empresas que van más allá de generar utilidad” que hicieran el presidente y el ministro de las TIC, al anunciar los planes para la reactivación de la economía durante la segunda mitad de su Gobierno.

No podemos seguir con esta letanía de buenas intenciones y con una desigualdad rampante. Mientras se agobia con impuestos al sector productivo y a los empleados formales, se agobia con prebendas a la clase privilegiada de los abnegados servidores públicos, desde los padres de la patria hasta los más humildes contratistas, y la corrupción, presente hasta en la distribución de las ayudas humanitarias, absorbe un porcentaje creciente de los presupuestos e incrementa su influencia en los procesos electorales.

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La resiliencia, la renovación, la reinvención y la transformación digital, que se recomienda por doquier, deben empezar por cuestionar la manera como hemos venido asegurando nuestra permanencia en el tercer mundo. De no hacerlo, el próximo bicentenario lo celebraremos en las mismas condiciones. ¡Qué horror!




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