Opinión

  • | 2018/07/11 00:01

    Cultura de avivatos, ¿por qué parece irreparable?

    Muchos creen que hay que ser “muy vivos” para justificar su mala conducta, mientras dé los resultados esperados.

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El pedagogo Julián de Zubiría señalaba en un reciente artículo de Semana tres hechos recientes que han llamado la atención del público sobre la cultura de los avivatos (la del vivo, del atajo y del camino fácil), con la que nuestra sociedad se escuda para lograr lo que se propone, pasando por encima de un actuar más correcto. Y se cuestiona por qué es tan difícil cambiar esa cultura que parte de un bajísimo sentido ético en nuestra sociedad, donde los protagonistas ya no son solo los políticos y las empresas corruptas, sino alumnos de colegio flojos, estudiantes universitarios brillantes, padres de familia alcahuetas, e hinchas de fútbol avivatos.

El primer caso fue en el Colegio Marymount de Barranquilla, donde los estudiantes de último grado hicieron trampa en un simulacro de las pruebas de Estado para obtener mejores calificaciones. Fueron tan buenas que ni en el colegio las creyeron; así que, luego de una investigación, descubrieron que habían comprado las respuestas al proveedor que había vendido el ejercicio de simulación al colegio. Como si esto no fuera suficientemente malo, cuando el colegio decidió cancelar la ceremonia de graduación y entregar los diplomas por ventanilla, como medida pedagógica, los padres quisieron demandar al colegio para obligarlos a hacer la ceremonia y la fiesta; peor aún, un juzgado lo avaló como si fuera un derecho inviolable protegido por la Constitución.

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Luego, en la Universidad del Magdalena hubo otro fraude, pero en los exámenes de admisión. Esta vez los padres pagaron 25 millones de pesos a unos estudiantes brillantes para que suplantaran a sus hijos e hicieran en su nombre los exámenes de admisión para la Facultad de Medicina de esta universidad pública. Si así se comportan unos futuros médicos para justificar sus ambiciones y salirse con la suya, ¿qué podrían esperar sus pacientes?

Finalmente, dos videos de los hinchas colombianos en el mundial de Rusia se hicieron virales como consecuencia de que uno de ellos humilló a dos jóvenes japonesas que no hablaban español y en el que un grupo de colombianos se jactaban en redes sociales de haber ingresado ilegalmente licor al estadio, creyéndose muy vivos y dotados de una muy peculiar forma del “ingenio paisa”. Un vicepresidente de Avianca Cargo hizo despedir a uno de los infractores, diciendo que allí aparecía uno de sus gerentes encargados de temas logísticos en esa región, encontrando inaudito que avalara con su conducta el ingreso de mercancía ilegal a un estadio, cuando en su trabajo tiene la función exactamente contraria como responsable de la logística de carga internacional.

En el último caso, las redes sociales estallaron criticando el mal comportamiento de los hinchas, en un alarde de superioridad moral curioso, donde lo más doloroso parecía ser “que nos estaban haciendo quedar mal en el exterior”. Entretanto, en el país muchos se las dan de vivos para justificar su mala conducta mientras se consigan los resultados esperados, sea en los estadios, en las carreteras, en la calle, en el trabajo o en las elecciones. Y no se resuelve con nuevas leyes; en todos esos casos las leyes existen, pero las penas no se aplican.

Escribí de esto en un artículo anterior en el que básicamente citaba el mal ejemplo sostenido del que somos observadores, víctimas o perpetradores en nuestra conducta cotidiana, como el avivato que no hace fila en un taco de tráfico, adelantando a todos por el carril contrario aunque exponga la vida de otros en el proceso.

Sin embargo, no faltan quienes critican que eso es culpa del mal ejemplo de los líderes políticos o empresariales. Pero, aunque tengan cierta razón, esa es la misma mentalidad que a muchos les justifica actuar mal porque “otros también lo hacen” y luego enseñan eso a sus hijos, sus amigos, sus colegas o sus empleados.

Decir que es un “problema cultural” no basta. Muchos hemos notado que el mismo que en Colombia se comporta mal en las calles, llega a España o Estados Unidos y cumple las normas, porque allí sabe que algo le sucede si comete infracciones. Por supuesto, gracias a los hinchas colombianos sabemos que la mala educación la llevan en sus venas, y que tener ingenio para el mal y jactarse de ello supera con creces el interés por cumplir la ley, de lo cual nadie parece estar orgulloso. Los hinchas japoneses que aparecieron limpiando el estadio ruso después del partido contra Colombia fueron grabados con celulares porque ese comportamiento parecía “anormal”; pero un japonés seguro no lo graba porque actuar civilizadamente es normal para ellos.

Los temas de transformación son propios de los debates sobre cultura organizacional y competitividad. Muchos modelos conceptuales se han hecho alrededor del tema. ¿Qué nos dirían si los aplicáramos al contexto para dilucidar cómo frenar esta cultura de avivatos?

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Dice una famosa fórmula del cambio que para que una organización se transforme, lo mínimo necesario, simultáneamente, es:

  1. Que se entienda la necesidad del cambio, es decir, que se vea por qué las cosas no pueden seguir iguales;
  2. Que se vea hacia dónde hay que caminar, es decir, una redefinición del objetivo a buscar;
  3. Que se capacite a la gente para que puedan y se sientan animados a salir de su situación actual y adecuar sus acciones con el nuevo escenario deseado;
  4. Que todos tengan claro por dónde hay que empezar, de forma que se incentive la acción inmediata hacia el objetivo por parte de quienes deben comenzarlo.

Por supuesto que a los dirigentes políticos, sociales y empresariales les falta entender y acordar cuál es el objetivo por buscar, en un país con problemas sobrediagnosticados. Y mientras no existan acuerdos sino confrontaciones entre idealismos y posturas radicales será muy difícil salir de donde estamos. Pero, al margen de eso, los ciudadanos seguirán sin ver la necesidad de cambiar sus parámetros de conducta, en tanto generen los resultados que buscan y continúen sin sufrir las consecuencias por los medios que utilizan. Asimismo, falta más pedagogía y sanción social a los avivatos, en lugar de celebrarlos y de asumir que esa “malicia indígena” es algo positivo, en lo cual parecen ayudar las denuncias en redes sociales (aunque también parecen estimular resentimientos y una perversa y temerosa ansiedad de venganza). Y necesitamos entender que cada uno debe dar el primer paso, sin seguir creyendo que se justifica mantener el mal comportamiento personal, bajo el supuesto de que el problema siempre son los demás.

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