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Opinión

  • | 2019/05/29 00:01

    Cuida tu presente, en él vivirás el resto de tu vida

    Un proyecto de vida auténtico debería derivar menos en lograr el éxito y más en tener una vida plena.

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Se dice –aunque no me consta- que Facundo Cabral escribió una famosa frase: “Cuida tu presente, porque en él vivirás el resto de tu vida”. Lo recordé como consecuencia de una clase que dicté a los participantes del MBA de INALDE Business School, en la que debatíamos acerca de cuál es el tiempo adecuado para ser feliz.

Hace años, en unos coloquios con el filósofo español Javier Aranguren (autor de un muy interesante manual llamado Antropología Filosófica), analizábamos este problema del tiempo en relación con la existencia humana y el deseo de todas las personas de ser felices.

Menciona Aranguren en su libro que, para quien asocia su felicidad con el pasado (“fui feliz”) y defiende que “todo tiempo pasado fue mejor”, esta depende mucho de algo que tuvo, lo hizo feliz y lo perdió, con lo cual solo le queda vivir en la nostalgia, el dolor o el resentimiento. Pero la realidad del tiempo es que no podemos detenerlo, como bien lo plasmaba Wislawa Szymborska, la Nobel polaca de literatura, en uno de sus poemas: “Cuando pronuncio la palabra presente, la primera sílaba ya pertenece al pasado”.

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También se dice, con razón, que “a lo pasado, pisado”. En ese sentido, mirar al pasado conviene para conocerlo, entenderlo y aprender de él, para no repetir errores, o para traducirlo en una verdadera experiencia, entendida como el conocimiento práctico que surge de la observación y la vivencia. Pero tratar de corregirlo no suele ser una buena apuesta, así como tampoco seguirlo reviviendo internamente (re-sentirlo), amargándose en el presente por algo que ya se fue. Uno de mis alumnos señalaba la importancia de ir a sus raíces y pensar en nuestros padres más con agradecimiento que con resentimiento, porque gracias a ellas somos lo que somos. Muchos de nuestros padres, me dijo alguna vez una psiquiatra, hicieron lo mejor que pudieron con lo que tenían, aun habiéndose equivocado; a nosotros nos corresponde entender que ese pasado, bueno o malo, nos puede condicionar, pero no nos determina. Somos libres para decidir qué hacer con lo que nos pasó; y por eso muchos sabios invitan a ver la vida con ojos de deudores agradecidos por tantos bienes que, aun teniéndolos, los hemos vuelto paisaje.

La felicidad volcada principalmente a futuro (“seré feliz”), la hace depender de algo que no existe y que no sabemos realmente si llegará a existir. Si alguien se pone metas muy ambiciosas y con expectativas muy elevadas de “lo que llegará”, terminará frustrado si jamás lo alcanza; y si, por el contrario, se pone metas muy pequeñas y su plan de vida se cumple muy rápido, quizás vivirá en una eterna insatisfacción por andar persiguiendo bienes que llenan poco y terminan por aburrir, en medio de un activismo tan estéril como un puente sin orillas. Esto sucede a tantos artistas que no son felices habiendo alcanzado fama y fortuna, y viven una vida vacía, rodeada de gente que no les sirve de compañía ni de aliciente, y que –como me dijo alguna vez un gran amigo- “son tan pobres, que lo único que tienen es dinero” y demasiadas drogas para evadirse de tan triste realidad.

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Así como la realización de la felicidad futura se ve cuando se convierte en presente, de igual forma el pasado feliz regresa cuando podemos recrearlo también en el presente (“soy feliz”). Por eso parece que el tiempo de la felicidad es aquí y ahora, con lo mucho o lo poco que se tiene. Sin embargo, es un peligro para quien no sabe disfrutarlo por el temor a la incertidumbre de lo que puede pasar o la inseguridad de perder lo ganado. Pero es cierto que vivimos en medio de las contingencias que hacen que el gozo actual, aun siendo real, tenga un tiempo de caducidad.

Un amigo, a quien le tengo gran admiración, habla con frecuencia de “tantas gracias tan inmerecidas” de las que no nos percatamos; aquellas cosas pequeñas, pero a la vez inmensas, que marcan nuestras vidas. Como decía el poeta colombiano, Julio Flórez: “bien puede estar lo eterno en lo instantáneo, lo mismo que lo grande en lo pequeño”. Una vida plena, una vida lograda, descubre experiencias cumbre y vive momentos significativos en cada momento de la vida.

Quizá a eso se refería también el psiquiatra austriaco Viktor Frankl, cuando recordaba la importancia de no vivir en función del tener, de la búsqueda de bienes exteriores y de la constante aprobación de otros, esperando que sean los demás quienes nos digan si nuestra vida fue un éxito o un fracaso. Por el contrario, Frankl invitaba a trabajar en función del ser, de un proyecto de vida auténtico y armónico, que derive en una vida de plenitud más que de vacío.

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Aristóteles afirmaba en la Ética a Nicómaco que cada uno ve su felicidad de manera diferente. “A menudo, incluso la misma persona opina cosas distintas; si está enfermo, es la salud; si es pobre, la riqueza; y los que tienen conciencia de su ignorancia admiran a los que dicen algo grande y que está por encima de su alcance”. Pero al final dice que vivir bien y obrar bien es lo mismo que ser feliz; si la felicidad es una “vida lograda” o una “vida plena. Por eso el escritor Oscar Wilde decía que “Hay dos tragedias en la vida: Una es no llegar nunca a ser exitoso. La otra, es serlo”.

¿Para qué vivir otro día con sabor a fotocopia? O, como señala Aranguren, ¿qué sentido tiene llenarse de una vida estandarizada, vivida ya mil veces por quienes se dejan dominar por las circunstancias, por lo establecido y por lo que se asume como “normal” por hacer lo que “todo el mundo hace”?

Todo dependerá de que tenga un sentido y que sea –como dice el filósofo canadiense Charles Taylor- “una vida que merezca ser vivida”, que valga la pena ser contada, que sea dirigida por mí y no conducida por otros desde fuera, que tenga unidad y propósito más que ser carente de sustancia, que no parezca “tiempo perdido, malgastado e irrecuperable, un tiempo por el que pasamos como si nunca hubiéramos existido”.

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