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Opinión

  • | 2019/02/06 00:01

    Cuando a los líderes no los gobierna la suerte

    Muchos líderes fueron admirables porque no los gobernó la suerte, sino porque pasaron por encima de ella cuando esta no les sonreía. Eran hombres verdaderamente libres.

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El psiquiatra austríaco Víctor Frankl, sobreviviente del campo de concentración nazi de Auschwitz, descubrió que las personas, a pesar de vivir circunstancias extenuantes, no están totalmente determinadas por su entorno o sus impulsos; ellos deciden si han de entregarse ante la adversidad o afrontarla. Son los únicos responsables de autodeterminarse con cada decisión, en la medida en que encuentren un sentido superior a su sufrimiento.

Por eso, un buen liderazgo supone una cierta armonía interior, que parte de dos rasgos propiamente humanos: el dominio sobre sí mismo, que se da por el uso pleno de su inteligencia y su voluntad, y su afán de trascendencia, cuando se adquiere la capacidad de entregarse y trascender en los otros.

Decían los antiguos filósofos que el principio de cada pequeña acción que se emprende comienza en lo que pretendemos y buscamos. Y ese fin último, el máximo bien que podemos anhelar, debe consistir en algo que sea bueno por sí mismo (por ejemplo, la paz interior), más que perseguir incesantemente un medio que sirva solo para alcanzar algo más (quien busca el dinero tratando de alcanzar algo de felicidad). Tampoco se trata de buscar un estado de permanente euforia (que quizá solo se logre artificialmente a punta de fármacos), pues una felicidad más realista radica en la capacidad de afrontar serenamente las contingencias inevitables de la vida, gozando los más pequeños placeres y aguantando los más grandes dolores.

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Los libros de liderazgo abundan en ejemplos de quienes, con extraordinaria fortaleza, resistieron tareas desagradables y grandes penurias, y de aquellos que pudieron mantenerse alejados de sus pasiones, a pesar de las presiones del medio en que se desenvolvían.

Ejemplo de esto fue Francisco Javier Nguyen Van Thuan, sacerdote y arzobispo de Saigón en 1978, quien estuvo 13 años en una cárcel vietnamita, a donde lo envió el régimen comunista del momento por considerar su prédica como subversiva.

El arzobispo tomó una decisión clave: no pasaría su vida esperando ni pidiendo su liberación, sino viviendo intensamente las penurias del confinamiento. Decía: “Las librerías católicas habían sido confiscadas; las escuelas cerradas; maestros y religiosos desperdigados… ¿No es el mejor momento para hacer algo realmente grande? ¿Cuándo viviré de nuevo una ocasión como ésta?”. Así, Van Thuan vio su vida como una serie de decisiones con un sentido y una finalidad que pretendía descubrir y que suponía afrontar una cruda realidad: estaba en prisión, durmiendo con 50 personas y con derecho a solo 50 cm. de cama.

Viéndolo como un hombre peligroso que lograba dar esperanza a otros prisioneros, fue condenado posteriormente a pasar los siguientes nueve años en aislamiento.

Tratando de quebrar su espíritu, lo encerraron en una celda sin ventanas, iluminado por luz eléctrica durante la noche y también a oscuras por semanas, dejándolo sofocarse por el calor y la humedad. Cinco guardias vigilaban a Van Thuan permanentemente, día y noche. Pero él decidió pasar el tiempo hablando con ellos, preguntando por sus vidas y rezando por sus familias. Al cabo del tiempo, los estrictos altos mandos de la prisión optaron por cambiar a los guardias cada dos semanas para “evitar que los siguiera contaminando”. Finalmente, el director de la prisión decidió bajar la rotación de los guardias y enviar solo de uno en uno, porque la administración estaba preocupada porque –de seguir a ese ritmo- el personal entero de la cárcel terminara pronto “contaminado” por él y se les ordenó no hablarle más.

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Van Thuan no se desanimó. Aunque no le respondieran, optó por hablarles de sus viajes al exterior. Les contaba de la vida, cultura, economía, tecnología y libertades que la gente gozaba en Canadá, Filipinas o Francia. Los guardias, curiosos, terminaron pidiéndole que les enseñara idiomas extranjeros. Fue tan buen ambiente el que reinaba a su alrededor, que los superiores encargaron al arzobispo formar en idiomas al personal. Sorpresivamente, cuando le pidieron dar clases de latín a los agentes encargados de espiar los documentos de la Iglesia en Vietnam, el arzobispo lo hizo con gusto, porque pensaba que seguro “algo podrían aprender”.

Al cabo del tiempo, las recompensas fueron sencillas. Uno de los guardias hacía sus ejercicios en el patio, cantando oraciones en latín para darle ánimo a Van Thuan. Y uno de sus compañeros de celda, un comunista corrupto enviado para espiarlo, al ser liberado prometió visitar un antiguo santuario cercano dedicado a la Virgen María.

Volviendo a Frankl: aunque podamos predecir la conducta de todo un grupo humano, la personalidad de un solo individuo sigue siendo impredecible, dado que una condición propiamente humana es su capacidad de elevarse por encima de sus condiciones biológicas, materiales, psicológicas o sociológicas, y trascenderlas.

Dominarse y aprender a obedecer son pruebas de madurez necesarias para aprender a mandar. Para ello es indispensable entender que la libertad no es hacer lo que se quiere sin limitaciones (pues un vicioso no es libre por hacer “lo que le da la gana”, sino esclavo de un mal hábito del que es incapaz de desprenderse). Se trata de ser capaz de superar lo que siente, o a lo que tiende fácilmente por hábito, buscando lo que más objetivamente conviene, aun en contra de lo que la emoción o el gusto nos dicta en un momento determinado. Así, la libertad consiste en la capacidad para autogobernarse, usando plenamente las dos facultades esenciales de los seres humanos: la razón, para discernir lo más conveniente ante cada circunstancia, y la voluntad, para llevarlo a la práctica a pesar de las dificultades o el desánimo.

Por eso, un buen liderazgo comienza por la decisión personalísima de gobernar sobre sí mismo, a pesar de cualquier restricción material (como la cárcel) o de las limitaciones impuestas por otros al propio actuar (como ciertas normas, órdenes o asignaciones) para escoger lo mejor que pueda obtenerse, aun en las circunstancias más adversas. Y así la libertad no es solo liberación (falta de ataduras), sino capacidad de proyecto y de autodeterminación (elección de vínculos), que alcanza su plenitud en el sentido que da a su existencia.

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