Opinión

  • | 2017/11/02 00:01

    ¿Cuál es tu coeficiente de inteligencia directiva?

    Un buen directivo no es el gran ejecutor. Por el contrario, decide mucho y bien y, al tiempo, mueve los equipos en función de objetivos y propósitos. Lo poco que le queda de tiempo es para la acción personal.

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En el colegio y la universidad era muy usual valorar la inteligencia de alguien por su coeficiente intelectual (el cual se mide por la capacidad lógico-matemática y verbal). Con el tiempo surgió la teoría del profesor de Harvard, Howard Gardner que revolucionó este concepto al señalar que el ser humano está dotado de inteligencias múltiples, o sea, distintas habilidades cognoscitivas. Gardner descubrió que tenemos ocho tipos de inteligencia:

  1. Inteligencia lógico-matemática:
  2. Inteligencia espacial
  3. Inteligencia musical
  4. Inteligencia interpersonal
  5. Inteligencia intrapersonal
  6. Inteligencia naturalista
  7. Inteligencia corporal
  8. Inteligencia lingüística verbal

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Pues bien, después de analizar los tipos de inteligencia, me pregunté cuál es la que debe tener un directivo. Después de este cuestionamiento y de varias reflexiones, también descubrí que el directivo tiene un tipo especial y particular de inteligencia que está por fuera de estas categorías. Se llama la inteligencia directiva.

¿Qué es la inteligencia directiva?

Es aquella que requiere un directivo para llevar a cabo con éxito su tarea. La dirección de empresas es una actividad sui generis porque está enfocada hacia las finalidades de una organización. Por este hecho, es una disciplina práctica, orientada a la acción y, sobre todo, basada en las relaciones del directivo hacia distintas personas.

En consecuencia, las capacidades de la inteligencia directiva se apoyan en tres elementos fundamentales: la función de gobierno, la función de mando y la función de ejecución.

La función de gobierno o la capacidad de decidir prudentemente

Todo alto directivo debe gobernar. La diferencia entre gobernar y dirigir consiste en que el primero se relaciona, sobre todo, con la  toma de las decisiones fundamentales de un área, dependencia o la organización, mientras que la dirección tiene que ver con la conducción de personas hacia determinados fines. Por consiguiente, el gobierno está separado del hacer y por ello las organizaciones disponen de órganos como las juntas directivas y los comités de dirección, puesto que, son los escenarios por excelencia para tomar decisiones, es decir, para gobernar la empresa como un todo.

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En consecuencia, la toma de decisiones es el primer elemento de la inteligencia directiva que debemos medir dentro del gobierno de un directivo. Por esto, la objetividad, la manera de abordar los problemas, la búsqueda de alternativas, la precisión frente a las dificultades o la capacidad de diagnosticar se constituyen en factores medulares de la función de gobierno.

La función de mando o la capacidad de hacer - hacer

Todo directivo actúa con y por medio de personas. Lo que lo distingue de un ejecutivo es la capacidad del primero de “hacer que las cosas sucedan”. Por esto, un buen directivo es un motor de motores, es decir, es una persona con la capacidad de suscitar la acción de las personas que están a su alrededor.

Por consiguiente, la inteligencia directiva a partir de la función de mando se mide estableciendo la capacidad de establecer objetivos, motivar, lograr resultados mediante las personas y, sobre todo, por medio de la generación de confianza y de colaboración de los equipos de trabajo. Es esta la dimensión del liderazgo que un directivo debe tener de cara a los resultados de la empresa porque la función directiva es, sobre todas las cosas, una actividad colectiva, es decir, colaborativa.

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La función de ejecución o la capacidad de hacer

Todo directivo debe poner por obra lo decidido. Su tarea no es especulativa o científica; por el contrario, requiere volcarse y volcar a las personas a la acción. Entre más alto esté el directivo en la organización menos requiere la acción personal porque su tarea es más de gobierno.

No obstante, el hacer del directivo está en un plano diferente del hacer de un técnico o de un trabajador manual. Esto significa que la actividad del directivo está orientada a las conversaciones, las reuniones y, sobre todo, al desarrollo de la capacidad de otras personas para que lleven a cabo objetivos y tareas concretas.

De esta manera, la inteligencia de un directivo se mide por la calidad de sus conversaciones, de sus reflexiones y, especialmente, por las reuniones y los comités que tiene a su cargo. Lo anterior significa que la función de ejecución se basa en los resultados que el directivo logra por medio de los demás.

Conclusión

Gracias a estas reflexiones descubrimos que un directivo es aquel que es capaz de integrar sus conocimientos, experiencias y habilidades para traducirlas en la realización de tres funciones básicas de su quehacer: el gobierno, el mando y la ejecución. Así, el directivo es ante todo un gran integrador de saberes y experiencias.

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De igual modo, concluimos que entre más alto esté el directivo en la organización, más capacidades de gobierno debe desarrollar. Con mayor razón, es necesario que el propietario de la empresa descubra que la toma de decisiones es la capacidad escondida que debe desarrollar de cara al crecimiento y consolidación de la organización.

La buena noticia del enfoque que estoy presentando sobre esta inteligencia es que los directivos deben descubrir que su tarea es polifacética y cada función requiere capacidades distintas. La de gobierno requiere prudencia e inteligencia para la toma de decisiones. Asimismo, la función de mando requiere liderazgo y desarrollo como influenciador de los equipos de trabajo y, la tercera, implica que debe ser un gran conductor de conversaciones.

Un buen directivo no es el gran ejecutor. Por el contrario, decide mucho y bien y, al tiempo, mueve los equipos en función de objetivos y propósitos. Lo poco que le queda de tiempo  es para la acción personal. Por esto, el deber de cada directivo es acrecentar su coeficiente directivo para conducir mejor su organización.

Por esto, las tres grandes preguntas de reflexión son: ¿cómo es el proceso de toma de decisiones en mi organización? (función de gobierno), ¿cómo muevo a los demás a la acción? (función de mando), ¿cómo enfoco mi acción personal para asegurar mejores resultados? (función de ejecución).

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