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Opinión

  • | 2020/07/13 06:22

    ¿Cuál es la efectividad del 'e-learning' durante la pandemia?

    Muchas de las instituciones educativas se mudaron a la pedagogía virtual como alternativa para continuar el año académico en medio de la pandemia, pero vale la pena cuestionarse qué tan efectiva es esta medida en una región que no invierte lo suficiente en educación.

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Nadie estaba preparado para una pandemia. A pesar de mostrar avances en reportes de innovación y competitividad, nuestro país se ha visto en inmensas dificultades para maniobrar en medio de la realidad que deja el aislamiento por la covid-19. Y gran parte de ello se debe a nuestra falta de inversión en ciencia, tecnología e innovación, un sector que de por sí es de los más rezagados en toda América Latina.

De ahí que podamos ver nuestras dificultades a la hora de solventar la crisis por falta de ventiladores; los problemas para poder validar los fabricados localmente; la falta de indumentaria apropiada para garantizar los protocolos de bioseguridad en hospitales, porque no hay acceso a los recursos destinados al sector salud; la odisea de muchas empresas al momento de migrar al teletrabajo (en las que se podría hacer) para evitar detener al 100% sus operaciones, y, por supuesto, la dificultad que atraviesan los estudiantes en diversas escalas para culminar sus periodos académicos a lo largo de este año.

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Según la Unesco, a inicios del segundo trimestre de este año, la crisis del coronavirus ya había afectado a 1.570 millones de estudiantes en 192 países, desde preescolar hasta niveles de posgrado. Un impacto que supone una afectación a más del 91% de la población mundial estudiantil.

El interrogante más grande parece rondar inquietudes sobre cuándo, cómo y en dónde volver a abrir estas instituciones pedagógicas y educativas. Por ahora, dada la aglomeración de estudiantes y la escasa garantía de distanciamiento que se podría garantizar, estas preguntas no son fáciles de responder, dado que la incertidumbre es cada vez más grande. 

Sin embargo, cabe otro interrogante, que podría ser aún más importante: ¿qué tanto están aprendiendo los estudiantes en la cuarentena? Si bien hay muchos colegios y universidades que cuentan con plataformas virtuales para soportar la pedagogía por este medio, hay muchos otros, especialmente colegios, que no cuentan con un plan de respaldo así. Y eso considerando solo los colegios de los cascos urbanos; la deficiente cobertura en telecomunicaciones en las zonas rurales agudiza aún más la situación crítica. Allí se evidencia que muchos niños y jóvenes no tienen acceso a internet y a equipos de cómputo, tabletas o smartphones, que posibiliten el acceso a las herramientas comunicativas.

En nuestro país hay aproximadamente dos millones de niñas y niños matriculados en colegios rurales. Infortunadamente, menos del 10% de estos tiene un computador para recibir clases durante la cuarentena. Hay una brecha enorme que, por ahora, profundiza aún más la crisis de escolarización, dada la dependencia de recursos tecnológicos. A eso se suma que no hay una adecuada cobertura para asistir a las clases virtuales, por más esfuerzo titánico de profesores, padres de familia y de las instituciones educativas para mantener, en la distancia, la cercanía del aprendizaje.

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Esta es una situación que nos obliga a repensar estrategias que permitan no acrecentar las diferencias de acceso a recursos educativos. No obstante, es muy importante comprender que, en los momentos de crisis, todos los involucrados dentro del proceso educativo han sido afectados, no solo los estudiantes. En esto también se ven envueltos profesores y padres de familia.

En primera instancia, los colegios tuvieron que asumir el liderazgo y crear alternativas para poder comenzar a navegar durante la crisis. Así, los docentes se han tenido que acoplar a estas nuevas implementaciones, ante las necesidades de estudiantes y familias que debían cumplir estrictos protocolos de confinamiento.

Metodologías, horarios, procesos y hasta el material didáctico; todo el sistema de gestión de clases tuvo que sufrir modificaciones por parte de los profesores, para que pudieran mantenerse enseñando, intentando cumplir su principal objetivo: impartir conocimiento a sus estudiantes. Pero dar la batalla para mantener la concentración y el interés de varios estudiantes a través de una pantalla no es tarea sencilla. El silencioso reconocimiento a maestros y docentes del país, que casi han triplicado su carga laboral para generar contenido de calidad, innovador, motivador para diferentes estudiantes, es una tarea titánica que está en las sombras y que merece pleno reconocimiento. ¡Aplausos para ellos! Y para los padres, madres, abuelos, abuelas, tíos y tías, que hoy también son profesores por necesidad, pero con paciencia y amor infinito.

Sin lugar a duda, se ha ido aprendiendo sobre la marcha. Semana a semana, los profesores evalúan lo que funciona y lo que no para ajustarse a esta nueva realidad. De hecho, en estos programas de educación remota, los mismos padres se han vuelto maestros auxiliares. Ahora son actores mucho más activos en la educación de sus hijos y, aunque es un gran reto que vale la pena, para muchos ha resultado abrumador, dado que comparten el espacio en el que también atienden las necesidades de su hogar y los retos del trabajo.

El Foro Económico Mundial (FEM) ha mencionado recientemente otro punto que ha quedado en evidencia: los estudiantes, los padres y los maestros han notado lo trabajoso que es estar en las pantallas todo el día, es decir, que la virtualidad no es la respuesta ni es el futuro. “El aprendizaje remoto nos ha recordado que un aprendizaje poderoso solo puede ocurrir cuando estamos comprometidos, enérgicos y enfocados. Si se trata de completar horas, entonces, estamos perdiendo el punto”, se destaca del documento del FEM.

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La Unicef ha estimado que, dado que niñas, niños y adolescentes están temporalmente fuera de las instalaciones educativas, algunos de los peligros inminentes son que disminuya la curva de aprendizaje, es decir, que no aprendan lo que deberían estar aprendiendo, y que el aumento de la deserción se extienda hasta ausencia masiva de estudiantes. En este punto ya no se sabe cuál es el peor de los males.

Tristemente, nuestro sistema educativo no está capacitado para soportar un cambio casi total a lo que ahora se conoce como e-learning, que, de hecho, cada vez está tomando más relevancia. Aunque su propósito es bueno, en la medida en que disminuye la interrupción de las clases, la región latinoamericana no cuenta con los recursos suficientes para garantizar la educación virtual a todos los niños y jóvenes estudiantes, tanto en colegios como universidades.

En un intento de mermar las consecuencias para el sector educativo, vale la pena cuestionarse la efectividad de estas medidas en una región o, incluso, en un país que no invierte lo suficiente en este sector. En la actualidad hay infinidad de contenido virtual y facilidades tecnológicas, pero también varios problemas: una accesibilidad y/o cobertura parcial y la incapacidad de varios colegios para adaptarse exitosamente a los modelos de educación virtual. Además, las dificultades de estudiantes y familias para sacar provecho de estas alternativas han sido constantes, y ahora aquejan la continuidad y la calidad del aprendizaje de nuestros estudiantes.

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