Opinión

  • | 2018/10/08 00:01

    Crisis latinoamericana a granel

    En años pasados, muchos expertos de organismos como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) o la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) aseguraban que Latinoamérica se había vuelto más fuerte para enfrentar las crisis económicas, ¿qué tan cierto puede ser esto?

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Las crisis financieras vienen siendo hechos recurrentes en la historia de nuestra región. Factores inflacionarios, el alza de la deuda externa, la dependencia a los commodities, la caída del mercado bursátil, pocas exportaciones, altas importaciones y hasta bajas expectativas de productores y consumidores son los ingredientes más importantes en las especulaciones que se han hecho de las crisis financieras que América Latina guarda en su pasado.

Infortunadamente, la imposibilidad de consolidar políticas monetarias y fiscales asertivas ha contrarrestado la hipótesis que se tenía sobre un mayor fortalecimiento de América Latina para soportar las crisis que se avecinaban en el futuro. Un futuro que ya ha llegado, y que nos demuestra cada vez más lo equivocados que estábamos al mantener en las nubes las expectativas regionales.

Si bien es cierto el impresionante avance que ha mantenido la región latinoamericana desde la década perdida, el episodio económico más traumático de su historia, no se tienen muy claras las políticas nacionales para evitar caer nuevamente en un caso de estos. De hecho, entre 1998 y 2003 puede decirse que hubo un lapso de media década perdida gracias al impacto de la crisis de las economías emergentes que inició en Asia Oriental en el 97.

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Esto significa que a partir de allí lo que se ha visto es una América Latina sumergida en un ciclo decadente, con pequeños lapsos de crecimiento, del cual no puede salir fácilmente. Con profunda decepción, ya hemos visto como la corrupción ha hecho de las suyas para no permitir el establecimiento de un progreso sostenido. Sin embargo, no es el único de nuestros males.

Y es que ahora no sólo se habla del caso de Venezuela. A este se le han sumado pares como Brasil y Argentina, países en los que los índices inflacionarios parecen ser un cáncer, en donde la devaluación de la moneda es una crónica del día a día que arrastra con toda América Latina y en donde las expectativas de una buena calidad de vida se ven reducidas por una menor movilidad social. El bienestar, a nivel general, parece estar en jaque.

Incluso, dada la necesidad generalizada de liquidez, uno de los patrones más comunes en la región es la gran participación de la deuda externa sobre el PIB, una cifra que no hemos sabido cómo contener y que con el tiempo se ha disparado por encima de los umbrales. Por ahora no se ha disparado un nuevo miedo a que se repita lo que ocurrió en la década de 1980.

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Sin embargo, la tendencia al alza viene respaldada por las cifras oficiales del año pasado, en donde América Latina acumuló una deuda externa bruta (pública y privada) de USD$1,47 billones. Esto representa casi un 80% más que en 2009 según estimaciones de la Cepal.

El problema es que nuestra fuerte dependencia nos hace vulnerables. No en vano en la lista con más episodios de impagos o reestructuraciones de deuda aparecen países como Venezuela, Ecuador, Brasil, Argentina y Perú.

Y todo a esto se le suma la fuga de capitales que viene en ascenso gracias al alza de tipos de interés en Estados Unidos para atraer inversores internacionales en el mercado de bonos. Ello obliga a nuestros bancos centrales a subir los tipos de interés para frenar esta salida y, de paso, la depreciación de la divisa y la subida de la inflación. ¿Cuál es el resultado final? recesión o crisis financiera.

Podemos decir que como región no hemos aprendido las lecciones que nos dejan crisis financieras como las de 2008. Reino Unido, Estados Unidos, Europa y Japón fueron los territorios que más se endeudaron mientras América Latina se mantenía por debajo de la media y miraba de reojo las consecuencias más fuertes que le dejaron a las potencias económicas.

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La tendencia ahora es un endeudamiento general en los países en vía de desarrollo porque hay una sensación de riqueza. Pero en realidad estamos cometiendo los mismos errores al ir acumulando deudas que configuren el 40 o 50% de nuestro PIB. No atendemos a lo lógica de no endeudarse por encima de la capacidad real de pago, un discurso que suena mucho a niveles microeconómicos pero que poco aplicamos a niveles macroeconómicos.

América Latina está hoy día en un intento súbito por salir de la crisis a la que está expuesta. Sumida en transformaciones contra la élite y un discurso de inclusividad choca con una deficiencia institucional, con precariedad laboral y social. Pero mantenemos una constante histórica que se lleva a los países poco a poco, llevándose primero a los países más grandes de la región.

Mantenernos con la resaca financiera es algo que América Latina ha aprendido a sobrellevar pero no a prever ni a evitar. No tenemos un manual que explique el paso a paso de cómo salir de las crisis, pero ya es tiempo de que la región deje sus respuestas creativas en tiempos de crisis y empiece a centrarse en la productividad y diversificación regional. Antes de redefinir sus deudas, es necesario que se redefina como región y legitimase una verdadera senda de recuperación con una nueva y sostenible promesa de futuro.

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