Opinión

  • | 2018/02/08 00:01

    El costo del miedo y el ridículo del tirano

    Realidad o percepción según le preguntemos al doliente, aquel que lo vive y lo ha sufrido, o al gobernante de turno, ese que sale por los medios a minimizar su impacto o justificarlo con estadísticas, el miedo vuelve a nuestro territorio y se pasea por las calles recordándonos una vez más, que esta nuestra querida patria, sigue vulnerable.

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La ola de atracos y robos, esa que según Petro desapareció en la época de la Bogotá Humana (en época de Petro, según él, todo desapareció), parece que por arte de magia hubiera vuelto a nuestra calles. Es realmente un sentimiento muy complejo de impotencia generalizada, que afecta todas y cada una de nuestra conductas genera una justificada prevención permanente y logicamente paraliza.

El tema realmente no es como nos lo quieren hacer ver. La semana pasada me tocó vivir en carne propia una balacera de los guardias del edificio persiguiendo calle abajo al grupo de ladrones que acababa de meterse en el apartamento de abajo. Casi al mismo tiempo me llegaba por chat el video del atraco a la entrada del edificio a donde nos vamos a pasar. Sería simplemente una mala coincidencia sino fuera porque el fin de semana tuve que asistir en un municipio al norte de Bogotá (a donde voy a huir de la inseguridad) a un consejo de seguridad para “dialogar con el alcalde” sobre la ola de atracos en la zona.

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El mayor problema del miedo es cuando no solo está afuera, es real, evidenciable y nos afecta como sociedad. El mayor problema es cuando el miedo habita adentro, en nosotros, en nuestras organizaciones y más cuando este es fabricado artificialmente como un instrumento de manejo gerencial y en no pocos casos  político.

Las empresas, para darle paso a lo gerencial, deberían ser, por obvias razones (es donde más tiempo pasamos), ese maravilloso espacio en donde explotamos lo mejor de nosotros mismos. Un templo del saber, de reto intelectual y de motivación permanente en donde mostramos nuestra mejor cara y en donde se estimula el error calculado como mecanismo que estimule la creatividad.

Uno de los grandes cambios que han llegado al mundo corporativo con el ingreso de las nuevas generaciones, es que la generación Y fue criada en un mundo en donde se borraron las jerarquías. Debemos de alguna forma darle las gracias a la generación X que estimuló desde la mesa del comedor el diálogo franco, honesto, igualitario y le permitió a los menores tener voz y voto.

Esa misma generación llegó al mundo laboral a expresar su opinión con una total intolerancia hacia la jerarquía. Señalaron rápidamente al tirano, y ridiculizaron, para ponerlo en plata blanca, a aquellos que se escudaban detrás del título, el cargo y la oficina esquinera como salvoconducto para sembrar el miedo en los pasillos.

El problema grande, a pesar de las buenas intenciones de estos jóvenes con agallas (y después se quejan de que rotan mucho), es que la inercia de fabricación de miedo artificial es inmensa y ha sido el arma de batalla de un grupo enorme de gerentes ineficientes, desactualizados e inmaduros que todavía hoy se escudan en el poder y su burocracia.

El miedo per se no es malo, es más tiene su razón de ser. El miedo libera en el cuerpo dos químicos potentes: adrenalina y cortisol. El efecto de estos dos químicos es que la sangre es canalizada hacia los músculos lejos de los centros de aprendizaje del cerebro. Tiene una razón de ser: pelear o correr. Para eso sirve el miedo: bien sea para ponernos los guantes o para huir a toda velocidad.

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Tiene un efecto paralelo sin embargo: accionar nuestro cerebro reptil, dejando casi vacía aquella parte del cerebro que utilizamos para pensar, generar ideas y por supuesto para crear soluciones. Inocular miedo o fabricarlo artificialmente tiene sentido organizacional solo en la medida en que necesitemos a nuestro equipo (por escasos momentos) dedicados a dar la pelea.

El problema sin embargo es que el miedo constante lo que genera es una ausencia total de creatividad colectiva. La innovación, esa que pareciera ser la capacidad requerida hoy como arma fundamental para la supervivencia empresarial, se elimina de tajo cuando en vez de estimular convivencia, pasión y diálogo estamos dedicados a dar látigo.

La sociedad, como las empresas, tiene que estar preparada y adiestrada para la pelea. Hay momentos en que es bueno darla, momentos para los cuales necesitamos de carismáticos líderes que utilicen el miedo como parte del discurso. Pero cuando lo que necesitamos, al contrario de correr, es ponernos a pensar, ese mismo discurso genera el efecto contrario: rabia, desmotivación, ridiculización y por qué no, venganza.

Por lo general, ante la impotencia, lo que sí logramos es poner a correr a los mejores talentos que salen disparados hacia la competencia. No creo francamente que sea el momento ni para armar a la sociedad ni a nuestros empleados. Necesitamos ideas. ¡Abajo los tiranos!.

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