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Opinión

  • | 2019/09/19 00:01

    Corrupción

    Definir bien el problema es el camino más corto para encontrarle una solución.

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Con un grupo de excepcionales profesionales llevamos 10 años tratando de entender la corrupción en Colombia. Así que esto que escribo es el resultado de una colaboración en curso y aquí les doy el crédito que se merecen a Christian Jaramillo, Ana Linda Solano y Daniel Rico. Lo primero que tuvimos claro es que la corrupción, como el cáncer, no es un fenómeno único y no tiene sentido proponer un único tratamiento. Hay muchas formas de ser corrupto y no son todas relevantes. Irónicamente, la mayoría de la corrupción –que no es la más tóxica– es la que explica la definición propuesta por Transparencia Internacional: “el abuso de poder para beneficio propio”.

Esto pone el foco en los individuos, genera la falsa ilusio´n que la sancio´n del corrupto –cárcel– sirve de lección para que otros se asusten y cambien. Esto es falso: ni las purgas de Putin en Rusia o Manos Limpias en Italia en los 90 ni las recientes en China, Arabia Saudita o Brasil han cambiado mayor cosa: las luchas contra la corrupción a menudo son cortinas de humo de un bando quitándoles botines a otros y no la construcción de una sociedad más próspera.

La realidad es que ciertos grupos hacen alianzas para repartirse el poder y enriquecerse. Ver al contratista, al monopolista, al funcionario, al juez y al político como agentes independientes es irreal. El padrino es una combinación de mentor y mafioso: las lealtades prevalecen sobre la ley y la justicia.

El que las entidades públicas sean parte del botín que se reparte al llegar al poder es la más costosa y dañina corrupción: se apodera de los entes de control, del sistema judicial, del sistema penitenciario, de la alta política, de los cargos oficiales de alto nivel y del financiamiento de campañas políticas. Esta clase de corrupción sistémica genera tales costos de transaccio´n que los países que la padecen nunca logran un crecimiento económico sostenido por periodos largos.

Colombia ha logrado crecer, por casi 60 años con solo un descalabro en 1999. Esto es más valioso e importante de lo que muchos creen y deberi´a ayudar a poner nuestros problemas en perspectiva. Colombia no está capturada ni perdida: tiene un problema que se puede resolver si construimos acuerdos para sacar del reparto politiquero ciertas entidades y se depuran las más estratégicas: Fiscalía, Judicatura y Contralorías. Por esto, redefinir bien lo que es ‘corrupción‘ es necesario para percibir su dimensión sistemica. Que se empiece a investigar a las redes de operadores que financian por debajo de la mesa la poli´tica y a quienes se ufanan de ser dueños de funcionarios o a quienes dicen –en realidad gritan–: "La Dian de Barranquilla es mía".

Entonces la corrupción será entendida como unos sistemas de repartición de favores, reciprocidades y captura de rentas con base en las cuales construyen alianzas ciertos grupos de poderosos para repartirse entidades y rentas en aras de expandir su poder.

Por eso, quienes afirman que la corrupción es algo innato están equivocados. Lo que ven como cultural es la práctica de alguno de esos subgrupos de operadores de la política. Lo público pasa a manos de prestidigitadores, artistas del engaño que vociferan justicia, hacen promesas grandilocuentes y entretienen y distraen al público mientras devoran a las entidades.

Nada va a cambiar si no se negocia una salida digna a tanto pavo real con rabo de paja. Ninguna sociedad ha logrado curar la corrupción sistémica con persecuciones judiciales. Nadie encierra a mayori´as de su e´lite poli´tica, empresarial y judicial a la vez. Solo un sistema de justicia transicional puede permitir que brille la luz. Justicia transicional en la que la reparacio´n en dinero se acompaña de perdón, a cambio de que desnuden el sistema y se acuerden las reformas necesarias para que el país verdaderamente cambie es un gana-gana. Solo soluciones pragmáticas servirán para que el país avance en las urgentes reformas y purgas de entidades como la Fiscali´a, la Dian, la Contralori´a, la Registraduri´a y la Judicatura. Esto es urgente y necesario si queremos evitar que el pai´s sufra contagio de la peste de sus vecinos. Solo entidades fuertes y confiables pueden garantizar un futuro pro´spero a Colombia. Esto ya se hizo con el Banco de la Repu´blica, con el Ministerio de Hacienda, con el sector ele´ctrico y con parte del de comunicaciones. Colombia puede seguir avanzando. Solo se requiere visión y voluntad.

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