Opinión

  • | 2016/12/15 00:01

    Constelaciones familiares: Amor o irresponsabilidad

    ¿No será que parte de nuestra inconsciencia colectiva tiene que ver con nuestra tendencia a confundir amor con complacencia? ¿Estaremos educando irresponsables? ¿Será que Hellinger tiene la razón?

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Bert Hellinger es un ex-sacerdote Alemán, filósofo, teólogo y pedagogo que se interesó por el psicoanálisis y construyó, después de una revisión cuidadosa de muchas de las corrientes de entonces (la "Terapia del grito primario", la "Terapia Gestalt", el "análisis transaccional" y otros muchos enfoques) su teoría sobre las constelaciones familiares, lo que él vino a llamar en su primer escrito como “Órdenes del Amor”. Hellinger, basado en diversas observaciones, concluyó  que los problemas de cualquier persona tienen sus causas en el pasado, así sea remoto, de su familia.

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Sus teorías y sobre todo su terapia (terapia grupal que pretende la sanación recreando las relaciones familiares) ha recibido las más vehementes críticas de la sociedad psicológica y psicoanalítica y no sin razón. Hellinger asegura (sin decirnos por qué) que esa emulación o imitación de nuestros mayores puede llegar a cosas como que una niña desarrolle la misma enfermedad que una tía suya que fue excluida de la familia, o que uno puede incluso estar afectado por una desgracia juvenil secreta de un abuelo al que ni conoció.

Traigo a colación el tema porque este tema, el de la familia, no se queda solamente en las teorías de Hellinger; ya quisiéramos. El ADN familiar, que por supuesto sería injusto demeritar como motor y causa de muchos de nuestros comportamientos (buenos y malos) es utilizado como permanente excusa para asumir nuestra responsabilidad, la propia, en parte importante de nuestros actos.

Esta realidad, que podría ser menor si se tratará solo de comportamientos que tienen implicaciones en nuestro nucleo íntimo, dejan de serlo cuando lo trascienden, afectando la viabilidad de nuestras empresas, o generando incluso comportamientos grupales determinantes de nuestra cultura y forma de ser como sociedad.

En las empresas familiares el tema es de alta complejidad. Veo de forma constante cómo, la empresa familiar se convierte en una extensión de sus valores, recreando lo bueno y lo malo que estos conllevan. La empresa se convierte en esa “gran familia” a la que llevamos nuestras fortalezas pero también nuestros defectos. El problema es que normalmente los núcleos familiares así entendidos son mucho más permisivos de sus defectos a veces incluso paternalistas, conviviendo con el problema y demorándose de manera perversa, muchas veces cuando ya es tarde, en asumir los correctivos.

A diferencia de culturas como la norteamericana, donde la individualidad es sello importante de su característica como sociedad, y en donde se le exige desde edad temprana al individuo asumirse como adulto mayor responsable de sus actos, en culturas como la nuestra o la asiática nos demoramos décadas ( a veces nunca se hace) en graduar a nuestros hijos como adultos entregándoles las responsabilidades que su adultez demanda y dándoles la libertad de asumir las consecuencias de sus actos.

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En un estudio brillante que hace Amy Choi en Ideas Ted sobre las diferencias culturales, refleja cómo en países como Japón por ejemplo, la identidad personal está íntimamente ligada a la de sus mayores, incluso a la de sus ancestros de forma tal que contrariarlos es considerado un signo claro de inmadurez. En la India a pesar de la influencia del consumismo occidental, el "qué pensarían o harían mis padres” es parte determinante de su comportamiento.

Nosotros no nos alejamos mucho de esta realidad. Hemos construido una sociedad jerárquica en donde la familia y sus valores han permeado nuestro comportamiento social, definiéndonos como una organización en donde es típico delegar hacia arriba, así lo hagamos de manera inconsciente. El machismo hace parte indeleble de esa realidad, lo mismo que el temor jerárquico y el respeto desmedido por las ideas y la forma de ser impuesta por los mayores.

Esta estructura social, que por supuesto nos ha dejado una gran cantidad de valores que sin duda debemos defender y que a diferencia de otras latitudes nos ha dejado un alto sentido de pertenencia probadamente importante en nuestro desarrollo vital; también tiene consecuencias que nos atan al subdesarrollo.

El individualismo, que ha sido la base sobre la cual se construyeron sociedades como la estadounidense, tiene dentro de su esencia el desarrollo temprano de la capacidad del individuo por hacer escogencias, por tomar decisiones y por asumir sus consecuencias. En el Norte la personalidad está íntimamente ligada a la capacidad del individuo por asumir su responsabilidad de ser pensante, construir análisis propios, defenderlos con ahínco y lo que es más importante asumir que los actos, tienen consecuencias que en la mayor parte de los casos no son delegables.

Esta semana la familia de Uribe Noguera ha salido a flote como causa de su comportamiento (se le toleró demasiado desde muy joven), y como posible cómplice (“ayudaron a limpiar la escena del crimen y a internarlo en un psiquiátrico despistando a las autoridades”). Sintomático de una sociedad en donde confundimos muchas veces amor con complicidad: ni son lo mismo ni deben ir necesariamente unidos. ¿No será que parte de nuestra inconsciencia colectiva tiene que ver con nuestra tendencia a confundir amor con complacencia? ¿Estaremos educando irresponsables? ¿Será que Hellinger tiene la razón?

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