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Opinión

  • | 2020/01/07 15:01

    Con esto se embriaga Colombia todos los días

    No es aguardiente. Tampoco es ron. Es algo que trae efectos profundos y duraderos un poco más pesados que el alcohol.

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Es alucinante, peligroso y, no es una de las drogas por las cuales se ha estigmatizado justa o injustamente este país. La factura que pasa es enorme, pero silenciosa. Se ve bien, suena bien, convence, sirve para engañar, satanizar y, para terminar el año en tacitas confusiones mientras se empieza el otro, que se puede prestar para sus embelecos y tretas.

Este ingrediente es tan complejo como simple. Ha servido en la historia para promover la destrucción y aniquilación de seres humanos, las persecuciones, las juergas que pisan para callar, en el silencio del olvido, un gran sufrimiento humano. Y ese ingrediente está tan brutal y profundamente anclado en Colombia, que hemos escogido hacer de cuenta, que no está ahí, porque es más cómodo ignorarlo y no entenderlo. Su mejor aliado se llama la psicología de masas; su peor enemigo es una población realmente equilibrada y alejada de los impulsos, es decir, todo lo contrario a la que alardea de sandeces en las improductivas redes sociales. ¿Saben ustedes, queridos lectores, a qué me refiero? 

Este ingrediente del veneno de nuestra sociedad tiene un aburrido nombre, que le sirve mucho para que sea ignorado. Su brío está en la indiferencia que hacia él profesamos y en la poca educación que a él destinamos. Este sucio ingrediente, prolífico en la consecución de victorias políticas y en la destrucción de familias, se llama macro discurso. En la academia se puede equiparar parcialmente a lo que llamamos policy narrative*. Cuando lo ponemos sobre la mesa con un apellido, empieza el conflicto de los impulsos. Hablemos de uno de esos macro discursos que corroe lo poco que queda en una moral colectiva que quizá nunca existió. Hablemos del macro discurso de la corrupción. 

¿Qué es un macro discurso? Nada más y nada menos que una narrativa colectiva, abstraída con toda la intención, pero nacida en realidades dolorosas que luego se extrapolan para obedecer a intereses muy distintos. Ha habido unos bien aprovechados por el bien de la humanidad, como la libertad, pero otros manipulados por el bien de unos pocos, como la democracia fungiendo de excusa para todo. En Colombia el macro discurso de la corrupción se alimenta de la existencia de un país con un sistema corrompido, pero luego, en vez de crear soluciones profundas, se va por la tangente formalista, y decide que todo lo que no le cuadra, es corrupción. Así se auto perpetúa. 

Miren el caso del bárbaro exfiscal anticorrupción que salió con bombos y platillos a celebrar como cogió presos, sin argumentos, a un grupo enorme de exdirectivos de Coljuegos. Eso le sirvió para su carrera mientras los micrófonos hacían eco fuerte de su gestión, y la realidad se ocultaba en su verdadera historia. Luego, después de haber herido psicológicamente a varias familias, a los hijos de personas que no habían hecho nada, el país se enteró quién era corrupto en verdad. Pero el daño ya estaba hecho. Así, el macro discurso de la corrupción es el perfecto aliado de la estigmatización. 

La ciberatropología de redes puede probar cómo en las redes estos discursos reciben credibilidad. Todo, sin reparar, porque los ciudadanos están, por un lado, cansados de la corrupción, pero enamorados ciegamente del macrodiscurso de la corrupción. Esos macrodiscursos llevaron a demonizar a buenas personas que murieron asesinadas en la Europa de la segunda guerra mundial. Esos cuentazos colectivos han servido como pólvora para el mosquete de la discriminación. Y en Colombia, la indignación ha hecho que la demanda de macro discursos esté bien alta.

No olviden esto: el macro discurso anti corrupción es una catapulta política. Funciona así: 1) uno se pega al macro discurso para construir identidad política como marca personal 2) El macro discurso da votos a través del marketing de la indignación 3) en el cargo público luego, hay que hacer todo para alimentarlo. Entonces, se necesitarán trofeos, “lo que haya”, “lo que sea” porque hay que mostrar resultados, y en el silencio del pasar de los años, la sociedad en amnesia le brinda todas las posibilidades a ese político para que saque sus resultados y diga que luchó contra ese mal, cuando lo que hizo fue, en ocasiones, potenciarlo. La gente verdaderamente corrupta esta atrincherada en sus fortines legales que los protegen. Pero no importa, porque todos esos otros incautos que pueden caer le sirven al discurso que exige alimentarse. 

Pondré un ejemplo reciente y absurdo. Salió un titular en donde mencionan al Vicerrector de los Andes, E. Behrentz, un académico serio, por una investigación. Y, con el simple hecho de leer el titular, la mente acostumbrada a la linealidad simplista concluye que “es corrupto”. ¿Por qué sucede esto? Porque cualquier titular da para decir que todo el mundo es corrupto. He hecho experimentos en clases para ver la percepción de audiencias ante titulares, y no falla: basta meter dos o tres palabras clave para demonizar a alguien, sin saber quién es, qué piensa, qué siente, qué ha hecho. Un ciudadano equilibrado analiza, revisa y no sale a estigmatizar. Sin embargo, las métricas de este caso me dicen algo muy distinto. Destruir, no importa quién sea, qué hizo, pero si está casado con alguien que me cae mal, destruir, todo por la seducción de la venganza colectiva que luego se nos devuelve a todos en un país lleno de odio e indignados. 

Si queremos resolver el problema realmente, se necesitan cuatro cosas en simultánea: 1) pelear contra los macrodiscursos, desconfiando de tanto titular superficial; 2) la eliminación o transformación de las entidades politizadas que promueven esto en una larga cadena de hechos jurídicos bien moldeados, aburridos e irrelevantes para la gente, porque lo importante es el titular; 3) la construcción de sistemas de incentivos y desincentivos inteligentes para encontrar casos de manera estructural; 4) tecnología pura y dura aplicada para buscar patrones de información irregular en la ejecución de recursos, conectada con sistemas bancarios.

Pregunto ¿merece el país que sus ciudadanos estigmaticen a los demás por su propia pereza mental de no ir más allá de la engañosa poción de los macrodiscursos? No, entonces no los promovamos, porque así se suben a los cargos públicos los encargados de perpetuar nuestra ignorancia, mientras creemos que están “luchando”. Claro que luchan, pero algunos lo hacen solo por sí mismos.

¡Que sea un año de pocos macrodiscursos!

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