Opinión

  • | 2018/12/06 00:01

    Compre productos campesinos por valor de $30 mil y verá cómo cambia nuestro campo

    Si cada colombiano dedicara $30 mil mensualmente en la compra de algún producto de un pequeño campesino, el consumo agregado ascendería a $1,35 billones.

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Bueno, esta es una cifra alegre que acabo de sacar de mi limitado análisis del gasto de los colombianos, pero que me sirvió para captar su atención.

¿Se imagina si cada colombiano tuviera la capacidad de compra -y la voluntad- para adquirir productos del campo?, ¿qué pasaría con el desarrollo rural? ¿Se imagina si bebiéramos más jugos de tantas frutas que tenemos en nuestro país?, ¿se imagina si el plan de cada fin de semana fuera otro?

Cada persona puede hacer su análisis. Algunos dirán que no todos los colombianos tienen el poder adquisitivo suficiente o que los intermediarios impiden que el valor y el dinero fluya a los productores rurales, etc. Hay muchas verdades al respecto, pero también muchas verdades a medias. Son análisis macroeconómicos o de la estructura del sector agropecuario y logístico que vale la pena seguir analizando, pero que no quiero involucrar en este artículo de manera particular. No voy a utilizar mi columna para hacer un análisis estadístico del gasto en consumo (para ello hay mejores expertos); voy a hacer una reflexión muy coloquial sobre cómo el consumo de productos locales y campesinos, mejora la situación integral de nuestro campo.

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Usted y yo tenemos el poder

Sigo creyendo que los consumidores tenemos la capacidad de transformar la realidad de nuestro campo. Campesinos más fortalecidos significa más oportunidades de conservación y protección de cuencas y bosques. A mejores ingresos, aumenta la probabilidad de reducir la degradación de nuestro capital natural. Esto dice la experiencia global (caso Costa Rica) y también la local (lo veo con los vecinos de nuestra pequeña finca familiar en Cundinamarca, en donde se ha logrado recuperar tres arroyos desde hace 10 años, a partir de la reforestación. Esto hubiese sido impensable si sus estilos de vida no hubiesen mejorado gracias a la mejora de sus ingresos a partir de la producción y venta de frutos cítricos en Bogotá).

Gracias a mi trabajo, tengo la oportunidad de hablar con expertos de desarrollo rural del sector público y de las empresas privadas. Todos coinciden en lo mismo: El mayor riesgo que tienen las zonas rurales en Colombia es el envejecimiento del campo. Los jóvenes no quieren trabajarlo; por el contrario, fluyen a las ciudades motivados por la esperanza de una mejor vida infundada por los simbolismos que capturan de las redes sociales, de sus experiencias citadinas, e incluso de la presión de sus mismos padres y familiares que quieren que sus hijos no vivan lo que ellos tuvieron que vivir. Esto pone en riesgo nuestra seguridad alimentaria en las ciudades y queda la incertidumbre sobre quién cultivará entonces la papita y la yuquita.

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Esta retahíla de columna que escribo, y que usted está leyendo, es para invitarlo a que se coma un banano, a que vaya a la plaza y haga mercado, a que compre unas buenas hortalizas, a que pregunte de dónde vienen y a que busque conectarse con aquellas personas que las produjeron, si los consume en algún paquete producido por una multinacional.

Es también, para invitarlo a que coja su carro el próximo fin de semana y en lugar de ir al centro comercial, haga un tour por los municipios cercanos a su ciudad… si, hágalo, que sea el plan de por lo menos una vez al mes. Lleve un libro y como dicen mis amigos paisas “tardée” por la plaza central y cómprese un postre hecho por doña Jacinta. Bogotanos, conocí hace poco Ubaque y me gustó, almorcé una buena sopa de cuchuco de trigo y la foto que tengo por ahí en mi Instagram la muestro a varios rolos que me preguntan por la ubicación de Ubaque y eso que queda a 50 minutos de la ciudad.

Si mis cuentas fueran menos olímpicas y en efecto $30 mil de cada uno de los colombianos fluyeran al campo, habría menos hambre y desesperanza en muchas veredas que conozco, no en todas vale la pena aclarar. No estoy siendo metódico con mi propuesta económica que tiene de todo menos de análisis estadístico. Por el contrario, lo que sí quiero compartir es lo que me dijo doña Jacinta aquel fin de semana: “si vendiera más postres cada fin de semana, cómo cambiaría la situación de Alejandra (su hija) y la mía”. Algo que me retumbó la cabeza y que me motivó a escribir esta columna que queda inconclusa.

¡Hasta el próximo jueves!

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