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Opinión

  • | 2020/05/25 00:01

    ¿Cómo habría sido la cuarentena si Colombia fuera diferente?

    Estamos ante la posibilidad de corregir los errores del pasado, que derivaron en una economía insostenible. La “industrialización orientada la exportación, el vehículo más confiable para el desarrollo a largo plazo”, como lo afirma Dani Rodrik, profesor de Harvard.

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Tras la Guerra Fría, Estados Unidos y Europa “usaron su posición para fijar las normas de la actividad económica mundial, a fin de beneficiarse a sí mismas”, como lo afirmó en 2017 el premio Nobel de economía Michael Spence. El proceso de globalización económica, que se generalizó desde la década de 1990, acarreó un costo enorme -especialmente- para países de América Latina en los cuales se impuso la liberalización, el consumo se financió con deuda, remesas y exportación de recursos naturales, generando déficit de balanza de pagos enormes que impidió invertir en actividades productivas de alto valor y, por ende, precarizó el mercado laboral. 

Así llegaron estos países al Gran Confinamiento de 2020, con Estados débiles, sin instituciones sólidas en materia de salud, empleo basado en el rebusque, crecimiento generado en la reventa comercial, un aparato empresarial paquidérmico en donde 63% de las mal llamadas empresas (en el caso colombiano) solo ocupan a la persona que la creó, servicios en manos de codiciosas multinacionales y una alarmante incapacidad de abastecer con la producción local las necesidades esenciales de bienes. No existe cura ni vacuna para la pandemia, por lo cual las medidas recomendadas por la Organización Mundial de la Salud son difíciles de cumplir para los países de la región. No se disponen de suficientes reactivos para hacer las pruebas, no se fabrican suficientes tapabocas, no se producen ventiladores, no hay suficientes camas y UCI para la atención de contagiados, no se cuenta con suficientes dispositivos tecnológicos para el rastreo y el aislamiento social consiste en que las personas tienen dos opciones: se contagian o sufren de hambre. 

En contraste, países como Corea del Sur, Taiwán, Singapur, Malasia, Indonesia, incluso China, entre otros, por diferentes razones se distanciaron del Consenso de Washington y establecieron restricciones al movimiento de capitales, orientaron su industria para el mercado interno y las exportaciones, y mantuvieron la coordinación de sus economías con Estados menos corruptos. Como resultado, han podido realizar una intervención más agresiva en materia sanitaria y con garantías de ingresos suficientes a la población para sobrevivir al confinamiento. Estos serán quienes lideren la reapertura y reactivación económica, como ya se está viendo. 

Quién se hubiera imaginado que, a 30 años de la disolución de la Unión Soviética, sea precisamente el gobierno de Trump en Norteamérica quien promueva, y está perdiendo, una nueva guerra económica en favor de intereses particulares, enfrentado al cada vez más contundente crecimiento asiático con su alcance global.

Colombia experimentó tres décadas perdidas y se enfrenta a una profunda crisis económica y social, como resultado de un modelo de globalización fallido. Posiblemente, serán las empresas de otros países las que capturarán al mercado nacional, imponiendo las nuevas condiciones del mundo post-pandemia, con más monopolios y menores salarios. No hay que ir muy lejos para probar la veracidad de lo anterior, basta con ver la propuesta del Consejo Gremial colombiano, secundada por el ministro Carrasquilla, quienes creen que van a generar crecimiento con menos ingresos para los trabajadores ¡Unos genios!

Estamos ante la posibilidad de corregir los errores del pasado, que derivaron en una economía insostenible. La “industrialización orientada a la exportación, el vehículo más confiable para el desarrollo a largo plazo”, como lo afirma Dani Rodrik, profesor de Harvard, es el esquema ganador de participación en un mundo global y la principal inversión en creación de riqueza nacional que se debe considerar. ¿Seremos capaces de subirnos al tren del progreso?

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