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Opinión

  • | 2020/05/11 00:01

    Después de la pandemia a superar la maldición petrolera

    Antes de la emergencia sanitaria, la economía colombiana funcionaba muy mal. La estrategia de dependencia de extracción y exportación de recursos naturales o materias primas básicas, creó una alta vulnerabilidad difícil de manejar.

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Además, en gran medida, tampoco controla las variables internas, porque las posibilidades de extracción, en el caso del petróleo y carbón, los dos recursos más abundantes con los que se cuenta, son limitadas y cercanas al agotamiento. Es normal -entonces- preocuparse por el inminente fin de las principales fuentes de ingresos de la sociedad, tanto en las exportaciones como en las finanzas públicas, así las autoridades luzcan muy tranquilas. 

Por fortuna, las sociedades más civilizadas han comenzado a interesarse por buscar otros recursos energéticos menos contaminantes, por lo que se espera que el pico de consumo energético con hidrocarburos y minerales sea en 2033 con una reducción gradual hacia 2050, según el International Energy Outlook. 

Cualquier empresario enfrentado a este panorama estaría buscando diversificar su portafolio de inversiones, sobre todo considerando la alta dependencia de un recurso en vía de extensión; al menos así lo han hecho Shell y Chevron con sus inversiones en energías renovables. En Colombia el 40 % de la inversión se dirige al sector minero-energético, que se traduce en exportaciones que pesan el 61,2 % del total del país y el 7 % de los ingresos públicos. A pesar del peso que significa, el sector solo genera el 1 % de la ocupación total, tiene una baja distribución de sus ganancias hacia el factor trabajo (el 89 % de las ganancias del petróleo van para los dueños del capital, mientras en la industria manufacturera es el 62 %), representan no más del 5 % de las empresas exportadoras y disfrutan casi el 9 % de los beneficios tributarios totales. 

El sector minero-energético colombiano ha sido una fuente de ingresos importante en el pasado reciente, pero incierta en el futuro. Varias señales de alarma se han encendido en los últimos años, como la caída de precios en 2014 y 2015, y el ‘Lunes Negro’ del 9 de marzo, con la dramática caída en los precios del petróleo y otras materias primas, consecuencia de la desaceleración en marcha y que la pandemia de covid-19 convertirá en la recesión económica global más profunda en la historia del capitalismo. De esto no hay ninguna duda, ni siquiera hay debate sobre este punto entre los analistas. Lo que diferenciará a los países que mejor afronten la crisis y quienes sumergirán a su población en el desempleo y el hambre, será las acciones emprendidas para diversificar la producción y sus fuentes de ingresos. 

Recientemente, 170 académicos holandeses publicaron un manifiesto de economía pospandemia identificando sectores que deben decrecer: petróleo, gas y minería, entre otros. Para el caso colombiano, estudios de Cedetrabajo han establecido que, si en lugar de otorgar beneficios tributarios a la minería se trasladaran a la producción de manufacturas, el PIB crecería 5 % promedio anual y se propiciaría la creación de 289.600 puestos de trabajo adicionales por año. Así, para superar la crisis se deben fortalecer actividades económicas capaces de incrementar la ocupación, generar encadenamientos (que el sector minero no hace) y reducir la dependencia de las exportaciones de materias primas que no obtienen los dólares suficientes y que provocan un déficit sustancial en las cuentas externas del país. 

No se trata, en todo caso, de comenzar de cero. Ecopetrol, durante décadas de operación, ha construido -con su personal- una capacidad científica y técnica, además de un acumulado de ganancias que se deben usar como plataforma para la transición energética y la transformación económica orientada a la producción mercantil dentro del país, con mano de obra local. 

Si la economía pospandemia sigue la misma orientación actual, será prácticamente imposible una recuperación que garantice bienestar a la población. Llegó la hora de pensar en el cambio de la maldición minera por cultivos, fábricas y energías más limpias.  

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