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Opinión

  • | 2020/06/09 00:18

    ¡Encierren a todo el mundo! Irregularidades y la fábula del pastorcito mentiroso

    Así se inicia el escándalo, el elixir del protagonismo improductivo y el bulloso reflejo de un Estado obsesionado con encerrar y sancionar gente.

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El ejemplo de la captura del gobernador de Antioquia es la punta del iceberg de la penosa realidad del mercado de acusaciones que minan la innovación estatal. No sabemos bien si alguien es inocente o no, pero la que prima es la presunción de culpabilidad.

¿Recuerdan la fábula del pastorcito mentiroso? Contémosla. Érase una vez un muchachito divertido y pertinaz, pastorcito de función y creativo de corazón. Decidió asustar a los pobladores de la aldea un día, gritando: “¡Lobo! ¡Llegó el lobo!”. Raudos, salieron los aldeanos a defender al valioso rebaño de ovejas, pero se dieron cuenta de que era una broma. Otro día volvió a jugar con ellos el pastorcito: "¡Lobo! ¡Ayuda!". Con brío y decisión se armó la gente para acabar con ese lobo, hasta que vieron que habían vuelto a caer en la trampa del burlón aquel. Pero un oscuro día, realmente llegó el lobo. El pastorcito aulló y pataleó, hasta que el lobo acabó con las ovejas y le dio sus mordiscos al mentiroso.

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¿Qué podría tener que ver una fábula de Esopo con esta república latinoamericana de Legalandia? En el estudio de las historias y, por otro lado, en el de las narrativas, he encontrado advertencias sobre nuestra realidad o paralelos reconstruidos, si se quiere. La obsesión de los entes de control, no solo colombianos, sino también ecuatorianos, mexicanos y peruanos —de salir a atacar, acusar, capturar y sancionar bajo la gran y poco entendida égida de la corrupción es un desastre para la innovación y transformación de las instituciones públicas. Si hay culpables, que paguen, ¿pero son todos culpables ex ante? ¿Hay que encerrar a todo el mundo en el abyecto sistema carcelario latinoamericano y en el de la opinión pública venenosa, antes de ver si el susodicho es o no inocente?

Volvamos a la fábula de Esopo. La tragedia mayor es que en la realidad pasa todo lo contrario al desenlace del pastorcito mentiroso, porque los aldeanos de esta grande historia llamada Latinoamérica sí les creemos a esos pastorcitos, sin darnos cuenta de que ellos están construyendo sus carreras políticas a expensas de la calidad de la opinión pública, mientas afilan las puntas de sus armas jurídicas para vengarse. Una y otra vez salen los aldeanos a cazar al lobo, pero se les olvida que los timaron hace poco, porque la opinión pública es selectivamente amnésica. Que mi mensaje sea claro, si pensamos en el caso mencionado arriba: no digo que la Fiscalía y otros entes de control estén mintiendo, sino que no sabemos cuándo lo hacen y cuando no; no sabemos si sus argumentos son esencialmente válidos, porque en la argumentación jurídica todo cabe. Y esa incertidumbre institucional es devastadora para los funcionarios ética y técnicamente sólidos que se arriesgan día a día.

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Todo cabe en el eufemismo de la irregularidad. ¿Odias a alguien? Invéntale una irregularidad. En la Rusia de Stalin funcionó a la perfección. “Me molesta el vecino. Di que no es fiel al Estado. La policía secreta llega y se lo lleva. Caso finalizado”. ¿Te molesta el funcionario que está tratando de hacer bien las cosas? Di que su gestión es irregular. Al final, un país lleno de irregularidades reales está permanentemente sediento por alguien que invente irregularidades light, para poder hacerse el de la vista gorda con los casos grandes. Mi crítica no es contra el funcionario de control de turno, sino contra el sistema que da pie a enmarcar la presunción de culpabilidad como mantra de Estado.

Si no insistimos en narrar esta barbaridad institucional, nos podemos ir olvidando de ver un Estado eficiente y efectivo. El efecto lo vemos después en gasto ineficiente, publicidad excesiva, políticas cortoplacistas & Co. Esto no implica que “se debe dar vía libre” a los verdaderamente culpables, pero precisamente se pueden atacar frontalmente cuando se perfilan bien los casos, con argumentos, eficiencia, patrones de datos, personas técnicas e insumos alejados de la política. Si no es así, la cura será peor que la enfermedad. El efecto colateral de largo plazo traerá unos funcionarios asustados que pasan de agache y no son disruptivos, otros que llegan con agenda política a aprovecharse de las instituciones, y una opinión pública delirante ante la salida de un nuevo gladiador al ruedo de los leones de la política. “¡Acaben con ese corrupto! Pero… No sabemos si es corrupto. ¡No importa, acábenlo!”.

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En los comunicados de estas oficinas de control se aplica una narrativa brutalmente poderosa: se invoca un principio (“la planeación”) y luego se cuantifica, pero los detalles (lo más importante) a nadie le importan. El narrow framing, para usar el concepto de la economía conductual que nos recuerda el costo de no ver the big picture, sino los proyectos aislados, nos sirve para entender que un Estado innovador en Latinoamérica es inviable con tanta voracidad. “Lo importante es que es un corrupto, como todos”. O mejor, un trofeo.

Si comparamos esa narrativa que subyace a los comunicados de los entes de control latinoamericanos, con el caso de la planeación fallida del aeropuerto Berlín Brandenburg an Alemania, surgen algunas ideas. En dicho caso realmente encontraron corrupción. La documentaron. Fueron tras las empresas y personas responsables, pero no empezaron a encerrar a todo el mundo antes de ver si eran o no inocentes, y mucho menos lo hicieron invocando el eufemismo de la omisión. En Alemania también se hace bulla en la prensa amarillista, pero las instituciones responden y tienen legitimidad al proferir una decisión, porque no son como el pastorcito de la fábula, cuyos relatos embriagan y exacerban la venganza colectiva.

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En el caso descrito no veo mayor problema para el Sr. Gaviria. Ni lo conozco, ni sé si es o no culpable de algo, pero es el tema sistemático de andar castigando funcionarios ex ante aquello que trae un riesgo institucional y humano. Él tiene suerte porque tiene visibilidad, comunicados de gremios, hashtags, camisas estampadas y seguramente tendrá su buen defensor. Pero el verdadero problema es este: ¿qué pasa con los que no tienen esa visibilidad? ¿Qué pasa con la porción submarina del iceberg de la injusticia? Tomando la expresión de Héctor Abad, será un olvido, y lo será en silencio. ¿Qué pasa con las familias de estas personas? ¿Creemos que, por dejarlos libres unos días después, el trauma no queda de por vida? ¿Creemos que el resentimiento no quedará y no pasará factura en la falta de motivación? ¿Creemos que todos los funcionarios buenos tienen que resistir y ser héroes y heroínas como si estuvieran en guerras que mágicamente llegan a finales felices? ¿Seguiremos creyendo que el sistema legalista ultraperfecto se puede aplicar sin entender los contextos ni la necesidad de una gestión pública con visión de largo plazo?

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