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Opinión

  • | 2019/12/24 00:01

    Colombia, en teoría

    Tanta riqueza en ideas y discurso, pero tanta pobreza en hechos de transformación caracterizan un país satisfecho de entenderse en la abstracción. Colombia es un país teórico que aterriza en donde no debe.

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En teoría, a Colombia las leyes le iban a dar orden, pero en la práctica, se han encargado de bloquear su progreso por volverse instrumentos de status quo, manipulaciones de poder y no herramientas de la civilidad y el progreso.

En teoría, en Colombia hay una aparición abstracta que se llama economía naranja, que da cientos de miles de empleos porque suma subsectores existentes, pero en la práctica, aplicaciones que han transformado el transporte y generado empleo, como Uber, de repente ya no caben ahí por decisiones formalistas y ridículas.

En teoría, en Colombia se innova en grande, pero en la práctica, se innova al adornar grandes discursos con palabrería, y los verdaderos innovadores, que luchan en el día a día por una sociedad que se comprenda y se solucione en la tecnología, quedan en el olvido de la frustración.

En teoría, en Colombia formamos a los jóvenes para transformar su entorno, volviéndolos idealistas. Pero en la práctica, se estrellan contra un sucio sistema en donde la meritocracia se aplasta a favor de los contactos. Quedan luego frenados en sus ambiciones legítimas para ser absorbidos por una inercia creada por gente mala que hace ver todo decente.

En teoría, Colombia va liderando en la región con su crecimiento económico, pero en la práctica florece un sector bancario a expensas de nosotros, los ciudadanos incautos que creemos que todo lo que hagan los bancos, está permitido, porque la Ley así lo dictaminó. 

En teoría, Colombia tiene una red de entes de control que combaten la corrupción, pero en la práctica pululan los innumerables centros de decisiones políticas y politizadas, que terminarían de alimentar la verdadera corrupción que se tapa en pequeñas e indignantes historias de falsos positivos burocráticos. Alimentan la indignación, y luego se vuelcan sobre sus potencialidades políticas porque “mostraron resultados”. La amnesia colectiva es su mejor aliado.

En teoría, Colombia tiene un rico folclor y un ímpetu cultural que podría alimentar la reconciliación, pero en la práctica, éste se divide en la petulancia de algunos, alineando la riqueza cultural con intereses de momento y poca transformación productiva para los expertos en cultura.

En teoría, Colombia despertó y salió a marchar para transformarse, pero en la práctica, el desorden y la poca claridad de los 104 puntos que quieren hundir al Estado obnubilan la oportunidad de cambio de un movimiento estudiantil que salió con sinceridad a repensar el país, y se devolvió confundido en superficialidades politizadas.

En teoría, Colombia firmó la paz y se va acercando a ella, de manera “estable y duradera”, pero en la práctica, la justicia se usa para arremeter con venganza contra unos, abrirle las puertas de lo que debieron ser y nunca fueron padres de la patria, a unos sinvergüenzas que hoy posan de adalides de la moral porque odian a la Fuerza Pública.

En teoría, Colombia lucha contra la corrupción, pero en la práctica, cree ingenuamente que con foros ridículos y más contratistas podrá luchar contra algo que solo se soluciona con tecnología y una transformación educativa estructural.  

En teoría, Colombia encuentra su riqueza y esencia en la naturaleza, el campo y su gente, pero en la práctica, su Estado permite que no haya claridad sobre la propiedad privada con arcaicos sistemas catastrales que frenan el incentivo a producir.

En teoría, Colombia saca leyes para proteger a las abejas y a otros polinizadores, pero en la práctica, las tendencias de consumo prefieren lo sintético, rápido y barato, porque no es necesario ligar el discurso a la práctica y “nadie se da cuenta”.

En teoría, Colombia avanza en la construcción de empatía, pero en la práctica, nos cerramos e insultamos en los carros, nos regocijamos de desgracias ajenas por el anonimato de las redes, no le damos paso a los peatones y aceptamos que se lance basura a la calle.

Colombia lleva muchos años ahogada en sus teorías, porque son cómodas y ayudan a sostener estructuras de poder, que promueven el silencio de un status quo absurdo. Pero al país no le sirve de nada despertarse para alucinar en una revolución y creer que cambiará todo porque un macrodiscurso de unos nostálgicos lo dice. Pasar a la práctica buena requiere el esfuerzo básico de tener empatía, leer todas las posturas, no tolerar la injusticia, no pensar solamente en uno mismo y actuar con temple contra los adalides de la moral que quieren frenar el progreso del país.

El 2019 ha sido esa expresión del país teórico letárgico, pero el 2020 puede ser una oportunidad para poner en práctica lo que, en el verdadero fondo, siempre quiso la Ley para Colombia.

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