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Opinión

  • | 2019/06/20 00:01

    Colombia cambia y progresa cuando invirtamos en la educación rural

    Ya son muchas las veces que me he hecho esta pregunta: “¿cómo diablos podemos generar un cambio real en nuestro país para hacerlo más sostenible, equitativo, y convivible?

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Siento que la respuesta, al menos en mi cabeza, ya rondaba en ella desde hace mucho. Sin embargo, no era tan evidente sino hasta el pasado lunes 10.06 en la mañana.

Conocí a varios de los miembros de El Avispero, una iniciativa del Movilizatorio que reúne a personas con unos saberes impresionantes sobre aquellos temas que nos hacen sentirnos esperanzados de lograr la construcción de la nación que soñamos (los que soñamos).

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Hablamos sobre tres temas en particular, pero de manera general y aceptémoslo, aún atomizada la una de la otra: educación, deforestación y la situación de las víctimas en el país. Expusimos datos generales para comprender en qué estado estamos en esos aspectos y pues, como es recurrente, quedarse con la fotografía de los datos puede ocasionar una sensación de desesperanza.

No obstante, no nos sentamos a desayunar (galletas y café, faltó la changua o el tamal) para lamentarnos y recurrir a los “lugares comunes” que invitan al ciudadano promedio a culpar al otro (casi siempre al gobierno) o buscar la explicación en la maldita corrupción. La idea era hacer algo que, para los que soñamos, es costumbre: “Hablar el 20% del tiempo sobre la fotografía y el 80% sobre las soluciones”.

La discusión nos invitó buscar alternativas para proveer soluciones al unir educación, deforestación y víctimas. Si bien el tiempo no nos alcanzó, sí me revolvió la cabeza.

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El maní está en la educación rural

Colombia fue, es y será por mucho tiempo más un país agrícola. Su potencial radica en su gente, siempre se ha dicho, así como también en las casi 32 millones de hectáreas de tierras que aún tiene improductivas. Adicional a este desaprovechamiento de tierras, se pierden los seguidores del campo, ya sea por el envejecimiento de la población rural (edad promedio 48 años para el año 2015) o por la falta de vocación y propósitos de vida de sus pobladores hacia actividades agrícolas. ¿Cómo es posible que en la ciudad en donde trabajo, Florencia-Caquetá, se importe de Huila, Tolima e incluso Cundinamarca y Bogotá casi el 76% de los alimentos que consumen?

Las personas en las zonas rurales viven allá pero no le sacan el jugo a su territorio de una manera responsable y eficiente. Y pues ni los culpo. En mi trabajo como educador en emprendimiento sostenible me encuentro con las mismas respuestas a las preguntas que le hago a las personas con las que trabajo:

  • Y, ¿usted qué haría con su parcela? R.: “sembrar plátano y yuca o poner ganado.”
  • Y ya que sembró algo ¿por qué sembró eso que sembró? R.: “porque es lo que sé hacer y lo que da para vivir (en su imaginario y horizonte).”
  • Y, sobre todo, ¿Le gusta sembrar? R.: “No se hacer más, supongo que si.”

Y pues al margen de estas respuestas, encuentro otra relacionada con el reto ambiental que motiva mi trabajo:

  • ¿por qué “abre monte” si ya tiene potreros y tierra de siembra?
  • R.: “porque necesito espacio para poder sembrar más o poner más ganado”.

Esto en otras palabras, significa seguir perdiendo bosques debido a la falta de conocimiento sobre lo que puede ser el buen vivir a partir de una gestión eficiente de los microterritorios.

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En el desayuno con galletas, Margarita Sáenz se lanzó con tremenda sobriedad a decir las palabras más escuetas que he escuchado en años y que me motivaron a escribir esta columna: “Lo que necesita este país es educación rural”. Y sí, sencillo, al grano, sin adornos… Apostarle a la educación rural es la vía para soñar con respuestas diferentes a varias de las preguntas que mencioné anteriormente.

Me atrevo a lanzar algunos argumentos que justifican la necesidad de apostarle a la educación rural en Colombia:

  1. La necesitamos para valorar nuestro capital natural: Cuando conocemos, a partir del aprendizaje de lo que tenemos y el valor de su riqueza, conservar nuestros ecosistemas sería el ser y no el deber ser. No obstante, desconocemos el valor tangible e intangible de lo que tenemos hoy y a futuro. A duras penas se socializa que significa un “servicio ambiental” (ejemplo: para qué sirve el bosque) y cuál es su relevancia para nuestros estilos de vida. Eso no nos lo enseñan de manera integral ni en las ciudades ni en el campo y aquí el resultado: que la tierra, para poner ganado, sea valorada más que el bosque en pie.
  2. Es necesaria para gestionar el territorio de manera eficiente y productiva: Desconocemos cómo hacer productiva nuestra tierra y por ello se crean sofismas colectivos de que “la rentabilidad está en la extensión del territorio”, más que en la efectividad de utilizar el poco o mucho que se tiene. Es por ello que uno encuentra parcelas en donde hay regueros de productos cultivados (plátano, yuca, piña, tres vacas, otros): productos sembrados a partir de la intuición o del voz a voz que recorre las veredas de nuestro país. No nos han enseñado a sembrar en el campo, o al menos, ha sido insuficiente este tipo de educación (recientemente trabajando con productores de sacha inchi en Caquetá me encuentro con productividades por hectárea muy bajas: casi 900 kg anuales por hectárea, cuando Perú, aquí no más, está llegando casi a las 4 toneladas por hectárea cada año).

La productividad en el sector rural es muy baja y no es solo por falta de insumos o herramientas de trabajo. Se debe también a la reinante ignorancia sobre cómo hacer las cosas mejor. Hace unos años realicé un trabajo con datos del Consejo Colombiano de Competitividad y me sorprendió el que rezaba para el año 2014 (valdría la pena refrescarlo): “en el sector agropecuario en Colombia se necesitan 10.5 colombianos para hacer lo que hace un estadounidense en su tierra”.

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  1. Es esencial para aprender a gobernarnos por medio de la elección de los líderes transformadores que merecen nuestros territorios: El voto es el símbolo del poder del pueblo que se vende por un tamal (tamal que no desayunamos aquel lunes). Se vende porque la ignorancia sobre cómo funciona y opera nuestro país es cuasi infinita. Aquel lunes hablamos sobre las implicaciones del Plan Nacional de Desarrollo en nuestras vidas y con seguridad, un altísimo porcentaje de la población rural, e incluso urbana, no sabe siquiera qué es el PND (mucho menos conceptos como: regalías, veedurías, control político, etc., etc., etc.). En la medida en que sigamos sumidos en esta descontextualizada ignorancia, seguiremos haciéndole el agosto a los vendedores de tamal en época electoral.
  1. Imprescindible para generar nuevos imaginarios y simbolismo sobre el “buen vivir” entre los niños y jóvenes (este punto lo abordo en otra columna).

Avispas, dado a que me falla la creatividad de momento, por favor ayúdenme con sus conocimientos a seguir ampliando esta columna para próximas publicaciones. Gracias por el rico debate  que tuvimos y de paso, que el próximo sea tan sabroso al son de un tamal bien-habido que nos comeremos.

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Hasta el próximo jueves

@julioandresrozo

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