Opinión

  • | 2018/01/25 00:01

    Colombia busca capitán

    “Mi ego exige, para mí mismo, el éxito de mi equipo”. Bill Russell

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El mundo actual mantiene una permanente contradicción gerencial que se refleja en entregarle  el rol de líder al talentoso. Aquellos que bien sea por regalo de la genética tienen una destreza natural, o por cuenta de la disciplina propia la han desarrollado, son generalmente ungidos en la vida con roles de liderazgo.

En algunos casos, porcentualmente muy bajos, la amable coincidencia de tener como cabeza organizacional a un líder que además mete goles frecuentemente, o mueve al equipo por una particular visión o conocimiento del negocio, genera equipos ganadores de esos que hacen historia. Desafortunadamente los casos son pocos. Muy frecuentemente el crack en la cancha no es necesariamente el más dotado para llevar la cinta de capitán y dejamos en la banca a quien debería ejercer el mando.

Esta realidad lleva frecuentemente a errores irremediables. Es típico el caso del vendedor estrella, ese que frecuentemente hace cumplir la cuota trimestral por su capacidad, su tenacidad y su empatía con el cliente, que es llevado luego al rol de líder de ventas donde se quema estruendosamente por su incapacidad para movilizar a otros. No siempre quien tiene habilidades para ejecutar, impulsado por una fuerza natural por ser reconocido, tiene las competencias que se requieren para movilizar. Es más, frecuentemente, no coinciden.

Este modelo, que en otras latitudes ha sido revisado con lupa, todavía prima en América Latina. Nuestro sistema educativo, luego trasladado al mundo empresarial, se deja descrestar de los mejores dotados, los eleva a nivel de super héroes, los glorifica, los unge de caudillos y los rodea de idolatras. Así funciona el sistema jerárquico, lo que en la práctica, como lo evidencia la realidad, es fatal.

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Ese mundo, el del caudillismo, que entre otras impera en nuestro sistema político, se parece al Olimpo. Dioses y semi dioses con aspiraciones mayores, que para mantener su poder y alimentar el statu quo se lamen unos a otros, rodeándose de equipos de menor monta sin ninguna capacidad real para el debate, la contradicción y el manejo del cambio.

Esta realidad llevo a Sam Walker a escribir the captain class (capitanes), catalogado tal vez como el mejor libro gerencial del año pasado. En su libro, Walker se dedicó a estudiar esta realidad en el mundo deportivo. Escogió los 16 equipos más grandes de la historia del deporte, en todas las disciplinas, con el objeto de desentrañar la salsa secreta que los hizo grandes. Escogió por supuesto “equipos” es decir deportes en donde el número mínimo de jugadores es 5, y uno a uno fue descartando algunos elementos que parecían fundamentales.

Desestimó  por ejemplo la importancia del técnico, del valor de la nómina, de contar con una súper estrella en el equipo o de la cultura de éxito arraigada en la institución. Uno a uno sus argumentos los validó sobre estadísticas para llegar finalmente a una conclusión que hoy se debate con fuerza en el mundo deportivo: La gran diferencia, en los equipos de élite la hace el capitán.

Todos y cada uno de los equipos analizados, desde los All Blacks del 86, al equipo brasilero de fútbol del 58, al Barcelona del 2008, los Celtics del 56, o los Yankees del 49 para mencionar solo algunos, tuvieron un capitán de élite que hizo la gran diferencia.

Los grandes capitanes según Walker, tienen una serie de características que distan por momentos de la imagen que nosotros tenemos de los súper hombres: Carecen del talento de las súper estrellas, no les gustan los focos, no lideran en el sentido tradicional, juegan al límite, hacen cosas potencialmente disgregadoras que aleccionan al equipo y frecuentemente desafían las reglas.

Walker lo pasea a uno por cada una de estas características y tiene ejemplos claros del impacto de estos hombres en sus equipos. Tal vez el caso más reciente es el de Puyol en el Barcelona. Se ganó, viniendo de la cantera, un puesto fijo en su equipo por su arrojo, su coraje, su pasión, su capacidad de trabajo y ante todo por su humildad. Logró trasladar estas condiciones a la selección con quien también salió campeón. Puyol es nuestro Yepes, el gran capitán hoy extrañado por nuestra selección.

Los grandes capitanes no son súper hombres. No están dotados de las calidades técnicas de aquellos llamados a ser las estrellas del equipo. Los capitanes tienen sí, un sentido de decoro, de unidad, de trabajo en pos de los demás. Respiran los valores de la organización, conocen íntimamente a su equipo, se preocupan por ellos más allá de la cancha y son unos artistas para apretar las tuercas indicadas de cada cual, esas que hacen que en lo individual cada uno dé el 110% y en lo colectivo se construyan hazañas que pasan a la historia.

Colombia necesita de manera urgente adoptar el modelo de estos capitanes. En momentos en que el país define su futuro líder, vale la pena pensar si a quien estamos eligiendo encarna los valores no del país que tenemos, sino del país que queremos. Alguien que ponga por encima de su ego a la colectividad a la que se le debe.

En lo empresarial la enseñanza es clara. Los grandes equipos no los transforman súper estrellas. A esos los necesitamos para que hagan goles. Las culturas organizacionales ganadoras, generalmente son lideradas por capitanes que se rodean con gente mejor técnicamente que ellos, los dejan brillar, pero tienen la capacidad de hacer que nosotros, los seres humanos común y corrientes, hagamos parte de capítulos de la historia de nuestras organizaciones en donde queremos estar en la foto… para siempre.

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