Opinión

  • | 2018/06/29 00:01

    Binoculares con trago y la interminable sed de castigo en Colombia

    Hacer de las redes sociales, no solo un instrumento de control, sino un nuevo patíbulo para una anónima sed de venganza, es algo preocupante.

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Abundan los moralistas, protegidos bajo una égida de anonimato en sus trinos, cubiertos por rasgos de la psicología de masas, mientras el país se enfrenta a retos como el hacinamiento carcelario, el linchamiento mediático y la falta de innovación gubernamental. Les propongo estas reflexiones para reconstruir personas y no acabarlas.

Visibilidad y castigo

Hace unos días, las redes respiraban venganza contra un gerente de Avianca que transgredió unas normas sociales. El free press para algunos políticos por indignarse, entre otros, le valió seguramente un sufrimiento fuerte a él y a su familia. Cometió un error, no tan grave como la del vulgar señor que se burló de las japonesas, pero sí suficientemente visible para perder su trabajo y sosiego.

De hecho, las métricas de “despido laboral” se dispararon el 20 de junio al saberse que un empleado de alto nivel de Avianca estaba involucrado. Así mismo, se dispararon las métricas de algunos hashtags como #NosHacenQuedarMal (más de 154.000 impresiones) y sin duda alguna, la visibilidad de Avianca como empresa comprometida con buenos valores. Me pareció más una jugada de mercadeo de la aerolínea y no un homenaje a las buenas costumbres. Como le digo a los estudiantes de branding: ojo con las crisis, son como olas; o se suben a la cresta y brillan o caen en un remolino que los golpea contra el suelo. No hay punto medio en las crisis.

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Las cifras nos hablan de visbilidad, pero el trasfondo es el de una sociedad enferma. No lo digo por los avivatos sino por la sed de venganza que hay en Colombia. Sin duda, personajes como el turista español que se orinó en una muralla de Cartagena merecen todo nuestro rechazo y expulsión inmediata de Colombia. Y bien, al exempleado de Avianca no lo justifico porque es el colmo portarse así, pero justifico mucho menos lo que Foucault llamaría la “oscura fiesta punitiva” que vivimos. Colombia es un país dedicado a la venganza (ahora digital), heredero de violencia sectaria y alimentado por personajes que se encargan de repartir odio. Una cosa es generar debate y críticas encaminadas a mejoras sociales, como buscamos siempre en las universidades, y otra muy distinta es promocionar el odio. Miremos un corto aparte de Crimen y castigo, grande Opus de Dostoievsky. Raskolnikov y Razumihin dialogan sobre el castigo:

  • Hay que capturar al ladrón
  • ¿Y si lo capturan?
  • Entonces le dan su merecido
  • Con certeza es lógico, ¿pero y su conciencia?
  • ¿Por qué te importa eso?
  • Simplemente por la humanidad*

Reconstruir en vez de destruir

La conciencia del que hace algún mal nos debería interesar más que la sed de destruirlo. Si su caso está perdido, debidamente diagnosticado o si encontramos casos de lesa humanidad y atrocidades, sin duda no deberíamos poner en riesgo la sociedad. Aquí no hago referencia a esos casos, sino a los que cometen delitos menores o simplemente errores que luego aparecen como crímenes o violaciones a las buenas costumbres.

Nuestro sistema no permite errores; está diseñado para castigar la falta de perfección de seres imperfectos, mientras que algunos se burlan de él. Las cifras del INPEC a diciembre de 2017 hablaban de un hacinamiento carcelario de más del 45%, con pocos programas estructurales para buscar algo de dignidad y reconstrucción en las personas. Si bien hay iniciativas nobles como la biblioteca de la cárcel distrital, hace falta un proyecto profundo de reconstrucción de la persona a través de proyectos productivos. No me refiero a crear una economía de desincentivos como absurdamente lo hizo Petro en Bogotá con su programa para jóvenes que robaban celulares, sino a políticas públicas sensatas.

En el Reino Unido, el programa de Community Payback obligó a presos de delitos menores a devolverle algo a la sociedad, haciéndolos trabajar en vez de guardarlos como el temible Cerbero en el Hades. Lo curioso es que los costos de manutención por preso pasaron de 50.000 £ al año a 2.800 £. En un estudio publicado por Gilligan & Lee en el Journal of Public Health, se descubrió que en un programa para frenar la violencia (Resolve to Stop the Violence Project), los presos que participaron, viviendo con buenas condiciones psicosociales, educativas y culturales, terminaron reincidiendo menos y la cifra de arrestos bajó notablemente. Parte de la explicación se da en impulsar la autoestima y en recalcar aptitudes que estas personas nunca conocieron. 

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Una mejor sociedad se puede dar en dos dimensiones: primero, en mesurar su espíritu punitivo ante errores o faltas menores, siempre y cuando se inculque en la conciencia a través de un programa de mejoramiento sensato. La impunidad es lo peor que nos puede pasar, pensemos en la JEP como ejemplo de ella, pero no por eso debemos buscar destruir a las personas que cometen errores. No hablo de asesinos inmisericordes sino de personas que por algún motivo en sus vidas cometieron algún error. La sociedad se está encargando de incrementar su odio, a detrimento de ella misma. Segundo, se deben impulsar programas productivos y castigos sociales que permitan una transformación de las cárceles y de las personas. Cuando más se destruya al ser humano en ellas, peores serán las consecuencias para todos. Por eso se deben impulsar proyectos productivos, educación permanente y trabajos simples en comunidad.

PD: No comparto la decisión de despedir a una persona por un error, así su actitud nos genere vergüenza. Un mejor castigo habría sido pedirle que se disculpara frente a todo el personal de la empresa, que hiciera una obra social y que recibiera una advertencia por escrito.

*Traducción propia

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