Opinión

  • | 2018/11/01 00:01

    Caquetá: Un lujo de territorio que tiene un par de retos

    Caquetá no estaba en la lista de opciones para visitar en vacaciones, pues por desinformación o falta de interés no me generaba ni siquiera curiosidad. Los prejuicios me distanciaban de esta tierra sin nunca antes haber estado en ella.

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En mi imaginario, hacer vacaciones significaba ir a los típicos lugares de sol y playa. Debo sincerarme con ustedes: nunca se me cruzó por la cabeza visitar el Caquetá. No aparecía en mi lista de opciones; en otras palabras, no despertaba en mí ni la más mínima curiosidad e interés.

Por el contrario, si en algo terminaba relacionando la palabra Caquetá, era con símbolos que me generaban miedo y me alejaban de esta tierra. La razón, los prejuicios me distanciaba de esta tierra sin nunca antes haber estado en ella.

Caqueteños, por favor no me juzguen, pues no soy el único que pensaba así. Tan solo estaba desinformado. Cuando uno revive en su mente lo que como consumidor de noticias recibió durante años, es inevitable no relacionar su territorio con algo nefasto.

A mis 36 años y con total desconocimiento de la idiosincrasia de los caqueteños (pues no había conocido alguno hasta entonces), pensaba que eran personas tímidas y ensimismadas. Sentía incluso compasión por ustedes debido a lo que han tenido que vivir a lo largo de la historia reciente de su departamento.

Nunca al escuchar las noticias me detuve a comprender que ustedes son herederos de un pasado diferente al que vive un bogotano promedio, por ejemplo. No obstante, me sorprende la manera en la que con valentía y orgullo están sacando lo mejor de aquella experiencia para afrontar su futuro con optimismo y decisión.

Afortunadamente llegó un día de septiembre de 2016, en el cual el trabajo me llevó por primera vez a Florencia a interactuar con los caqueteños. Bastaron tres días para sacudirme y quitarme de la cabeza tanto prejuicio estúpido que corría por mi cabeza hasta entonces.

Conocí personas muy amables que interrumpieron lo que estaban haciendo para llevarme al hotel cuando me extravié. Me enganchó su calidez, la firmeza con la que miran a los ojos, sus conversaciones, lo que cuentan aquellos que no son oriundos del Caquetá pero que llevan años en esa tierra.

Me embelesó la belleza de las mujeres, su delicadeza y feminidad. Me maravillé con sus paisajes y en aquel septiembre me enganché con una pareja de novios que pujan por alcanzar sus sueños para sacar adelante su proyecto de emprendimiento en una reserva natural que tiene como nombre La Avispa.

Me sorprendí de la actitud que tienen los caqueteños pues no suelo escuchar quejas o palabras que busquen generar un sentimiento de compasión en mí alrededor a las historias del conflicto armado. Por el contrario, me encanta la manera con la cual sus habitantes hablan con tenacidad y llevan la frente en alto.

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Ya he ido más de 10 veces al Caquetá desde aquel entonces, incluso me la caminé desde San Vicente del Caguán hasta los Portales del Fragua. De hecho, cada vez que viajo desde Bogotá, lo hago pensando en que me voy a quedar uno o dos días y termino quedándome muchos más.

En una ocasión que fui, me sentía interactuando con una sociedad que no parecía colombiana y lo digo en un buen sentido por la siguiente razón: el colombiano promedio suele decirle “sí” a todo y después termina quedando mal, no tiene los pantalones o las enaguas para decir “no”, así la cara se le sonroje por un momento; encuentra excusas y suele darle rodeos a las cosas. Para concretar algo, el colombiano promedio debe pasar una, dos o hasta tres encuentros, lo que conlleva a un sin-fín de ineficiencias.

Estar en Caquetá me hace revivir la época en la que viví en Alemania durante casi diez años. En su tierra las cosas suceden, uno termina mamado por la noche por la cantidad de cosas que logró hacer en el día; uno se va a la cama, no solo con la sensación, sino con la firmeza de que algo se hizo y resultó. Esto lo menciono tan solo para decirles que su tierra y ustedes me generan confianza.

Siempre me supo a cacho el dicho que reza: “aquí hay todo por hacer”, me sonaba a típica frase de cajón que terminaba siendo un pajazo mental para creer que algo es posible. Pero cuando reflexiono en mis días en Caquetá, me creo esa frase porque las oportunidades para hacer cosas maravillosas que generen progreso en su tierra, son inmensas.

Pero eso deben creérselo los mismos caqueteños. No esperen a que alguien externo llegue a decirles lo grandes e importantes que son ustedes y todo su departamento para el resto de Colombia.

Si yo me hubiera dado cuenta de todo esto que aquí escribo, seguro hubiese balanceado Cartagena con El Doncello en el momento de hacer todas mis pasadas vacaciones. Los admiro por todo el lastre que han tenido que llevar en sus hombros y en su orgullo, pero también, me cuestiono por la falta de criterio que tuve en el momento de consumir y analizar la información que me llegaba de los medios y del voz a voz.

Soy consciente de lo que ustedes mismos me han dicho: “estamos reconociendo nuestro territorio y conociendo lugares a los cuales nadie podía llegar debido al conflicto armado”.

Puedo entender esta euforia de turismo local. Pero lo que no puedo entender es la irresponsabilidad con la que muchos lo están haciendo, no solo foráneos, sino también algunos caqueteños. Todas esas bellezas que ustedes tienen no van a durar más de cinco, seis, siete años, si lo que vi en mis recientes visitas a la región, sigue sucediendo.

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Así como digo lo que digo, quiero hacer un llamado a la responsabilidad. Me dolió haber visitado las Pailitas y el Pailón (una de las varias cascadas que ustedes tienen entre Florencia y Morelia). Me aporreó haber encontrado a varias personas bañándose con champú en tremendas aguas como si eso fuese una tina de motel; me dolió ver en qué terminan los paseos de río los domingos por la tarde. Y no, cuidar y hacer cuidar las quebradas y los chorros no es responsabilidad del gobierno local, ¡no!, es de usted que va al río y no la administración municipal.

Me duele ver gente lavando carros y motos en las quebradas y ustedes pasando por el lado y nadie dice nada. Me cuestiona escuchar cuán grande es la euforia por visitar Anayacito, el Mohán y otras maravillas, que al final, si no hay un buen manejo, terminarán convirtiéndose en un vil paseo de olla en donde hasta pañales flotando en los claros de agua quedarán regados por ahí.

Conservar el territorio es también luchar por cuidar la maravillosa selva que existe en el departamento. Me duele leer las cifras y darme cuenta que casi el 19%-20% o 21% de la deforestación de toda Colombia sucede en el Caquetá.

Yo estoy seguro de que todos, absolutamente todos, caqueteños y no caqueteños, podemos ponerle freno a este flagelo que amenaza nuestro buen vivir. Me gustaría imaginarme en el pasar de los años, que los colombianos que habitarán nuestro país van a tener la misma oportunidad de ver lo que mis ojos ya han visto en lo poco o mucho que conozco su región.

Pese a lo anterior, Caquetá y ustedes me tienen en una encrucijada, me quiero ir a vivir allá, pero tengo parte de mi vida en Bogotá. Me tiene rondando esa idea en la cabeza, siento que la Manigua me cogió y hasta ahora nadie me ha presentado a esa señora como debe ser.

Siento alegría por ustedes porque los años que se vienen van a ser sus años. Falta poco para que todos mis paisanos, demás colombianos y ciudadanos del mundo, dejen de lado los mismos prejuicios que yo tenía y que les nublan la cabeza.

Caqueteños, sigan haciendo lo que hasta ahora han hecho conmigo: hablar bien de su tierra, cuidarla y trabajar unidos y de manera colaborativa para sacar adelante su región.

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