Opinión

  • | 2018/04/30 00:01

    Cambio climático

    El panorama que nos arroja la situación medioambiental es crítico. El 25% de los mamíferos de todo el mundo se mantienen en condición de amenaza; dentro de 30 años se calcula que haya más plástico que peces en el planeta y en casi 10 años la tierra podría calentarse un grado centígrado más.

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Lo preocupante es que esto es solo una pequeña muestra del futuro de nuestro planeta. Se requieren prontas acciones en el marco de los compromisos ya adquiridos… aunque puede que estos no sean suficientes para mitigar.

El problema ambiental requiere de una priorización importante en cada una de las naciones. En las últimas décadas, el consenso internacional sobre la necesidad de actuar ha logrado reunir en una misma mesa de negociación, a varias naciones de todo el mundo en conferencias de alto nivel como la Cumbre de la Tierra en Rio de Janeiro en 1992, el Protocolo de Kioto en 1997, la Cumbre de Copenhague en 2009 y, siendo el más reciente, el Acuerdo de París en 2015. Todas estas, con el gran propósito de poner sobre la mesa las problemáticas actuales y proponer soluciones que salvaguardaran el futuro de las próximas generaciones.

No obstante, a pesar del interés que se reflejaba en las diversas negociaciones multilaterales, estas no siempre resultaban exitosas. Infortunadamente, eran varios los casos en donde el interés nacional de cada país prevalecía sobre el bienestar mundial, y se pasaban por alto los acuerdos a los que con suma dificultad se llegaban.

Por ejemplo, durante muchos años, países como China e India bloquearon la reducción de sus emisiones de dióxido de carbono (CO2), bajo el argumento de que estas medidas resultaban ser incompatibles con el acelerado crecimiento económico que presentaban y que proyectaban a futuro. Así, ciudades como Beijing y Nueva Delhi empezaron a considerar, en sus inicios de crecimiento económico a inicios de la década de los noventa, que era injusto que a los países industrializados se les exigiera contaminar menos, cuando su potencial se hizo a través de mucha contaminación acelerando el calentamiento global.

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El Acuerdo de París llegó precisamente bajo una visión panorámica de la problemática, dejando de lado cualquier excusa, para dar lugar al primer acuerdo vinculante mundial sobre el clima. Firmado por 195 países, el acuerdo estableció un plan de acción que pone el límite del calentamiento mundial por debajo de los 2°C, siendo al mismo tiempo el puente entre las políticas actuales y la neutralidad climática que debe existir para finales del siglo XXI.

Aunque estos acuerdos ponen de manifiesto la importancia de hablar sobre el cambio climático, muchos expertos en el tema se han preguntado, a ciencia cierta, qué tan lejos está el mundo de cumplir con este tipo de propósitos dado que cada país debe aportar un plan de acción para reducir la emisión de gases de efecto invernadero hasta el año 2030. Sin embargo, estos parecen estar sobreestimados y las proyecciones, lastimosamente, no parecen ir a la baja.

Climate Action Tracker (CAT) es, precisamente, una de las organizaciones científicas que rastrean los compromisos de emisión de los países, así como de las acciones que implementan para cumplir estos objetivos. Dentro de sus observaciones se ha concluido que ninguna de las potencias industriales más grandes e importantes del mundo han logrado un mínimo avance para poder cumplir con el objetivo a 2030. Por el contrario, las proyecciones de las emisiones de CO2 van en aumento.

A nivel mundial, el cálculo de la cantidad necesaria de emisiones de dióxido de carbono en el 2030, para poder mantener el calentamiento global por debajo de los 2°C, ronda entre los 29 mil millones de toneladas métricas en el mejor de los escenarios, a los 45 mil millones de toneladas. En el Acuerdo de París, el compromiso ronda dentro del rango de las 52 a los 57 mil millones de toneladas. Pero nuestra situación actual nos acerca cada vez más a los 60 mil millones de toneladas, saliéndonos del pacto mundial que, en sí, resulta inútil pues por más que los países cumplan, la tierra se calentaría más de 2°C sobre los niveles preindustriales.

No se prevé que ni Estados Unidos lograra reducir un 26% sus emisiones para 2025 cuando lo anunció la administración de Obama, y el panorama se volvió mucho más pesimista una vez anunciada la desmantelación de este tipo de regulaciones por la administración Trump y su salida del acuerdo. Tampoco se pretende que la Unión Europea logre disminuir el 40% de sus emisiones para 2030 y, por su parte, para entonces China tocaría las emisiones más altas, pero obteniendo más del 20% de su energía de fuentes no fósiles.

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De hecho, el sector energético es el que más se ha prestado al compromiso de reducción de emisiones, apostándole más a las energías limpias como la eólica, la solar y el gas natural. El problema es encontrar la forma de realizar procesos limpios en otros sectores importantes, como el transporte y la industria, así como en la producción agroindustrial

De igual manera, la CAT ha manifestado que tenemos grandes ahorros de emisiones en iluminación y electrodomésticos al alcance de la mano, y ha resaltado la importancia de la descarbonización del sector agrícola, dado que la comida podrida ha venido siendo reconocida por su papel protagónico en el cambio climático.

Pero ante un proceso tan opaco, la cooperación internacional resulta deficitaria para dar lugar a los compromisos adquiridos. Los países, en materia de política, no han sido lo suficientemente precisos sobre acciones contundentes que pongan en marcha el cumplimiento de los objetivos. Y aunque no hay un modelo básico para cuantificar el progreso, las metodologías actuales sí pueden vislumbrar lo lejos que está el mundo de cumplirle al medio ambiente para no tener que lamentar luego las consecuencias de un inaplazable calentamiento global.

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