Opinión

  • | 2019/02/15 00:01

    Calentar puesto para hundir al Estado & el mito de hacer hoja de vida

    En el sector público colombiano, la meritocracia no es muy relevante; los nefastos efectos de esta realidad no interesan mucho, menos en campaña, menos en “año electoral”. ¿Cómo es la realidad? Bueno, es como una sala de espera política en donde uno se puede sentar a ver qué le sale, a dónde lo llaman.

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Se sabe que calentar puesto afecta a las organizaciones y a la salud, pero hay extrañas prácticas en el sector público en donde se calienta puesto casi toda la vida, mirando a ver qué viene después y olvidando el cargo y la responsabilidad que se tiene.

Hay muchos artículos y estudios sobre los que calientan silla o practican el presentismo, es decir sentarse en su silla y no hacer nada mientras los demás piensan que sí se trabaja. Aquí no vamos a hablar de eso (Revista Semana ya sacó un buen artículo del tema), sino de una práctica aún más curiosa, algo escondida, pero muy viva en las indiferentes conciencias de algunos funcionarios, permitiéndonos ilustrar un curioso mito, el de hacer hoja de vida. No hablo de calentar puesto en sí, porque los que practican el presentismo estructural y vitalicio no necesariamente se la pasan sentados en su puesto.

En el sector público colombiano, la meritocracia no es muy relevante; los nefastos efectos de esta realidad no interesan mucho, menos en campaña, menos en “año electoral”. ¿Cómo es la realidad? Bueno, es como una sala de espera política en donde uno se puede sentar a ver qué le sale, a dónde lo llaman. Y bien, imaginen que los llaman. Mientras que hay personas verdaderamente buenas que se esfuerzan, que hacen el bien, aprendiendo rápido, buscando eficiencia, mereciendo muchas oportunidades y cumpliendo el sueño de mejorar la sociedad, otros practican el presentismo estructural y andan por ahí saltando de cargo en cargo, ojalá directivo. Algunos lo hacen muy bien, colman al Estado de buena gestión y toman riesgos, pero otros olvidan la esencia de la función pública: la res publica, i.e. la cosa de todos.

En el presentismo estructural, la vida es como una montaña llena de trampolines de color político. Van saltando de uno en otro, lanzándose dardos venenosos unos a otros, sin quedarse a entender la estructura de cada trampolín. Todo se vuelve como la caricatura en donde el de la bicicleta quiere una moto, el de la moto quiere un carro, el del carro llora porque no tiene un helicóptero y el del helicóptero anda deprimido porque no posee un avión. Así, la vida se vuelve un continuo de ambiciones insatisfechas, de grandes expectativas y poco tiempo para vivir y entender el presente.

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A esto le agregamos nuestro preciado y cultural ingrediente del cortoplacismo y empieza la necesidad de saltar y saltar toda la vida, “haciendo hoja de vida”, sin saber bien qué hay en ella. No lo duden, es normal y bueno superarse, ascender, ir más allá, pero hay una diferencia entre ascender en la vida con legitimidad y amor por lo que se hace, dejando huella e inspirando, y por otro lado, simplemente ab-usar de los peldaños de un Estado que está perdido en la ineficiencia. Por eso hay una inflación bárbara en algunas hojas de vida: un cargo llevó a otro, pero parece que el portador hubiera estado ausente en esa narrativa. Y así se van creando hojas de vida que se adornan en los formalismos del eufemismo mientras desconocen la esencia del trabajo.

Luego, en distintos momentos, se hace un recuento de todos los trampolines desde los que una persona saltó. Pero al que le duele todo esto en el silencio de la historia es al Estado: el mismo que tiene que recaudar más impuestos para satisfacer tanta volatilidad de perfiles. Este mismo Estado es el que tiene que aguantar aumentos presupuestales innecesarios, sumas enormes que se desperdician en publicidad cortoplacista. Algunas entidades que muestran su sed por más presupuesto también van acumulando puestos vacíos, y para contrarrestar cualquier duda, salen a mostrar cualquier resultado para no quedar mal. Si en sus funciones está sancionar, salen a inventarse cualquier cosa producto más de la ignorancia que de lo técnico, aprovechando cualquier cámara y micrófono para agregar una opinión más al big data de la superficialidad. Si en sus funciones está crear, lo importante es que suene bien, no que funcione en el largo plazo. ¿Usarán el argumento keynesiano diciendo que en el largo plazo todos morimos? Mejor quedar bien hoy.

Si en su entorno ha percibido este comportamiento, hay una buena noticia. Nadie está predestinado a ser así y claramente no todos se portan así. Tampoco es reprochable estar en la política ni cambiar de cargo, al revés, qué bien que le interese lo público, pero sí es profundamente perverso que se haga la gestión por la obsesión del próximo cargo, sacando resultados artificiales e inútiles. Pongámoslo en estos términos. ¿Una persona se lanza a la Alcaldía de Bogotá porque el cargo es un trampolín necesario para algo más grande en el checklist de la política? o ¿se lanza principalmente porque quiere cambiar las cosas? Sé que pueden pensar la respuesta en “ambas”, pero intuyo que una razón siempre está lejanamente por encima de la otra.

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La solución está en varias actitudes. Una es ponerle algo de nostalgia y empatía a su cargo. Suena extraño, pero un proceso de introspección con algo de nostalgia sobre lo que uno hace por su entorno, debe servir para adquirir algo de conciencia sobre lo que implica trabajar en el Estado. Otra es hacer una revisión de la coherencia de las acciones realizadas, y esto aplica para el sector privado también. Si hay coherencia en lo que uno hace, más allá de los baratos formalismos que nos hemos inventado; si realmente se está contribuyendo a una misión, el presentismo estructural se va.

Algunos no lo entenderán así y por eso seguiré abogando por la importancia de reducir el tamaño del Estado colombiano. Al final, puede que estemos alimentando una fábrica de perfiles que fuera del Estado no sirven para nada, nadie los quiere en el sector privado y su justificación de existencia se encuentra en la nefasta expansión innecesaria de un Estado que está tarde en redefinirse, digitalizarse, tecnificarse y pensarse con más pragmatismo y menos formalismos jurídicos.

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