Opinión

  • | 2019/04/03 00:01

    Café: año tras año se repite la misma película

    El mercado mundial está, y va a seguir durante muchos años más sobre-ofrecido; y la reciente caída en los precios es consecuencia directa de la mayor producción mundial de café, impulsada por Brasil, Vietnam, e Indonesia, que son los principales actores en el aumento de la producción mundial a niveles récord de 171 millones de sacos, muy superior a los 163 millones de consumo aparente.

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A no ser que haya una radical transformación de la caficultura colombiana, una reingeniería de fondo, año tras año se va a repetir la misma película: que el sector está arruinado; que con esos precios de sustentación no sobrevive; que es el fin de la caficultura; que los contribuyentes tenemos que seguir apoyando nuestro producto estrella. Este año la Federación de Cafeteros propone como solución a la crisis cafetera el retirarse de la Bolsa de Nueva York. Para ANIF, la actitud de los dirigentes de la Federación da a entender que el precio spot en la Bolsa ha bajado por cuenta de “maniobras especulativas”, en vez de analizar a fondo lo que está ocurriendo con la oferta global (además de sus preocupantes costos de producción en los arábigos). Pero a pesar de ser exactamente la misma película, la ‘institucionalidad’ cafetera insiste en ‘pañitos de agua caliente’.

La monda y lironda realidad es otra: Colombia, más cuando hay tendencias decrecientes de café arábigo en las mezclas, no puede competir con sus altos costos en un mercado internacional que está virando hacia mezclas robustas, afectando directamente nuestros arábigos. El mercado mundial está, y va a seguir durante muchos años más sobre-ofrecido; y la reciente caída en los precios es consecuencia directa de la mayor producción mundial de café, impulsada por Brasil, Vietnam, e Indonesia y que son los principales actores en el aumento de la producción mundial a niveles récord de 171 millones de sacos, muy superior a los 163 millones de consumo aparente.

Durante medio siglo los grandes tostadores mundiales nos han metido el dedo en la boca. Por el café colombiano certificado (Excelso y Supremo) pagan unos centavitos más que por variedades manifiestamente inferiores. Estos grandes pulpos mezclan nuestras ‘arábigos’ con ‘robustas’ de muy dudosa calidad, y esta mezcla la hacen pasar como ‘Café de Colombia’. La Federación de Cafeteros, con enorme miopía, pocas bolas le paró a los cafés especiales, cafés que hoy, en precio más no en volumen, facturan más del 50% de los ingresos por venta de café a nivel mundial. En una reciente lista de los diez mejores ‘cafés especiales’ del mundo, ni uno era colombiano.

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La caficultura colombiana, como lo señalan los expertos, tiene tres enormes problemas estructurales: 1. Los altos costos laborales. 2. La baja productividad de café verde por hectárea, (en algunos casos está hasta un 30% por debajo de los países más eficientes) y 3. La enorme dificultad de mecanizar la cosecha en laderas. En este escenario, no parece tener mayor sentido económico insistir en aumentar la producción cafetera a 17-18 millones de sacos en contra los 13,6 millones que producimos hoy. La caficultura en Colombia solo tiene una salida: salirse de la ‘trampa de los commodities’ (en donde el precio lo marcan los gigantes como Brasil y Vietnam) y reducir simultáneamente de manera draconiana la producción a menos de una tercera parte de la producción actual. Es decir, unos 4 millones de sacos anuales. La gran diferencia sería que, absolutamente todos estos 4 millones de sacos tendrían ‘Denominación de Origen’, no solo por zona geográfica (Nariño, Huila…etc…), sino por finca concreta en que se producen.

Todo saco de café que salga de Colombia tiene que tener el nombre y apellido del productor. El quid del asunto es que mientras reducimos la producción en más de una tercera parte, el precio final de el producto puede ser en promedio 5 dólares la libra, o sea más de cinco veces el precio actual. No se puede olvidar que el precio promedio del café en los últimos 45 años has sido $1,2643. Para lograr el objetivo de mayores ingresos para el sector, la llave de éxito se llama ‘calidad’. Y en el tema de calidad la Federación necesariamente tiene que jugar el papel decisivo en certificar qué región y qué finca cumplen los requisitos mínimos para la etiqueta ‘Denominación de Origen’. Y los caficultores que no pueden o no quieren cumplir, no se hacen acreedores del sello ‘Juan Valdez’ de la Federación, la única entidad que pueda dar ese sello de garantía. Puedo garantizar que en pocos años, todo productor serio va a querer acogerse al programa de “Denominación de Origen”. No es una tarea fácil: va a exigir enormes esfuerzos, disciplina, y rigor. Pero no hay otro camino.    

Este, amigo lector, es el único camino para vencer la dictadura de los grandes tostadores y salir de la ‘trampa de los commodities’. De no redimensionar y modificar estructuralmente la caficultura colombiana, estamos condenados a repetir la misma película año tras año. ¡Póngale la firma!  

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