Opinión

  • | 2019/01/16 09:34

    Accidentes del tren de La Sabana: normas vs. hábitos

    Este es un típico ejemplo de lo que sucede cuando convertimos una acción imprudente en habitual por la aparente falta de consecuencias (“nunca ha pasado nada”) y cuando nos percatamos de que nuestras instituciones públicas omiten cumplir con su deber.

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Recién llegado de vacaciones, me encontré con mis colegas y les pregunté: ¿saben cuántos cruces con la vía férrea pasamos con frecuencia entre Bogotá y Chía? Pocos sabían y tocaba hacer memoria para mencionarlos. ¿Y cuántas veces al año –cuando están tratando de evitar el tráfico- se desvían para bajar o subir entre la autopista y la carrera séptima? Muchas. Y cuando están a punto de pasar sobre la vía del ferrocarril, ¿cuántos se detienen completamente para mirar cuidadosamente a un lado y otro? La respuesta fue “ninguno”.

El pasado primero de enero sufrí el susto de mi vida cuando, en medio de un paseo familiar en el norte de Bogotá, Waze me indicó salir de la autopista norte y subir por la calle 245 para tomar la carrera 7ª. La sorpresa fue que estuvimos a punto de ser embestidos por un tren de carga de cemento que pasaba por allí a la 1:30 p.m. Para quienes trabajamos en los municipios del norte de Bogotá, pasar por estos cruces es lo más frecuente (hay al menos cuatro después de la 170, dos de ellos pavimentados y uno de ellos –el de la 245- muy transitado). Pero cometí el error de muchos de quienes pasamos por ahí casi todos los días sin que, literalmente, pase nada por ese lugar (y quizá justamente por eso): apenas disminuí la velocidad y no miré con detenimiento hacia ambos lados.

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Además del temblor en las piernas, me quedé con una idea: no había ningún sistema de alerta que advirtiera de la venida del tren, pues a duras penas hay allí una señal de Pare. Pero este escenario se repite en todas las vías que conectan a la autopista norte con la carrera 7, excepto en las vías grandes (las calles 170 o 134, por ejemplo).

Cuando vi que a todos les parecía normal pasar estos cruces de la vía férrea casi sin mirar, decidí mirar en Google los accidentes del Tren de la Sabana, para sorprenderme con que son muy frecuentes. Solo unos ejemplos:

En abril de 2015, un carro particular fue arrollado por el Tren de la Sabana en el cruce de la carrera novena con calle 224, en el norte de Bogotá, a las 7 p.m., siendo el segundo accidente en poco más de un mes, luego de que embistiera otro vehículo particular, en la calle 19 con carrera 22, muy cerca del Centro Comercial Calima. En ese último cruce, sucedió de nuevo en marzo de 2018, cuando el tren arrastró un carro aproximadamente 20 metros.

En julio de 2018, una camioneta fue arrastrada más de 50 metros en la calle 170 con avenida 9ª en el norte de Bogotá, dejando seis heridos, porque la camioneta se pasó la barrera que alerta el paso del tren (en un sitio donde sí hay alertas y barreras).

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En la calle 245, donde tuve mi encuentro con el tren, poco antes del peaje, ya ha sucedido. En 2010, un carro con tres personas a bordo fue arrollado porque, según dijeron las autoridades al periódico El Tiempo, “el conductor del vehículo no escuchó el silbato que activa la locomotora cuando pasa por un cruce, y se atravesó en la vía”. Y añadieron: “El sector no contaba con barrera, pero sí estaba completamente señalizado”. Pasó lo mismo con una buseta en septiembre de 2011.

Las mismas autoridades reafirman que “es responsabilidad del peatón estar atento”, pues “en los pasos a nivel, el tren siempre tiene la prioridad, ya que su peso y su natural tendencia a seguir en movimiento hacen difícil que se pueda detener para dar prioridad a los vehículos”. Y afirman que “en los cruces habilitados existe una mayor garantía de visibilidad, pues el camino está preparado para facilitar el paso de peatones o vehículos y el maquinista está obligado a dar aviso con la bocina del tren. El consejo más práctico es ser cuidadoso y usar el sentido común. Mirar y escuchar para ver si viene el tren”. Así, me queda claro que hay que ser más precavido, pero también que es un accidente frecuente, que aumenta cuando se trata de peatones a quienes el tren atropella.

Pero sorprende que, según dijo a la prensa el maquinista del tren de la Sabana, en cada recorrido se registran al menos 20 incidentes que pudieron terminar en accidentes; que muchos de estos cruces no tengan barreras, ni casetas ni alertas; y que las autoridades digan que “poner un pare” es lo mismo que tenerlo “completamente señalizado”.

Ya en 2008, el diario El Tiempo señalaba que solo 8 de 17 cruces del tren contaban con señalización adecuada: “Para el director del Fondo de Prevención Vial, el riesgo es latente sobre el trazado de la línea férrea en Bogotá y se deben revisar las condiciones de seguridad en todos los cruces. Que no haya barreras en un cruce tan importante como la calle 95 es una falla gravísima”.

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Pero, aunque “la ley es clara y en caso de que un tren choque con un automóvil, la responsabilidad se le atribuye únicamente al vehículo automotor”, un informe de la Universidad Militar (Saboya López, 2015) sobre la normativa y señalización de cruces férreos en Bogotá señala que la Ley 769 del 2002, Artículo 113, establece que “Las entidades ferroviarias, o los particulares en caso de concesión de las vías férreas, colocarán señales, barreras y luces en los pasos a nivel de las vías férreas, así como la correspondiente demarcación, de acuerdo con lo dispuesto por el Ministerio de Transporte. Parágrafo. En los pasos a nivel de las vías férreas, las entidades ferroviarias o a quien se le haya entregado la concesión de la vía férrea colocará un guardavía para la regulación del tránsito cuando se requiera”. Y añade la autora: “En el caso de Bogotá, al incrementarse las frecuencias de recorridos del tren, los riesgos podrían ser más altos si no existe una campaña educativa previa a la implementación de alguno de los proyectos ferroviarios”. Esto, por supuesto, no se aplica, quizá porque no le ha pasado a ningún Ministro de Transporte y su familia, de forma que consideren que una vida perdida vale más que una señal de tránsito.

El aprendizaje es doble: primero, en el plano personal, este es el típico ejemplo de lo que sucede cuando una acción imprudente la volvemos habitual por la aparente falta de consecuencias (“nunca ha pasado nada”). Segundo, que en estos países los ciudadanos debemos ser más cautos, por una triste realidad: en el plano institucional vivimos como en la selva, pues a nuestras autoridades, y a las entidades que deberían velar por el bien de los ciudadanos, les importa muy poco cumplir las normas (como la señalización debida por ley) al margen de que sus ciudadanos estén siendo afectados por esta omisión indebida.

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