Opinión

  • | 2018/12/05 00:10

    A esta fiesta también vamos a llegar tarde…

    Hay una realidad incontrovertible que aquí en Colombia nos resistimos a aceptar: la marihuana está reemplazando cada vez más a los cigarrillos y al alcohol como la primera droga de elección entre los canadienses y estadounidenses.

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Un equipo de investigadores norteamericanos ha descubierto que el alcohol resultó ser más peligroso que el resto de las sustancias estudiadas, incluyendo la heroína, cocaína, éxtasis y metanfetaminas. Calculan que la marihuana es 114 veces más segura que el alcohol. Irónicamente el alcohol y el tabaco se consideran legales, mientras que la marihuana en muchos estados de EE.UU, por ahora, es ilegal.

El editorial de “Portafolio” del 3 de diciembre de 2018 resume con precisión el futuro en relación a la marihuana: “Así las cosas, no parece estar lejano el día en el que el hombre Marlboro eche una fuerte bocanada de humo de marihuana. Para que ello suceda tendrán que pasar varias cosas adicionales, comenzando por un cambio en la regulación federal en Estados Unidos, pero todo indica que esa reforma sucederá en un plazo relativamente corto que puede ser de algunos años. A lo anterior hay que añadir que en Europa el tema toma carrera, siempre bajo el principio de que es más fácil controlar un mercado legal que paga impuestos, que uno ilegal que se mueve en las aguas de la economía subterránea… Tal como señaló alguien hace unos días, la imagen del narcotraficante que sacaba ‘pacas de hierba’ de la Sierra Nevada, está a punto de ser reemplazada por la del ejecutivo que desde su oficina en Toronto o en otra ciudad, controla cómo van sus plantaciones y reporta abiertamente sus estados financieros a las autoridades, que a su vez lo felicitarán por generar empleos de calidad. Frente a ese escenario, Colombia está obligada a reflexionar qué pasos dar. Es verdad que el avance de la marihuana medicinal es una realidad, gracias a un proceso serio y fundamentado, que a partir de mediados del próximo año empezará a reflejarse en las cifras de exportaciones. No obstante, seguimos silenciosos en lo demás, a sabiendas de que las mismas ventajas comparativas que nos hicieron un gran jugador en flores, nos abren un campo inmenso en el caso del cannabis. Ojalá no lleguemos tarde a esa fiesta.”

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A pesar de que Colombia tiene las mejores condiciones de toda Latinoamérica para realizar inversiones en la industria de la marihuana, casi con toda certeza vamos a llegar tarde a esa fiesta debido a la miopía de nuestras autoridades. Nos va a pasar exactamente lo que nos pasó con los cafés especiales: llegamos tarde a una fiesta que había empezado en los ochenta y en donde Colombia, teniendo todas las posibilidades de haberse convertido en el jugador determinante de dicho mercado de cafés especiales, hoy no pasa de ser un jugador marginal.

En julio de 2016 entró en vigencia en Colombia una ley que abrió la puerta a la siembra de marihuana con fines medicinales y en 2017 se concluyó la reglamentación para la entrega de licencias a los productores. Colombia entregó más de 140 licencias para la producción de marihuana medicinal en los últimos dos años, desde que las leyes lo permiten. Otro dato llamativo es que el gobierno de Iván Duque decidió prohibir portar cualquier cantidad de alguna sustancia controlada (incluida la marihuana) así sea una dosis mínima.

Desde el 2016, Canadá se dio cuenta que había un negocio gigantesco para explotar y tiene su mirada puesta en el territorio colombiano. Las empresas canadienses van a dominar toda la cadena productiva: cultivo, extracción, manufactura, pruebas clínicas y comercialización del producto final.

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Cuando los países desarrollados legalicen el consumo y el libre comercio de marihuana, los colombianos vamos a quedar como unos auténticos tontos: seguiremos gastando dinero, que no tenemos, en perseguir a los cultivadores de marihuana, mientras que los canadienses se han quedado con el negocio del cultivo, extracción, manufactura y comercialización del producto final.

Si tuviéramos dos dedos de frente, y fuéramos capaces de visualizar el futuro que está a la vuelta de la esquina, nos dedicaríamos es a reglamentar el consumo, como se hace con el cigarrillo y con el alcohol. No hemos entendido lo que los estadounidenses, los canadienses y los europeos entendieron hace tiempo: un mercado legal que paga impuestos, es preferible a uno ilegal que se mueve en las tinieblas. A todo aquel que le dé la gana producir y exportar marihuana debe estar en plena capacidad de hacerlo, bajo unas reglas de juego previamente establecidas, posiblemente bajo la sombrilla de una Federación Nacional de Cannabicultores.

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